2025-06-29

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“Toque timbre si no estoy”: la tierna imagen del niño que aprovechó su talento y se puso a vender dibujos por avenida Rioja

Nacho tiene 9 años. Descubrió su capacidad durante la pandemia, cuando se encerraba a dibujar en su habitación. Entre las sorprendentes representaciones de Gokū, Sonic y Among Us está el aliento de sus padres para que haga lo que le gusta. Él dice orgulloso que ya vendió algunas de sus producciones.


“Toque timbre si no estoy”, dice el cartel. “Nacho” está en su mundo. Dibuja afuera de su casa sobre una mesa individual que tiene un mantel blanco y un cubremantel negro. Está absorto, mientras lo cuida la guardiana Lupe, una perra mestiza que descansa a los pies de su silla. En avenida Rioja al 1066 Sur pareciera como si la vida frenara, cada fin de semana. Él espera a los potenciales compradores, pero no desperdicia ni un segundo del proceso creativo que tanto disfruta.
“Vendo dibujos”, apela, con letras grandes, en la parte superior de la pizarra. Nacho se llama Bruno Ignacio Flores Borrás y tiene 9 años. El “toque timbre si no estoy” es su forma de emular a ese mundo de grandes al que, en su inocencia de niño, quiere llegar.
A muy corta edad empezó a dejar plasmado su talento en papeles que inundaban el hogar con dibujos de personajes animados de la televisión, con íconos místicos o con los colores futbolísticos que ama: los de San Martín. “Yo dibujo desde los 5 años. Empecé viendo unos videos de una caricatura, de unos personajes, y me gustó”, cuenta con algo de timidez pero sosteniendo la mirada de su interlocutor por varios segundos antes de agachar la cabeza para volver a mirar sus producciones.

La influencia de la pandemia

Su padre, Bruno Flores, asegura que durante la pandemia de coronavirus Nacho “se la pasó viendo tele, pintando, dibujando. Y cuando empezó a ver en la tele los dibujitos que a él le gustan, como Sonic y Among Us, paraba los videos y los copiaba. Le daba play y volvía a pararlos” para retratar otros detalles.
Dibujar es uno de los lenguajes que eligen algunos para mostrarle su alma al mundo, porque el arte es el rincón más sensible de los sensibles. Nacho pasaba los días de encierro -por el aislamiento social para evitar contagios- creando mundos con sus lápices. “Salía de la pieza donde dibujaba y mostraba lo que había hecho. Así era todos los días. Hasta que empezó a hacerles sombras a los personajes y les agregaba más cosas. Ahí dijimos ‘algún talento tiene’. Y cada vez se animaba más a los dibujos más grandes”, dice, orgulloso, el padre.
Nacho produce todos los días, a cualquier hora. En un momento se dio cuenta de que la colección de dibujos había crecido y pensó en ofrecérselos a vecinos y extraños. “Un sábado decidí sacarlos -a la calle-. Vi que tenía la habilidad de dibujar y empecé a vender”, relata el niño. “Mi mamá me ayudó. Dije que quería vender dibujos y traje la mesa hasta acá. También el mantelito negro, y ella me ayudó a poner el cartel”.
Nacho cuenta que los vecinos le preguntan qué está haciendo y se sorprenden por su talento: “Me dicen que está manso lo que hago”. “La gente pasa por acá y se para, con muy buena onda, a comprarle los dibujitos y a felicitarlo”, rubrica su madre, Sofía Borrás.
Él dice, satisfecho, que ya vendió dos de sus creaciones. “Un chico que vino en bici me compró un dibujo de Boca”, asegura. 

