2025-05-25

HISTORIAS

Los que trabajan de madrugada y los que duermen a la intemperie: un relato de la espera en la terminal sanjuanina

El panchero que sueña con correr en motocross. El jubilado y el exfutbolista que casi no duermen de noche para no sucumbir al frío. El cuidacoches que trabaja ahí desde los 8 años. Taxistas que reposan en sus autos. Y un vendedor ambulante que cierra los ojos sentado hasta que llegan los viajantes.

Las noches pintan las realidades en colores opacos en las calles, sobre lienzos de madrugada en donde emergen otras vidas. Ahí los personajes son hijos de la supervivencia, dueños de caras con miradas de desesperación, esperanza o resignación.

La helada que recibe al viernes de fines de mayo cae sobre la Terminal de Ómnibus de San Juan y bajo ese manto glacial conviven dos pasajeros, un vendedor de golosinas, un panchero, una mujer policía y al menos tres personas que se cayeron del sistema y buscan algún reparo para cerrar los ojos en intimidad.

Mientras un hombre descansa a la intemperie, Alfredo hace fuerza para no dormirse y cada tanto camina para calentar los pies. Dice que es diabético e hipertenso y lleva siete otoños viviendo a cielo abierto. Se cubre la cabeza con el gorro negro de un buzo que sale de abajo de una campera celeste, que precede a otra de nailon azul que está desprendida. Se cubre la cara con una cuellera negra y una chalina verde pino de lana también le envuelve el cuello. Son, acaso, sus únicas pertenencias.

Ramiro, de pantalón buzo marrón y campera cara de un gris ceniza (que compró con la plata que hizo cuidando autos cuando en la pandemia la escuela San Martín fue un vacunatorio) se acerca para ver si lo dejan entrar a los pasillos interiores y acomodarse en el sector de espera. Pero ese espacio tiene custodia policial. Entonces decide volver a una estación de servicios en donde los empleados lo dejan encerrarse en un baño y dormir sentado sobre un inodoro.

Alfredo tiene 68 años. Solo duerme durante la siesta, bajo el “ponchito de los pobres” que lo abriga afuera del restaurante Rocco, que está en el extremo de la terminal que da a calle General Paz. Ramiro tiene 38 y cuenta tres domingos desde que regresó a la calle, porque no pudo seguir pagando el alquiler de su departamento. El ex jugador de la liga local de fútbol lamenta la situación económica que lo rodea y admite que “hoy cualquiera puede quedar en la calle”. Entre los salarios pisados y los precios de la comida, alquileres y servicios que no paran de crecer, no le queda más que elegir entre comer o tener un techo para abrigarse en el invierno seco que ya le pisa los talones. “Cuando alquilo también quiero almorzar unas empanadas con una coca y no tener que pensar en comer solo un tomate”.

Trabajo de madrugada

En Estados Unidos casi Santa Fe, Luciano mira para atrás cada diez segundos, para corroborar que su moto sigue ahí. Tiene 25 años y cumple el turno que va desde la medianoche hasta las ocho de la mañana en un carro panchero desde donde imagina el día en que se convertirá en piloto de motocross y enduro. Su mirada es ingenua y transparente. Se cubre la cabeza con una gorra negra y rodea su cuello con una bufanda cerrada marrón chocolate con dibujos ocres. Abajo de una chaqueta negra viste un buzo del mismo color. Su rutina seguirá durante la mañana, cuando regrese a su casa en el departamento San Martín, busque a un amigo que rescató de las drogas y se vaya a hacer trabajos de albañilería. Luciano, que duerme por las tardes, junta moneda a moneda apostando por el sueño tuerca que le ilumina la cara cuando se lo confiesa a un extraño. Es la abierta manifestación de un deseo para obligar al universo a concedérselo

Adentro, bajo la atenta mirada de una joven uniformada que está en el puesto central de seguridad de la terminal (cerca de los baños que a esa hora despiden un fuerte olor), duermen sentadas cuatro personas: dos son pasajeros (uno de ellos es un niño) que esperan por los primeros colectivos que saldrán a las siete de la mañana desde las plataformas de Autotransportes San Juan, 20 de Junio o Del Sur y Media Agua. Otro es un maletero que ayudará a bajar el equipaje de los visitantes que lleguen a la provincia. Y el último, un vendedor ambulante que está abstraído de la helada noche al lado de su carrito repleto de golosinas.

