HISTORIAS
Un periodista, un jugador de hockey y una “locura” compartida: el playón que fue convertido en club y cambió para siempre al barrio CGT
El experimentado capitán Marcos De La Jara (ex Del Bono) pone un pase de derecha a izquierda. Y en ese otro costado aparece el arte de lo imprevisible. Con pierna cambiada, “Panchito” Ríos frota la lámpara y traslada la pelota desde la izquierda hacia el centro. Lleva el balón de pie a pie en gambetas cortas pero rápidas. La inteligencia creativa y la intuición en el manejo de los espacios le marcan al 10, en milésimas de segundos, dónde están las piernas rivales, que elude con naturalidad, y se perfila para rematar al arco rival. Acaba de cumplir 18 años y sueña con jugar futsal en el exterior. Aunque por ahora se conforma con ayudar a poner el pan sobre la mesa de su casa de Villa Carolina. Por eso cada día se “interna” diez horas en un lavadero céntrico. Así son las historias de barrio. Ahí es donde sucede la vida, y también la magia.
En el barrio CGT de Rawson había una plaza que fue convertida en playón y desde ese rectángulo de cemento brotó un club. Un espacio en donde ocurre, cada día, la reunión de los sueños de más de 150 jóvenes (entre divisiones inferiores y las categorías superiores masculina y femenina). Es el relato de una “Luna de Avellaneda” sanjuanina que no se rinde ante los golpes económicos de un país que va de crisis en crisis, como un balón maltratado que quiere salirse de un terreno hostil en una noche de invierno.
Las historias se ramifican como brazos de árbol que desembocan en frutos dulces, después de haber atravesado “necesarios” dolores que lloran en savia amarga desde las cortezas.
El relator deportivo Maximiliano Castro (37) y el exjugador de hockey sobre patines Pablo Mazzochi (37) son pibes de barrio que crecieron viendo las necesidades propias y ajenas. Pasaron una vida juntos, desde los 9 años: escuelas primaria y secundaria, y también la universidad, en donde coincidieron en el curso de ingreso de Comunicación Social (Maxi siguió periodismo y Pablo fue hacia publicidad y propaganda, pero más tarde cambió de camino).
A la luz del CGT, un día de 2016 se sentaron sobre el playón de sus sábados futboleros y tuvieron un impulso: fundar un club. Pero lo que parecía una simple pulsión en medio de una charla de “hermanos” de distinta sangre perseveró y con el paso del tiempo quedó reflejado en lo que hoy es el Club Barrio CGT, fundado el 1 de mayo de 2018. Una institución que crece comunitariamente gracias al sentido de pertenencia de sus antiguos y nuevos miembros. El orgullo de un vecindario que vio a los chicos del playón empezar en la división C hasta llegar a la A del futsal sanjuanino, tocando el cielo con los botines de fútbol 5.
Noche de futsal
Francisco Ríos, el Panchito, llora de dolor sentado al costado de la cancha. Una patada rival le torció el tobillo derecho. “Debe ser un esguince”. Los compañeros lo miran impotentes y Maxi Castro le trae hielo mientras lo atienden cerca del banco de suplentes. En el entretiempo, el DT Ricardo “Miky” Olivera reúne a sus jugadores. “Ese niño está llorando porque ha dejado todo”, les dice, y después de darles indicaciones les pide: “Ahora vamos a hacer que ese niño se sienta contento cuando termine el partido”. Señala a Panchito, que sigue sollozando en el piso, y les marca las jugadas en una mini pizarra-cancha con fichas imantadas.
El juego se reanuda y Panchito se levanta, como puede. Pide entrar y convence a su entrenador de que está bien. Ingresa y transforma el rengueo de los primeros segundos en otros destellos de habilidad en donde deja en el camino a varios jugadores de La Gloria (uno de los grandes de la categoría). Cada vez que le ofrecen cambiarlo por un compañero para preservarlo, él mueve el índice derecho marcando un “no” rotundo. Y hasta hace un gol, que le da esperanzas al CGT. Entonces las 120 personas (cuando hace calor van más de 300), que están en las tribunas que dan hacia la calle que lleva el nombre del músico sanjuanino Hermes Vieyra, explotan de júbilo cuando el remate de la joya toca la red. Hombres y mujeres de distintas edades, niños acostumbrados a disfrutar de ese playón por las tardes, ancianos, y madres de bebés que duermen con abrigos de lana en changuitos, aguantan bajo la helada que hace descender la temperatura hasta los nueve grados. Las lealtades son innegociables. Entonces cuando juega el barrio van a apoyar, aunque el duelo por el torneo local termine a la medianoche, previo a un día laborable. No importa, tampoco, que hoy estén a mitad de tabla (puesto 10). Cada uno de los que paga una entrada e ingresa por el portón que custodia Alejandro Salazar -apodado el “intendente” del club porque pasa el día ahí- conoce la historia de sacrificio que hay detrás de cada noche de futsal.