Los colores que ama

Es hincha de San Martín como su papá. Y aclara que también hace algunos dibujos con los colores del Verdinegro, que no descarta llevarlos a la cancha para mostrarlos.
Va a la Popular Norte del estadio Hilario Sánchez desde los 3 años. El padre cuenta que para el niño ir a la cancha es casi un ritual, porque a la salida hasta “pide los sánguches del tío”, un conocido vendedor ambulante que tiene ese latiguillo para presentarse.
Su día más feliz fue el domingo 8 de diciembre. Era su primera vez acompañando al equipo a otra provincia, junto a su papá, y se emocionó hasta las lágrimas con el regreso a Primera. “Me sacaron una foto cuando fui a Córdoba a ver a San Martín y la dibujé”, recuerda, mientras muestra esa imagen desde la carpeta en la que guarda todas sus creaciones.
Bruno Ignacio tiene dos hermanos más chicos (uno por parte de su padre y otro por parte de su madre). En la escuela Antonio Torres disfruta de artes visuales y también cuando tiene matemática. Su papá explica que casi no le hace falta estudiar para esa última materia y en las pruebas casi siempre se saca 10. Este año, en esa institución hizo la promesa de lealtad a la Bandera. Además, es deportista: hizo natación y fútbol. “Me gusta el cuarteto”, responde, muy decidido, si le consultan sobre música.

La biblioteca popular

Cuando era muy chico iba a un taller “en calle Pedro Echagüe” en donde aprendía a dibujar manga (cómics). Pero a los 7 años lo llevaron a la Biblioteca Popular Sur, de Rawson. Ahí le enseñaron a hacer bocetos y ahora les explica a sus amigos cómo es ese proceso. Pero confiesa que en la práctica prefiere evitar el boceto e ir directamente al dibujo final.
“En la biblioteca le enseñaron técnicas para hacer la cara -del personaje-” y “a dividir el rostro para pintar cada ojo y la nariz en cierto lugar”, cuenta Sofía. “También en la biblioteca fue a aprender guitarra: en la semana iba a dibujo y el fin de semana a guitarra”, repasa Bruno.
Sus padres lo acompañan en esta aventura y lo dejan volar con su talento. Él sacó ese espíritu emprendedor al verla trabajar a Sofía, que todos los fines semana vende los productos de planificación que produce (facturas, semitas, donas, alfajores), y al valorar el sacrificio de Bruno, que es albañil.
Nacho se imagina en el mundo de los grandes dedicándose a dibujar. “Quiero hacer algunos que están de moda ahora. Me gustaría dedicarme a esto”. El niño asegura que no ve todavía cómo puede ser su camino al lado de los dibujos y descarta hacerlos para empresas. Pero en esa proyección se imagina mostrándolos, al aire libre, “en diferentes lugares”.  
Hace un tiempo sorprendió a su familia cuando dibujó, con mucha calidad, a Jesús y se lo regaló a sus abuelos maternos. También hizo a GokÅ« de Dragon Ball “en la nube voladora” y a otros personajes.

Seguro de su talento

“Supe que dibujaba bien porque me lo decían los demás y porque yo me daba cuenta”, expresa. Nacho dice que el precio de sus dibujos van de 100 a 600 pesos, dependiendo del tamaño de cada creación y de cuánto le costó hacerlo.
Además recreó al muñeco de madera que aparece en el video viral de donde surge la ilógica frase “tun, tun, tun, sahur” y se expuso a la crítica de amigos y familiares, porque todos debían puntuar su trabajo. Pero obtuvo calificaciones entre 9 y 10.
“Vendo dibujos. Toque timbre si no estoy”. La frase enternece a los que caminan o transitan en sus vehículos por avenida Rioja, en Trinidad, cuando detrás del cartel ven a Nacho aprovechando su inteligencia creativa. 
Entre bocetos, lápices de colores y hojas a las que le imprime su valor agregado él juega a ser un artista, sin saber que ya va hacia un camino mucho más lúdico.
Si tan solo la vida fuera tomada como un juego. Y si nadie buscaría salir nunca de las intenciones puras de la niñez, el mundo no necesitaría guerras para forzar un entendimiento superficial. Acaso con el sano intercambio de dibujos a mano alzada se solucionarían los desencuentros y hasta sería la forma más genuina de declarar el amor. “Cuando dibujo siento tranquilidad”, concluye Nacho.

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