2025-07-20

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Un día con los churreros sanjuaninos: entre la aceptación de la gente y la necesidad de generar ingresos en un rubro que no para de crecer

“Vivo de esto”, dice el más conocido en el Centro Cívico. Una mujer se inició en la venta ambulante tras perder su trabajo. Un cordobés que se radicó en San Juan ofrece churros en la peatonal. Y un albañil optó por salir a la calle porque estaba “muy flojo de laburo”. Mirá el video

Para algunos es una forma de supervivencia. Para otros, el símbolo de la construcción de una vida familiar a la luz del esfuerzo independiente. Todos le imprimen mucho sacrificio al aire libre, y varias horas de caminata o de espera de los clientes. Los vendedores de churros se constituyeron en parte del paisaje céntrico sanjuanino. Son quienes logran endulzarle el día a algún turista o sacar por un rato de las preocupaciones cotidianas a un coterráneo.

“Siempre salgo a la calle encomendándome a Dios. Que sea lo que él quiera, que me acompañe y me cuide”, le dice Ana Flores a 0264 Noticias mientras sostiene a su bebé. La joven de 27 años trabajaba en una empresa de limpieza y no le renovaron el contrato. Entonces vio en los churros una oportunidad para generar ingresos diarios a su hogar, en el asentamiento Santa Bárbara de Capital.

“Arrancamos en el auto a las siete de la mañana saliendo de casa, en Santa Lucía. Pasamos por Chimbas a buscar los churros y también la mesa, el cartel y el mantel. Hacemos un triángulo gigante, porque después llegamos al Centro Cívico. Pero sabemos que tenemos unas de las mejores calidades”, repasa Ezequiel (29), que tiene su puesto cerca del de su esposa.

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Otro hombre, que prefiere mantenerse en el anonimato, reconoce que empezó a vender churros porque está “muy flojo de laburo”. “Presenté el currículum en las empresas y no pasa nada. Un amigo me dio la posibilidad de buscar los churros para vender”, explica quien este domingo 20 de julio tiene una razón más para abrazar a aquel que no lo dejó en “banda”.

Pablo Molina (36) es un cordobés que también le debe su trabajo a un nuevo amigo, que conoció en el ascenso de San Martín a Primera en Alberdi. “El chico que me recibió en San Juan vende churros, entonces salí con él a laburar”, cuenta, ya radicado en tierra cuyana.

Curtidos por las diferentes crisis a lo largo de la historia, los argentinos siempre le ven una rendija al paredón de los imponderables. Una luz en un camino sinuoso y lleno de pendientes. Y en ese sueño diario que emerge pese a la incertidumbre, son varios los sanjuaninos que se hicieron churreros. Así disipan el asedio de las cuentas sin pagar y satisfacen las necesidades primarias de sus familias. El rebusque, para que algún día el sol revele otra realidad.   

Una forma de vida

En tiempos en donde la cantidad de vendedores aumenta en San Juan, Ezequiel se erige en uno de los pioneros. El hombre se mantiene desde hace tres años y medio en la vereda del Centro Cívico que da hacia la avenida España pasando Laprida. Un local a la intemperie en donde consigue el sustento diario pero, sobre todo, un espacio que lo dignifica.

Su esposa, Luz, prefiere eludir las fotos periodísticas. Pero en la misma vereda, a metros de avenida Libertador, asegura que este invierno vende “la mitad”, comparándolo con el año pasado. Y lo solventa con datos: “En marzo de 2024 vendía 10 docenas y en abril de 2025, solo cuatro docenas”. Únicamente dejan por un rato el costado Este del edificio público durante el verano, cuando se adentran hasta la orilla del Río San Juan, cerca de la Ruta Interlagos, en donde le venden a los bañistas.

Ezequiel es muy conocido por los empleados públicos que buscan algo dulce para acompañar el desayuno. “Me dedico cien por ciento a esto, vivo de esto”, subraya, porque su día ronda en torno a ese trabajo. “Esto me sirve para comer, para el alquiler, para pagar boletas de agua, luz y del celular”.

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Para el joven “hay un declive bastante considerable en las ventas” este año. También dice que nota un incremento en la cantidad de churreros: “Cuando yo empecé había dos o tres. Ayer pasé por el centro y me habré cruzado con unos cinco”.

“El año pasado vendía algo de 15 o 20 docenas y ahora estoy en 10 en el día”, explica el trabajador que llega a su puesto a las 8 y se va a las 13, para volver a las 17 y quedarse hasta las 19:30.