La “locura” de dos amigos
A Mazzochi se le dilatan las pupilas, en un claro signo de emoción, cuando se remonta a los inicios. Dice que le cuesta creer lo que lograron, “porque era un playón en medio de una plaza desierta”. Entonces revela el golpe emotivo que le dieron sus redes sociales al recordarle, hace pocos días, la foto de un febrero en el que tomaba mates con su amigo Maxi mientras miraban un entrenamiento. La instantánea mostraba un espacio “desolado” que no reflejaba lo que pasó después.
Hoy, además de las tribunas, lograron el cierre perimetral del 70% del club (tras ganar un proyecto de $5 millones en Nación el año pasado, sumado a la solidaridad de los oyentes del relator). También tienen casi terminados los baños y camarines. Para el exhockista del Club Barrio Rivadavia “es como cumplir un sueño”.
Los hombres que se consideran “hermanos del alma” disfrutan de ver a los padres de los chicos del club tomando mates al costado de la cancha mientras sus hijos entrenan. “Ahí decimos ‘mirá hasta dónde hemos llegado’”.
Castro es el más sensible de esa dupla y admite que llora con cada avance. Inclusive, pasó las vacaciones de enero viendo cómo los albañiles pegaban ladrillos. A las nueve de la mañana les llevaba el desayuno a los trabajadores y se quedaba mirando cada detalle de la obra. Tan notoria era la situación que los vecinos pasaban y le preguntaban si había contado cuántos ladrillos ya habían colocado. “Te puedo asegurar que sé cuántos ladrillos tiene cada paño de la tribuna, cuántos estribos hay. A mí el club me puede”, admite.
Amor a la camiseta
Panchito asegura que el futsal “es una pasión” que tiene desde “muy chico” y anhela “llegar a algo más”. “Creo que lo hago bien, muchos me lo dicen”. La mirada tímida parece devolverlo a su edad mientras limpia un auto en el lavadero de Ignacio de la Roza casi Güemes. No es la misma mirada de revancha que tiene durante las noches en donde se escucha el chirriar de sus zapatillas sobre la pista y esconde el balón bajo la suela. El joven entra a trabajar a las ocho de la mañana y sale a las seis de la tarde. Después de merendar y dormir una siesta tardía en su casa se va a entrenar.
Bajo esas camisetas a rayas blanca y azul francia también están Emiliano Diapol, Martín Guzmán, Ramiro Zárate, Fabián Olivera, Horacio Pujado, Nicolás Olmos, Federico Videla, Facundo Aguilar, Octavio Salazar, Blas Azcurra, Facundo Salazar y Alan Ochoa. Soldados que siguen ahí por el sentido de pertenencia, porque el barrio es el barrio. Así lo siente también Lucas Castro (22): “Esto es mi vida, no sé si me podría ir de acá”. El joven volvió a entrenar este año, “paso a paso”, “gracias a Dios”. Y para Maxi “es un milagro” que esté entre ellos.
Lucas vivió el peor momento de su vida en 2022, cuando ya jugaba en la primera del CGT. Fue justo cuando en la temporada en la que el club llegó a la A, tras un año en la B y cuatro en la C. Salió de un boliche en grupo. Al llegar a calle 5 y General Acha, por esos enigmas del destino, le cambió el lugar a una amiga cuando caminaban por la orilla de la calzada. No recuerda ni cómo lo atropellaron, porque quedó inconsciente en el suelo. Estuvo casi un mes en el Hospital Rawson. “Tuve que volver a aprender a caminar y hablar. La saqué muy barata”, es su conclusión.
El joven se cubre la cabeza del intenso frío de junio con el gorro de su campera. Está parado a un costado de la cancha, desde donde se ve la cantina del club que es atendida por sus padres. “El barrio es todo. Estuvieron conmigo en las malas y eso no tiene comparación”.
Club comunitario
Pablo Mazzochi está ligado al deporte desde muy chico, porque su padre Fabián (excombatiente de Malvinas) fue entrenador y después dirigente del Club Barrio Rivadavia. Mientras que Maxi Castro heredó la profesión de su papá, el “Perfume de gol” Mario José Castro (ya fallecido), uno de los mejores relatores deportivos que tuvo San Juan. Tanto Mario como Fabián no solo que se hicieron socios del CGT, sino que hasta ponían plata de sus bolsillos para acompañar el proyecto.