A la intemperie

Pasada la una de la mañana, cuando el termómetro apenas supera los 6 grados en la Capital, la zona de las plataformas está vacía. Solo se escucha el ladrido de un perro negro que parece vigilar el sueño de un hombre de unos 40 años cubierto con un par de frazadas viejas, sobre el gran banco de cemento que mira hacia calle Santa Fe. Muy cerca se sienta un joven de unos 30 abriles a cambiarse rápidamente una remera mangas largas y prefiere no conversar porque dice que está “complicado”. Después se irá caminando apurado por la orilla que da a Estados Unidos. Otro joven, presuntamente veinteañero, alto, de pelo corto bien cuidado y lentes se ubica en otro banco a esperar hasta las cinco de la mañana. Necesita regresar a su casa de Carpintería, en Pocito. Todos los días sale de trabajar a la una y se queda sin colectivos, le cuenta al panchero.

En el estacionamiento que tiene salida hacia General Paz está Raúl, un hombre de 46 años que pide que no le saquen fotos. En ese sector hay cinco vehículos y él cuida uno de alta gama que terminó de lavar y todavía espera a que su dueña (seguramente médica) salga del Hospital Rawson. Su turno terminó a la medianoche, pero el reloj del celular marca más de la una y media de la mañana. “Acá a las doce no queda nadie” repite mientras mira hacia el gran centro de salud. Todavía hay cinco vehículos estacionados en esa pequeña playa que durante el día está llena. Raúl señala otros dos autos que están sobre la calzada y dice que son de enfermeros.

En esa zona, a partir de las seis y media de la mañana hay dos cuidacoches y en la tarde son cuatro los que cumplen con esa labor. “Desde los 8 años estoy acá” confiesa Raúl y saca pecho. En sus comienzos atendía la playa del sector opuesto.

La espera por los mineros

En medio de esa silenciosa calma hay una expectativa que hace que la madrugada pase más despacio. La uniformada -de mirada amable pero inquisidora detrás de los lentes que casi le rozan una reciente cicatriz arriba de la mejilla derecha- dice que algunos esperan que bajen los mineros cerca de las tres y media. Por eso, el vendedor ambulante y el maletero parecen regresar brevemente a la conciencia y miran con los ojos entrecerrados hacia las plataformas.

Alfredo está atento también, porque ayuda a los mineros con los bolsos y ellos le dan propina y le regalan los sánguches que les quedan del viaje. Él cuenta que cerca de las cuatro de la mañana llega el cafetero Mario y ayuda a que los trabajadores de los grandes emprendimientos extractivistas del norte provincial entren en calor. Mientras que a Luciano no le genera ventas el arribo de esos colectivos de Blanca Paloma, porque las personas salen rápidamente y buscan taxis para ir a sus casas. 

En calle Estados Unidos, frente al ingreso principal de la terminal, no hay más de dos tacheros que duermen en sus vehículos esperando algún pasaje, y cada tanto pasa alguno con el cartel de “libre” iluminado, pero no se queda. Los nostálgicos recuerdan cuando un grupo de esos trabajadores usaban de mesa el capó de uno de los vehículos blancos para jugar al truco. Raúl asegura que los inspectores los corrieron de la zona, pero un joven taxista sostiene la teoría de que aquellos conductores ahora son adultos mayores que dejaron de hacer el turno noche.

Miguel, un tachero de 56 años, para unos segundos cerca del “Acceso A” a la terminal pero advierte que no hay potenciales pasajeros. Antes de irse baja levemente el vidrio del conductor y, con algo de desconfianza, revela casi resignado que varios mineros llegaron a las ocho de la noche. El hombre desliza que la madrugada no se “activará” hasta antes de las cuatro y media.

