2024-10-13

OPINIÓN

La muerte de la idea romántica de la guerra

Recientemente aparecieron algunas noticias sin aparente relación entre ellas. Por un lado, se informaba que se había encontrado -por segunda vez en la historia- un esqueleto completo de un soldado en una granja situada en las inmediaciones de donde se produjo la famosa y gigantesca batalla de Waterloo, la que significó el final de Napoleón Bonaparte y que dejó alrededor de unos 30.000 muertos en un solo día de combate.

Paralelamente, y debido al éxito que había tenido su empleo por parte del Ejército en distintas maniobras, se conocía que la Argentina había decidido comprar más municiones merodeadoras; y, finalmente, salía a la luz la noticia de que la 30ª Brigada Mecanizada ucraniana había destruido un tanque ruso lanzándole desde un drone “termita fundida”, lo que terminó por destruirlo al instante. La termita es una reacción química pirotécnica que combina aluminio con óxido metálico, lo que genera una reacción exotérmica con un altísimo calor: la reacción “termita”, que no le dio ninguna oportunidad al tanque o a su tripulación.

Son los nuevos tiempos de la guerra, una época donde la misma ya no es idealizada, donde la muerte parece absurda, intrascendente, infravalorada, aunque sus ideales sean sublimes. Muertes que ya no importan, que no serán contadas por los historiadores, ni estarán relatadas por los bardos y poetas.

El cine, la literatura o los comics han contribuido en la construcción de una idea romántica de la guerra, donde, en el pasado, la acción convivía con la destrucción y el dolor, pero también con el heroísmo y el sentido de la trascendencia.

Acciones de guerra han sido romantizadas en toda época y lugar. Desde la muerte de los espartanos en el paso de las Termópilas; la carga de la Brigada Ligera británica en Balaclava, durante la Guerra de Crimea; o, en tiempos más recientes, la carga del regimiento de caballería italiano “Saboya” contra las ametralladoras pesadas y los fusileros soviéticos en la batalla de Isbuscenskij, durante la Segunda Guerra Mundial. Esta carga italiana no fue la última, pero si una de las más idealizadas, ya que fue el canto de cisne de una formación militar usada durante más de dos milenios.

Grandes autores de la literatura universal han romantizado la guerra y han visto belleza y valores morales en ella. Entre los muchos, podemos mencionar a Ernst Jünger, padre de la figura literaria del “anarca” -aquél titán que vive libre dentro de una sociedad y un mundo que no le corresponden y al que rechaza-; a Rudyard Kipling, poeta del imperio británico, pero también de los soldados, que terminó decepcionado de sus propias creencias por la pérdida de su único hijo varón en la Primera Guerra Mundial; o a Alfred Tennyson, poeta victoriano y autor precisamente del poema “La carga de la Brigada Ligera”.

Así, la evidente incompatibilidad entre la guerra y el espíritu romántico encuentran su conexión al descubrirse la belleza en la acción, en la ascesis del acto, en la prosecución de la meta, en la pasión por el deber e incluso en la tragedia.

Múltiples son las figuras que han sido romantizadas. Hay guerreros, que por su arrojo, valentía o sacrificio por una causa nacional son percibidos como modelos o héroes, cuando no semidioses o colosos. Caben acá las figuras del samurái japonés, la de un hoplita griego, un tercio español, un highlanders escocés o un granadero a caballo argentino.

Otro de los motivos es la exaltación que despierta una muerte épica en combate, vista como un acto ilustre, cuando no insigne. Esa muerte desdibuja las causas de una guerra, incluso si éstas fuesen injustas o inmorales. Allí están los ejemplos de la muerte de George Custer, en la batalla de Little Big Horn en junio de 1876; del aviador alemán Manfred von Richthofen, derribado sobre Vaux-sur-Somme en abril de 1918; o la del general y conde italiano Vittorio Emanuele Dabormida, muerto heróicamente en la batalla de Adua en 1896, cuando se encontraba rodeado por guerreros abisinios.

Finalmente, están los recuerdos, las añoranzas y la melancolía del guerrero o de la vida en el cuartel. Estos hechos también han sido romantizados en novelas como “El desierto de los tártaros” de Dino Buzzati, donde el comandante Ortiz de la fortaleza Bastiani explicaba que, tras el retiro de la vida militar, “regresaría a su casa, en una vieja ciudad de provincias, donde vivían algunos parientes suyos”, tras lo cual Drogo, un oficial de la fortaleza, “lo miraba con simpatía, sin lograr entenderlo. ¿Qué haría Ortiz allá abajo entre los civiles, sin ninguna finalidad, solo?”

Ahora bien, cabría preguntarse cómo de una batalla que dejó miles de muertos y amputados -como lo fue Waterloo- apenas se han encontrado huesos y cadáveres. La respuesta resulta tan sencilla como tenebrosa y brutal. Cuando en Europa se extendió la producción de azúcar a base de raíz de remolacha, el azúcar obtenida era de color marrón claro o amarillento. Para lograr el color blanco cristalino se utilizaban huesos de vacas o de cerdos que se calentaba a altas temperaturas para obtener un carbón activado que luego se mezclaba -con agua caliente- con el azúcar de remolacha. Este proceso hacía que el carbón absorbiera las impurezas y se eliminara la coloración natural del azúcar.

Lo tétrico es que la gente del lugar, con el tiempo, saqueó los enterratorios comunes de Waterloo simplemente para obtener los huesos y venderlos por migajas para que sean empleados en el proceso de blanqueamiento del azúcar de remolacha. Ya nadie recordaba el heroísmo o las vidas truncadas, las necesidades estaban por sobre la historia.

Lo mismo sucede con el empleo de las nuevas tecnologías en las formas de hacer la guerra. Usado mayormente en el conflicto ruso-ucraniano-, el desarrollo armamentístico ha disminuido el margen para el heroísmo. Hoy un drone suicida, una munición merodeadora -que es capaz de perseguir a un soldado hasta darle caza- o el uso de termita fundida generan la muerte masiva de soldados que nunca le vieron tan siquiera la cara al enemigo, y en muchos casos mueren sin haberse podido acercar a la línea de frente.

Así como las hazañas de Waterloo se olvidaron y sus héroes fueron despojados hasta de sus osamentas, el romanticismo en la guerra también ha terminado, hay cada vez menos margen para la idealización. Tennyson, en “La carga de la Brigada Ligera” escribió: “¿Cuándo se marchita su gloria? ¡Oh qué carga tan valiente la suya! Al mundo entero maravillaron. ¡Honrad la carga que hicieron! ¡Honrad a la Brigada Ligera, a los nobles seiscientos!”. La época ha terminado, el final homérico de este poema ya no volverá.

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