HISTORIAS
La supervivencia, entre el frío y la brutal caída del consumo: un día con los puesteros de la feria de Capital
Paula Silvia Pérez tiene 67 años y una jubilación mínima. Las palabras le salen a borbotones y parecen chocarse en una boca que casi no frena para tomar aire. Conversa con otra mujer que se acerca a mirar precios en la Feria y Mercado de Abasto de la Ciudad de San Juan. La clienta tiene 78 años y le dice que no le queda otra que seguir trabajando. Paula la abraza. “Te quiero. Si necesitás un resguardo venite”. Le señala con la mirada el tinglado que protege sus verduras y frutas de las heladas nocturnas.
Son tiempos difíciles. Hay quienes a edades avanzadas tienen que seguir expuestos al frío de las mañanas de casi invierno, porque la plata no alcanza. Y la histórica caída del consumo se lleva puestas las inversiones de los productores, que desde hace por lo menos dos meses solo apuntan a “sobrevivir”.
Antonio Salvador Castro, de 72 años, lleva cinco décadas trabajando en la feria. Recuerda el “Rodrigazo” (de 1975), que dejó a muchos “en la calle”. También rememora cómo lo golpeó la crisis del 2001. Entonces baja la mirada como buscando algo de consuelo y vuelve a levantarla para confirmar: “Ahora se está pareciendo al 2001, porque no hay movimiento. La gente no tiene poder adquisitivo”. Cubre la cabeza del aire helado de junio con un gorro de lana y, quizás por la incomodidad que genera usar guantes, entrega las verduras a mano pelada. En otras épocas, con su puesto de revendedor pudo hacer su casa, comprar autos y adquirir algunos terrenos. “Ahora ni clavos se pueden comprar”.
Madrugar para sobrevivir
Todavía es de noche. En los cuatro pasillos de la “playa abierta” de la feria por donde se ubican los productores hay fuegos que hoy apenas encienden sueños. En todos los sectores improvisan braseros o ponen pequeñas leñas cruzadas y las hacen arder sobre el suelo. Pero nunca logran ganarle al frío, que tras años de “pelear el mango” a la intemperie les pasa factura en forma de fuertes dolores óseos. Castro no esconde el impacto que las bajas temperaturas tuvieron sobre su cuerpo. Tampoco la productora Antonia Graciela Tapia (61), a quien ya le “duelen un poco las rodillas”.
La mujer cobra la jubilación de amas de casa pero no puede abandonar el puesto sin techo de ese enorme playón en donde los trabajadores tratan de “ganarse el día”. “Me llegó la boleta de la luz a casi 400 mil pesos este mes y de jubilación cobro 270 mil. No me alcanza ni para pagar la luz”. Frente a un fueguito que pierde por goleada con las bajas temperaturas se cubre la cabeza con el gorro de la campera jogging verde que lleva debajo de otra azul de nailon.
Hay rondas alrededor de las llamas que iluminan la madrugada. Antes de un nuevo amanecer se escuchan historias comunes a todos. Relatos de penas y alegrías de puesteros que al unísono revelan que venden casi a precio de costo y gambetean la incertidumbre de no saber cómo harán para volver a sembrar.
Varios de ellos empiezan a llegar cuando los gallos todavía no alcanzaron a entonar el anuncio del nacimiento de un nuevo día. Algunos inician a las cuatro de la mañana, otros a las cinco. Ninguno sabe cómo es comenzar una jornada laboral ya con el “ponchito de los pobres” alumbrando sus expectativas.
Pocos clientes
Al lado de un tacho parecen emerger las lenguas de fuego de la salvación. Pero ese mínimo calor compartido entre cuatro no mitiga la pena que lleva el pocitano Alberto Estrella. El hombre de 57 años dice que “no hay a quién venderle” y que no les queda otra que dejar las verduras “a un precio muy bajo”. Revela que en las camionetas los chacareros están “dos o tres días con la misma carga” y que hay mercadería que tienen que tirar.
Estrella vende cebolla, acelga, perejil, lechuga y percibe que “desde hace dos meses largos viene malo” el panorama. “Estamos sobreviviendo, es lo que hay”, reconoce, al mismo tiempo que revela su preocupación porque no le dan los “números para invertir”. Es una cadena que repercutirá en la calidad de producción para el año que viene. La rueda gigante que mueven pocos pero atropella las ilusiones de muchos.
El espacio para productores locales que fue creado en 1954 tiene tres sectores (A, B y C) con puestos fijos adjudicados. Después están los lugares conocidos como “playa abierta” y “bajo tinglado”. En todo ese enorme terreno hay cerca de 480 puestos, revela Sergio Bernardi, director de la feria municipal de Capital.
En el sector “A” hay 71 puestos, en el “B” 117 y son 120 en el “C” (para ocuparlos, los alquileres diarios van desde los 2000 a 10.500 pesos). Mientras que en “playa abierta” los lunes se instalan unos 63 puesteros (pagan $2000 por día) y en el resto de la semana el promedio es de 125; en la parte del “bajo tinglado” hay cerca de 70 puestos (abonan $2500 diarios).