“No creo que vengan los mineros ya”. Alfredo especula mientras va de un lado a otro por el sector de las plataformas. Dice que se les congelan los pies, y con los ojos señala la llegada de un patrullero con las balizas encendidas. Adentro de ese móvil policial hay tres efectivos, dos hombres y una mujer, que consideran que los mineros van llegar más tarde de lo habitual. Entonces la incertidumbre sigue. Aunque pasan los minutos y la expectativa se desvanece.

Los sueños y la sobrevivencia

Luciano le vende panchos gigantes (de tres salchichas, a $4000) a una pareja que paró en una moto. Cuando no le toca trabajar durante la mañana, el joven ocupa las tardes para ir a un circuito de tierra en Boca de Tigre, pegado a los cerros. Allí sueña a máxima velocidad en su moto tipo enduro de 250cc. También pasea a Noa Luca, un perrito pinscher miniatura -raza conocida como “dóberman enano”- que tiene junto a su novia proteccionista.

El futuro piloto necesita juntar el dinero para el traje completo de competición (cuesta cerca de $500 mil) y las botas (unos $200 mil).

Cuando la temperatura sigue bajando, Luciano se coloca una campera y se tapa la boca.

Alfredo permanece sentado en una silla que encontró contra un poste, bajo el techo externo de la terminal, y enciende un pucho. “Esto es peor que el vino” aclara el hombre que fuma desde los 14 años. Por el alcohol -relata- sufrió dos ACV (accidentes cerebrovasculares).

Ramiro dice que trabaja en el comercio y, aunque todavía no está en blanco, quiere juntar plata para ir a una pensión. El mismo anhelo tiene Alfredo para cuando cobre su jubilación mínima en junio. Ninguno ve por estos días como opción pernoctar en el refugio “Papa Francisco”, aunque el hombre mayor estuvo cuatro años en ese espacio estatal.

Los policías continúan con sus rondas nocturnas en los patrulleros, rodeando la estación de colectivos de larga distancia. La uniformada que cuida el interior del remodelado edificio explica que en un trabajo conjunto entre el Cuerpo Especial de Vigilancia de la Policía y la Secretaría de Tránsito y Transportes de la provincia dispusieron que las personas en situación de calle no durmieran allí, por los conflictos que generaban. Asegura, también, que algunos no quieren ir al refugio.

Termina la vigilia

Los mineros nunca llegaron. En la terminal finaliza la silenciosa rutina de cada madrugada. El amanecer del viernes irrumpirá en la vida sanjuanina con los 2,8 grados que anuncien la cercanía del invierno.

Antes de que Luciano regrese a San Martín y el maletero junto al vendedor de golosinas reciban a los viajantes, Alfredo se prepara para ir afuera del hospital a ver a Miguel Pico, un cafetero amigo. El hombre llega a las cinco de la mañana, le sirve café con leche y dos medialunas o tortitas y se lo fía.

A las seis abre Rocco y el jubilado ingresa, con el permiso del encargado, a ver televisión antes de que el Servicio Meteorológico registre la temperatura mínima. Durante el día come lo que le convidan los viajantes o lo que consigue en comedores comunitarios. Este domingo, además, irá al chocolate patrio de la plaza 25 de Mayo. “Otros días busco en los tachos de basura, porque se consigue comida ahí. A veces almuerzo eso, es lo que hay”.

La rueda del mundo gira, igual que la rutina circular de la terminal sanjuanina. Con el sol llegarán -y también saldrán- decenas de colectivos. Mucha gente caminará presurosa para no perder su viaje. El restaurante calmará el hambre de turistas y locales. Los vendedores que logren llegar temprano a buscar a los viajantes pondrán un “pan” en la mesa de su familia. Los cuidacoches volverán a “hacerse el día”.  Y los indigentes conseguirán alguna ayuda para comer.

Pero regresará la noche y las velocidades se perderán en el abismo de los colores opacos y las luchas por la sobrevivencia que acompañan la lenta marcha de las madrugadas. Existencias anónimas que, en cada rotación de la Tierra, cuando llega la oscuridad la combaten con las historias que siempre tienen para contar.

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