Los lugares del eterno retorno de la Historia
El escritor y periodista inglés Gilbert Keith Chesterton, en su autobiografía publicada en 1936, cuenta que: “he habitado las casas arrasadas por el fuego durante las guerras trágicas de Irlanda; he atravesado las ruinas de palacios polacos, rastro del ejército rojo; he oído hablar de las señales secretas del Ku Klux Klan en la linde del Texas; he visto a los árabes fanáticos venir del desierto para atacar a los judíos en Jerusalén. Hay muchos periodistas que han visto acaso más cosas que yo; pero yo he sido periodista y he visto tales cosas.” Hoy podríamos cambiar algunos nombres y la historia pareciera repetirse. Los palacios polacos podrían ser ucranianos; el ejército rojo sería el ruso, el conflicto palestino-israelí actualiza el choque en el desierto y Texas, Arizona, Nevada y Nueva México, lugares donde aumenta la inmigración hispánica, son algunos de los Estados claves donde se definirán las elecciones en los Estados Unidos. Son los “eternos escenarios de la fricción”, donde la historia siempre vuelve, o quizá de donde nunca se fue.
Son los condicionantes propios de los escenarios geográficos difíciles, los que expresan la rebeldía de la naturaleza –como es el desierto del Medio Oriente y el texano, o la estepa euroasiática con sus anexos, como la planicie polaca- los que se contraponen a aquellos lugares donde la civilización, basada en experiencias compartidas, en flujos económicos, de ideas y políticas, reduce el margen de conflicto.
O quizá simplemente sea, al decir del historiador británico Nial Ferguson en su obra “Civilización” (2011), que estamos recurriendo a “afirmaciones generales sobre el pasado que parecen «cubrir» la mayoría de los casos”. Sea como fuere, es innegable que en apariencia existe una especie de eterno retorno nietzscheano que se ajusta más a esta descripción, incluso más que la creencia en la concepción cíclica de la historia como aseveraban los antiguos griegos y romanos.
Los estoicos entendían que en aquellos lugares donde se habían dado ciclos terminales, donde un mundo finalizaba, simplemente la Historia volvía a crearlos solo para repetir un eterno devenir. El emperador filósofo Marco Aurelio, en el Libro VII de su famosa obra “Meditaciones”, manifestaba que: “en todo suceso, ten a mano esta reflexión: esto ya lo has visto muchas veces. Absolutamente, desde el principio al fin encontrarás los mismos sucesos que colman las historias, las antiguas, las medias y las contemporáneas, que colman nuestras ciudades y nuestras familias. Nada es nuevo. Todo es cosa trillada y efímera.”
Hay un acontecimiento que alarma por su parecido. En 1644 un general manchú llamado Dorgon invadió China aprovechando la debilidad de la Dinastía Ming que gobernaba el país. Rápidamente ocupó Pekín en 1645 y proclamó a su sobrino Shunzi como nuevo emperador, dando así inicio a la dinastía Qing. A partir de tal acontecimiento, un líder militar de la depuesta dinastía Ming, llamado Zheng Chenggong y conocido como Koxinga, decidió refugiarse en la isla de Formosa.
Tras un breve periodo de permanencia en Formosa, Koxinga aprovechó el maltrato de los holandeses para con la población local y se levantó en armas contra los europeos que gobernaban el lugar. Con el apoyo de los habitantes de la isla la ocupó parcialmente y formó el reino de Tugning, hasta que derrotó totalmente a los holandeses y se hizo con el completo control de la isla en 1662. Koxinga poco después contrajo paludismo y murió, dejándole la isla-reino a su hijo Zhen Jing.
A partir de entonces la dinastía continental Qing y el reino de Tugning continuaron caminos separados pero enfrentados entre sí, hasta que en 1683 el emperador Kangxi, de los Qing, decidió ordenar la primera invasión china a la isla. Así fue como el almirante Shi Lang se dirigió con una poderosa flota y ocupó Formosa, dando por terminado el gobierno de Zhen Jing y el reino de Tugning.
Ya en el siglo XX, en octubre de 1949, lo que quedaba del gobierno chino continental del partido nacionalista Kuomintang -derrotado, perseguido y exterminado en una terrible guerra civil por los comunistas de Mao Tse-Tung- se refugió en la isla de Formosa, que había sido una colonia japonesa hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, y crearon la moderna Taiwán, hoy la mayor granja de chips del mundo.
Desde entonces la China comunista viene presionando para acabar con la democracia taiwanesa y someter a la isla y, si bien la historia actual tiene un parecido increíble con la ocurrida en el siglo XVII, el final similar todavía no se ha producido; aunque para el actual régimen de Xi Jinping sea solo una cuestión de tiempo encontrar el momento adecuado en que ordene al Shi Lang de turno invadir la isla y poner fin a un régimen que simplemente considera rebelde.
En “El Eterno Retorno” Nietzsche escribe en su fundamento número seis que: “no hay variaciones hasta lo infinito, eternamente nuevas, sino un círculo de determinado número de variaciones que se repite incesantemente; la actividad es eterna; el número de productos y de sistemas de fuerzas, finito.” Es el Ouróboros junguiano, la serpiente de los caballeros medievales, aquella que formando un círculo con su propio cuerpo se muerde la cola, se alimenta de sí misma, en un principio y un final indistinguible. Es la Historia que se repite.
Quizá sea el viento, siempre el mismo viento.