La crisis
Ricardo Rubiño (78), un productor de Santa Lucía que ya dejó la actividad, nombra a la última etapa de los 90 y al 2001 como “desastre” y “épocas malas”. Allí surgió el “trueque”, hijo del ingenio ante la necesidad. La gente empezó a cambiar verduras por otra mercadería, para sobrevivir.
Los días de abundancia fueron entre 2003 y 2008, cuando había “buenos precios y la plata rendía”. En aquella etapa Rubiño compró una camioneta, un tractor e inició la adquisición de una finca que pagó en cuotas. Pero el hombre que estuvo en la feria cuando se empezó a mover el suelo por el terremoto 1977 (había otros 200 puesteros) hace una comparación y asegura: “Cuando el contexto está malo, como ahora, no se saca –ganancia- para nada”.
Tanto Ricardo como Antonio Castro recuerdan que en otras épocas los productores llegaban con la mercadería en carretela tirada por caballos.
Otro impacto fue provocado por el asilamiento durante la pandemia de coronavirus. Además de perder económicamente, a Castro se le murieron algunos amigos que hizo ahí. El vecino de Concepción lamenta también que de 50 clientes que tenía por día hoy visitan su puesto no más de 15.
“La fruta es lo que compran menos. La gente busca lo indispensable para subsistir. La fruta pasó a ser un artículo de lujo. Ahora llevan papa, cebolla y zapallo para hacer comida de olla, que es la más barata”. Ese mismo dato es compartido por Elías Facundo Herrera, de 16 años.
Elías, que sueña con ser rapero, ayuda a sus tíos hace tres años y advierte que los clientes dejaron de llevar pimiento y lechuga. Además, cuenta que hace unos días otros chacareros tuvieron que tirar un carro lleno de lechugas que no pudieron vender. “A veces no tengo para la SUBE y me vengo de Chimbas caminando y rapeando”, dice el joven que se incorpora a esa labor a las cinco y media de la mañana.
Uno de los apellidos más conocidos en el mercado capitalino es el de Segundo Marcelo Gaetán. El hombre de Médano de Oro tiene 63 años y empezó a acompañar su padre a la feria cuando todavía era un niño. Para él “hubo momentos malos, pero no tanto como este”. “Estamos vendiendo verduras que hace tres años costaban lo mismo que cuesta ahora”, se queja.
Gaetán trabaja con su hijo en un puesto de playa abierta y vende cada espinaca a 200 pesos cuando debería costar 400 o 500. Dice que “las semillas están caras” y ya “no se puede competir ni sobrevivir” en ese rubro. “Si, por ejemplo, antes sembraba una hectárea, ahora tendré que hacerlo en media hectárea. Tenemos que tirar mercadería y eso es tirar nuestro sacrificio”, lamenta el chacarero. Él se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y termina de trabajar al mediodía. Ese ciclo ocurre de lunes a sábado.
Sin rentabilidad
El rawsino Miguel, que no da su apellido pero cuenta que tiene 39 años, asegura que plantó en “la mitad” de la superficie que ocupa habitualmente. “El año de la cebolla y el tomate es muy malo” y no le quedan casi ganancias para invertir. Hace un par de años la gente le compraba de a cinco cajones de tomates y ahora se llevan un solo cajón. Ni siquiera le sirve, en esta época de bolsillos flacos, llevar su producción a los comercios porque tampoco le compran y gasta en combustible más de lo que gana con las ventas.
En otro sector, a los 20 años Leonardo Oviedo ya aprendió a rebajar su mercadería entre el 10 y el 20 por ciento de su costo real. El joven lleva más de un año levantándose a las cuatro de la mañana y desde sus comienzos hasta estos días nota que las ventas bajaron “el 50%”.
“Yo vengo desde los 17 años a la feria. Nunca vi una situación como la de ahora”, reafirma Alberto Estrella. Actualmente no hace más de 70 mil pesos en ventas diarias cuando hasta hace poco tiempo llegaba casi a los $200.000.
Antonia Tapia va hasta ese predio hace más de 25 años y nunca le tocó tener que rebajar tanto los precios. Así, además de vender cada espinaca a $200 también tiene que entregar la docena de brócoli a poco más de $4000. “Ya no se puede plantar como antes. Mi hijo siempre plantó tomates y este año no va a poder. No tiene cómo seguir. Todo lo que tenía lo invirtió y al final no sacó nada”. La mujer compara la situación con la de hace cuatro años, cuando con lo que ganaba en un día le alcanzaba para comer “un asadito”. Pero hoy no puede ni pensar en terminar su jornada tirando un pedazo de carne a la parrilla.
“Empecé con una canasta de mimbre y ahora debo tener unas 60 canastas para distribuir los productos”, cuenta Paula Pérez, que se autodefine como “canastera”, el nombre del oficio que abrazó hace 14 años. Antes la gente le compraba de a varios kilos entre los distintos productos que revende. Pero ahora le piden por unidades.
Hoy todos los puesteros son presos de la incertidumbre y la espera. Parecen estar atados a “pasar el día” en un lugar en el que, prácticamente, tienen que rematar sus cosechas. Precios que son regulados por un magro poder adquisitivo de clientes que cada vez pueden consumir menos. “No nos queda otra que prender el fuego y esperar…”.