San Martín
La increíble historia del fanático verdinegro, primo de Matías Giménez, que se quedó con el silbato del árbitro en el ascenso del 2007
Un niño de 9 años se enojó porque no lo dejaron viajar solo a ver la primera final por el ascenso a Primera División de su querido San Martín. Ese partido de ida era en el estadio Tomás Adolfo Ducó, en Parque Patricios. “En esos días me peleé con mis padres”, cuenta hoy como anécdota. En ese momento, en la inocencia de la niñez no se daba cuenta de lo que estaba pidiendo.
Pero pasó una semana y fue con su abuelo, su padre y su hermano a ver el partido de vuelta en el que el Verdinegro consiguió el gran sueño. Más tarde logró quedarse con el silbato del “Sargento” Daniel Giménez, él último de su carrera, porque después decidió retirarse de la actividad. “Te estás llevando el último silbato de mi vida. Pero para vos va a ser más significativo que para mí”, le dijo el hombre de negro.
“Cuando -Luis- Tonelotto hizo el gol me abracé con mi abuelo y mi papá y lloré, lloré, lloré”, recuerda con nostalgia. Se llama Juan Almazán y ya cumplió 27. A 18 años del día más feliz para los verdinegros, el joven comparte con 0264 Noticias la apasionante historia que engloba a toda una familia.
El abuelo de Juan se llama Héctor Giménez. El hombre que hoy tiene 80 años siempre amó una sola camiseta: la del esperanza y luto de “los negros de Concepción”. Él se encargó de bajar líneas futboleras en sus descendientes. Uno de sus nietos es Matías Giménez (26), que fue goleador del club en la Primera Nacional y hoy juega en Independiente de Avellaneda. Héctor es padre de Daniel, el progenitor de Matías y hermano de Patricia, la mamá de Juan. Todos se criaron con el escudo de San Martín en el corazón.
Además, Juan es hijo de José Almazán, que fue durante muchos años presidente de la Liga Jachallera de Fútbol. Ese deporte siempre estuvo muy presente en la familia.
Locura verdinegra
Juan es “enfermo” de San Martín. Así como a tan poca edad quiso viajar a ver aquel partido a Buenos Aires también recuerda que sus amigos eran de River y Boca o de alguno de los otros grandes del fútbol argentino. Cuando era chico lo quisieron hacer simpatizante del Millonario. Pero pronto se enamoró de los colores del club de Concepción.
“En el barrio, cuando salía a jugar a la pelota y disputábamos el famoso ‘25’, tenía que elegir el nombre de un arquero y un jugador. Yo siempre elegía a -César- Monasterio y al Roly -Rodolfo Rodríguez-, cuando mis amigos nombraban al Pato -Roberto- Abbondanzieri o a Germán Lux. Pensaba que nunca podría ponerme a la altura de ellos porque San Martín siempre estaba en la B. Y cuando llegamos a Primera sentí que ya no tenía que envidiarles nada más, era soñado jugar contra Boca y River”, relata el joven que tiene una valija repleta con las camisetas que fue usando todos estos años (incluida la del talle 8 que llevaba en la recordada final).
Juan cuenta que toda su familia por parte de los Giménez es de San Martín y que su abuelo vivió gran parte de su vida en Concepción, antes de radicarse en Rivadavia. “Me animo a decir que yo soy el más fanático y enfermo de todos”, dice.
Noche inolvidable
“Con 9 años, para los demás era impactante ver que quería viajar, el fanatismo me llevaba a eso. Pero el sábado próximo -16 de junio de 2007- pude estar. Pensar que se nos iba el partido y no ascendíamos. El gol de -Sebastián- Brusco me hizo sentir que estábamos casi en Primera, y el gol de Tonelotto fue increíble. Abrazaba a mi abuelo y a mi papá llorando. Me quería meter a la cancha y no me dejaron”, cuenta sobre esa intrepidez de niño.
