2024-09-15

NECROLÓGICA

¿Qué hacemos sin el Leo Muro?

Murió una tremenda persona, de esas que nacen cada tanto, solamente cuando la humanidad se da el lujo de darse un mimo. La radio lo va a extrañar casi tanto como nosotros.

Voy a escribir estas palabras en primera persona, aunque no se trate de mí. Quiero contarles a todos los desgraciados que no conocieron al Leo, de lo que se perdieron. Leonardo Muro era un tipo al que no le gustaba sentarse en la vereda de un restorán porque para él, ese acto común para otras personas, implicaba cierta ostentación frente a muchos que no tienen para comer. Siempre guardaba una moneda para darles a quienes pasaban a pedir o vendían estampitas o lo que sea. Siempre imaginé, aunque nunca me lo dijo, que su casa estaría llena de esas cosas que compraba sin necesidad alguna. “Perdoname”, le decía a los pibes que intentaban venderle. No decía “no tengo plata” o “no quiero”, mucho menos “me estás molestando”. Para el Leo, no poder ayudar era una falta grave. No era que no quería comprar o dar, era que no tenía, porque el Leo la pasó mal, como muchos otros argentinos. Muro (así le decíamos) entendía la justicia social desde el primer eslabón, desde su propia persona, y así transcurrió toda su vida. Era de esos que no tienen miedo a decir lo que piensan, tanto que a veces (seamos honestos) costaba seguirle el paso. Su raro y osco humor ganó título propio, tanto que en el equipo de Demasiada Información ya reconocíamos el “humor Muro” como algo ácido y, si se hurgaba con fuerza, tierno a la vez. Su vida eran sus hijos Andy y Gabi, su madre y la radio, ese medio de comunicación al que le dio todo lo que pudo y más.

Su vida laboral fue, creo, de las más prolíficas para un profesional de la comunicación sanjuanino, a sus pocos 53 años: Mendoza, Catamarca, Capital Federal, el Sur argentino, FM Líder, Colón FM (la buena, la que se escuchaba en Mendoza), La Mega, Radio Sarmiento, Canal 8, entre otras muchas empresas, tuvieron la suerte de contar con sus habilidades.

Minucioso melómano, editor impecable, crítico despiadado. Todavía debe estar enojada Fabiana Cantilo con una crítica que el Leo le hizo en Diario de Cuyo, que la histérica cantante retrucó en redes sociales. Tan gigante fue el Leo que le contestó con la altura de un caballero. La pobre no supo ni entender.

Pero al Leo creo que no le hubiera gustado que se lo recuerde por lo que hizo en el trabajo. El Leo era un tipo inteligente, un lector incansable, un coleccionista de buenas cosas, un padre orgulloso, un hijo cariñoso y responsable. Un amigo con todas las letras. De eso sí puedo hablar. Era de esos tipos que por conservar una amistad están dispuestos a perder en lo material, que no ponen la plata por delante de nada, que piensan que lo humano está (o debería) por encima de cualquier cosa. Le tocó contratar y despedir. Lo último le implicaba un dolor de estómago y llegó a decirme: “no hago más eso”.

Con esa idea forjó su vida militante junto al Movimiento Nacional y Popular. La Patria es el otro, repetía. Contaba muy entusiasmado sus charlas políticas con sus hijos Andy y Gabi con quienes no coincidía en ideas y eso, para él, era una bendición. Seguro alguna puteada echaba al aire, pero entendía que la libertad de pensamiento, en una democracia roída como la que se vive, era una bendición del cielo.

Entre los muchos mensajes que recibí de colegas y amigos, hubo uno que lo resume como profesional y como persona a la vez: “¡Excelente persona y amigo el Leo! Nos enseñó a todos un montón”. Es así, porque su generosidad como persona siempre estuvo por encima de las cuestiones laborales.

Sinceramente, y no es una frase hecha, no sé cómo haremos para seguir sin él. No sé cómo haré para mirar el vidrio de la radio y saber si estoy bien o si estoy mal.

Adiós querido amigo, creo que te lo dije. Te quiero mucho y te admiro más.

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