Fabián, además, es el cocinero designado cada 25 de mayo. En ese día patrio todo el club colabora con el locro, porque la recaudación de ese trabajo conjunto es lo que les da espaldas para afrontar los gastos del segundo semestre. Son entre 150 y 200 porciones que se vuelan porque los vecinos saben lo que significa para los chicos representar al barrio. El resto del año, los dirigentes hacen rifas y venden pollos y empanadas. “No sé cuánta plata puse en el club ni quiero enterarme”, dice, entre risas, Pablo. Lo mismo le pasa a Castro. Entre los gastos fijos están los seguros de los jugadores de cada división: 5000 pesos por mes por cada uno (tienen sub 11, 13, 15, 17, reserva, primera y senior en varones, y reserva y primera en mujeres).
Una de las razones en donde se cimentan sus esfuerzos es la función social que tienen los clubes de barrio. Maxi reconoce que “es una pelea diaria” porque “los flagelos de la sociedad están en todos lados” y el barrio CGT “no es una excepción”. Buscan que los chicos hagan dos horas diarias de deportes, pero también tienen a un técnico de inferiores que les pide que le muestren las notas de la escuela. A veces conversa con los padres cuando hay bajas calificaciones y en acuerdo con ellos no los deja entrenar hasta que recuperen esas materias.
El costado más humano
“Hay que hacerse sentir muchachos, se juega así. Jueguen como una final”, pide Miky Olivera. Mientras Maxi, cerca del banco de suplentes, sigue fumando. El periodista asegura que pierde la cuenta de los puchos que consume en cada partido: “Mi señora (a quien conoció en el barrio) y los chicos de acá me dicen ‘vos estás loco, estás enfermo’. Me pongo realmente muy nervioso. El fanatismo que tengo por el club que hicimos es inmensurable”.
Detrás de uno de los arcos, sobre la pared, hay una bandera con la inscripción “el barrio más popular”. Esa es la expresión con la que van creciendo los más chicos y es el sello distintivo de un equipo que sabe que varios de los partidos en la máxima división son casi una representación de la lucha entre David y Goliat. Son muchas más las veces que van de punto que las que van de banca. Como ahora, que sacaron pecho ante La Gloria y estuvieron cerca de dar un batacazo, pero cayeron 6-5 ante su gente.
Hay otra bandera que el CGT lleva a todos lados. Es una que dice “prohibido olvidarlo”, en homenaje a Lucio Lahora (en el trapo sale su cara y el número 6 de su camiseta), un jugador que murió atropellado en Santa Lucía en 2019. El joven salía de jugar un partido amistoso en el barrio Kennedy y cuando volvía a su casa en bicicleta fue atropellado por un automovilista. Fue “uno de los piñones más fuertes” que golpearon al club y desde entonces le dedican todos sus triunfos. Maxi Castro lo recuerda como un joven con “un admirable compromiso por el deporte, un ejemplo para los otros chicos”. Fue capitán de la sub 17 y alternaba en primera división cuando estaban en la C. “En cada camiseta que tenemos en algún lado siempre dice ‘Lucio Lahora’”.
Misión cumplida
El padre de Pablo consiguió las primeras camisetas para jugar un partido en Santa Lucía. Así iniciaba el recorrido por la C. Eran 22 chicos que fueron jugadores, socios y dirigentes al mismo tiempo. Y uno de ellos, Jonatan Emanuel Mercado, llegó un día con la idea de convocar, a través de panfletos, a una prueba de jugadores. Llegaron 80 jóvenes y pudieron armar también las inferiores.
El día más glorioso llegó en 2022, cuando de la mano Emanuel Rivera (socio fundador y ex jugador, dirigente y preparador físico) en el rol de director técnico vencieron 5 a 1 a Andacollo de Chimbas y ascendieron a la máxima categoría de la provincia. Fue en el Complejo La Superiora, en donde todo un barrio festejó ese hecho histórico. “Algunos vecinos que al principio, porque entrenamos en la noche por razones laborales, nos decían ‘apaguen la luz, mirá la hora que es’ estaban con nosotros gritando los goles y el ascenso”.
Pasaron los años y en junio de 2025, pasada la medianoche, con la humedad de la helada suspendida en el aire, que ya se nota en el reflejo de las luces de la cancha, los vecinos se van enojados con el árbitro. Entienden que los perjudicaron cuando el equipo se había hecho protagonista en la segunda parte del encuentro.
Son broncas comunes a los hinchas de cualquier club. Pero mientras mastican esa impotencia, muy en el fondo saben que estas sensaciones que hoy tienen por la camiseta quizás los unió más. Porque el barrio cambió.
Ahora hay un escenario central en donde cada uno asume su rol: jugador, técnico, dirigente, hincha, vendedor. Todos miembros de un mismo engranaje en el que recrean la existencia, con sus triunfos y sus derrotas, a través de un juego. Es el amor por los colores y el sentido de pertenencia que llegaron para quedarse, gracias a dos “locos” que sentados sobre un playón decidieron jugársela y fundar un club.