Juan era socio de la Platea Este y recuerda que pagó un seguro de 45 pesos de aquella época. “Para mi vida fue un antes y un después, como lo fue también para la provincia”. En la final también estaba junto a su hermano Luciano, que hoy tiene 25 años. “De chiquito yo siempre usaba la 5 del Roly Rodríguez y mi hermano tenía la 9 de -Mauricio- Piersimone”, aclara orgulloso.
Patricia no va a la cancha pero también es hincha del Verdinegro. Así que llegar a su casa también fue muy emotivo para Juan. “Entro y estaba la tele en TyC Sports. Mi mamá estaba planchando. Cuando la abracé yo no podía parar de llorar. No lo podía creer. Pasaban los días y no caía que estábamos en Primera”.
Su primo futbolista fue a la Platea Oeste con su papá y también vivió ese momento histórico para el club. “Matías siempre soñó con jugar en el club. Yo no, porque nunca entrené, lo vivo más como hincha. Ahora voy a la popular”, asegura. También se ríe cuando habla del fanatismo de su tío Daniel, a quien dice que lo tienen que calmar un poco “porque ahora es padre de un jugador”.
El silbato del “Sargento”
Cuando estaban en su casa y las revoluciones todavía no bajaban por lo que habían vivido en el estadio de Concepción, un amigo árbitro le avisó a José Almazán dónde estaba el Sargento Giménez. El hombre comía un asado con integrantes sanjuaninos del SADRA (Sindicato de Árbitros Deportivos de la República Argentina) en un salón de usos múltiples -que hoy es buffet- de la Unión Vecinal de Trinidad.
“Yo llegué con la camiseta de San Martín y todavía con las lágrimas en los ojos. Se dio cuenta de que era fanático. Entonces cuando terminó de conversar y se iba nos pidió que lo siguiéramos en el auto hasta el hotel Alkazar. Subimos al quinto o sexto piso. Cuando entró a su habitación sacó de su valija un bolso chiquito. Ahí tenía las tarjetas amarillas y rojas. Agarró el silbato y me lo dio. Me estaba dando una reliquia”, relata Juan. Fue una gran sorpresa cuando todavía seguía emocionado por lo que había vivido en la cancha.
Desde ese día lo guarda como un tesoro y lo tiene “en la mesa de luz de la pieza” de su casa en Rivadavia. “Está intacto. Lo veo todos los días de mi vida”, aclara.
Dos primos, una misma pasión
“Con Matías hablamos del club, de las inferiores, de todo. Él tiene el sueño de jugar con San Martín en Primera”, revela Juan. El joven dice que haber podido ver a su primo jugar en el Verdinegro fue impagable. “Somos tan hinchas de toda la vida que eso fue la frutilla del postre para la familia”, expresa.
Almazán valora mucho lo que hizo Giménez por el club, porque “cuando lo vendieron a Independiente le importaba más ver lo que le quedaba al club que lo que iba a ganar él”. “Acá fue un goleador que nunca le esquivó a buscar el arco”, se enorgullece, y asegura que verlo “llegar fue un sueño”.
Poco antes del ascenso del 2007 vieron juntos en la platea el gran triunfo ante Olimpo. Era el tiempo en el que ponían las banderas verdinegras en la calle y jugaban a que era “el banco de suplentes”.
“Para mí San Martín significa todo. No hay palabras para describir lo que es esta camiseta en mi vida. Me levanto y me acuesto pensando en San Martín”, asegura, rubricando su fanatismo.
Pero eso no queda solo en las palabras. En los hechos, Juan demuestra cuál es su nivel de “locura” por el Verdinegro: “Trabajo en la terminal, como administrativo en Tránsito y Transportes. Salgo como a las dos de la tarde y siempre hago el mismo recorrido con mi auto antes de ir a casa, porque todos los días tengo que pasar por el club. Necesito ver el portón del estadio (por calle Mendoza). A veces, antes de la noche también voy. Entro y me quedo un rato al lado de la cancha”.