Él tiene sus clientes fijos en el Cívico, que “a las ocho y media de la mañana salen a buscar los churros que están súper calentitos”. “Hay algunos ministros o secretarios que compran tres o cuatro docenas para llevarle a todo su equipo”, asegura. 

El matrimonio que “por ahora” no tiene hijos vive en Santa Lucía hace tres meses. Antes iban a trabajar a Capital desde calle 11 y Aberastain, en Pocito.

Cada mañana van hasta la casa de un amigo a buscar la mercadería. Actualmente compran 20 docenas para dividirse entre los dos, con un detalle de marketing que quedó registrado en los carteles con los que hacen las promociones: Luz tiene cada churro a $500, mientras que Ezequiel los ofrece a $600. Pero los dos venden la media docena a $3000 y la docena a $6000.

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“En caso de que lleguemos a vender todo en la mañana, nos queda la tarde libre para nuestras cosas”. Eso ocurre generalmente en las dos primeras semanas de cada mes. El día de la semana en el que venden más es el viernes, porque “es como que la gente se da un permitido y se lleva para la casa, para los hijos”. 

El foráneo y los anónimos

Los churreros no siempre son locales. También llegan trabajadores de otras provincias. Ese es el caso de Pablo Molina, que fue invitado a probar suerte en San Juan. El hincha de Belgrano dejó la Docta y desde hace cuatro meses recorre la peatonal con un táper en el brazo derecho.

“San Juan es mucho más tranquilo, no está tan acelerado como Córdoba”, compara.

El hombre vendía bebidas afuera del Mario Alberto Kempes, en partidos de Copa Argentina con protagonismo, por ejemplo, de Boca o River. También trabajó adentro del estadio mundialista ofreciendo “los vasos de coca”.

Ahora llega cada mañana al centro sanjuanino y recibe 15 docenas de churros para revender. Aunque los sábados y domingos pide 20 o 25 docenas. “Estoy desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. A veces voy a almorzar y otros días paso de largo y voy directamente al parque”, cuenta con su inconfundible tonada. A Pablo lo acompaña un exvendedor de medias que decidió cambiar de rubro. “Estuve 15 años vendiendo medias y hace un año y medio vendo churros. Ya había muchos ofreciendo medias”, aclara el joven que prefiere no dar a conocer su nombre.

El otro churrero que elude las fotos es uno que termina su jornada en el Parque de Mayo. El hombre lleva apenas tres días en el nuevo oficio que eligió por obligación, porque hoy tiene poco trabajo como albañil.

“Soy padre de familia. Tengo dos varones hermosos”, dice con una sonrisa triste. “Trato de vender algo para comprar la comida del día”, continúa. El albañil asegura que se dedica a la “construcción en seco, con durlock”, pero “como está muy flojo de laburo” decidió colgarse una canasta en el hombro izquierdo y darle pelea a la crisis.

“Saco plata para el día nomás. Si pido ocho docenas me quedan 25 mil pesos de ganancia. Yo los estoy ofreciendo en 500 pesos cada uno, 3000 la media docena o 5000 la docena”, detalla. Además hace una rápida radiografía de cómo está la calle: “Ahora hay muchos vendedores de facturas, rosquitos, maicenitas y cuesta conseguir la plata, pero a la gente les gustan los churros”.

Su amigo hace la producción en la mañana y él los vende en la tarde, destacando que son “caseritos”. Los ofrece en el principal pulmón verde capitalino, en la plaza del Bicentenario, en la plaza principal de Santa Lucía o “puerta por puerta” en los barrios del departamento del Este. Y en esa carrera contrarreloj por conseguir el dinero para la comida de su familia se reinventa todo el tiempo. “Ahora tengo una changuita. Limpio un consorcio y me dan una monedita. Si el dueño necesita pintar, voy y pinto también”, se esperanza. 

“Ana no duerme”

Ella no salió de la imaginación del gran Luis Alberto Spinetta, pero quizás no duerme, solo sueña con esos días en donde el bolsillo deje de apretar. Ana es mamá de Natalia de 7 años e Iván de casi 2. Perdió su fuente de ingresos y decidió salir a buscar una revancha, para que el destino le regale más oportunidades.

Sonríe tímidamente y dice que su emprendimiento se llama “Churros la niña”. “Nosotros somos de Concepción y hacemos el recorrido por allá (cerca de calle Mendoza y Juan Jufré). Hoy vinimos al parque para cambiar de zona y vender un poco más”, cuenta al lado de su bebé y de Carlos Robledo (31), su esposo, que los llevó en la misma bicicleta en la que cada día sale muy temprano a cumplir con su rutina de albañil.

“Mi marido está en la construcción y, como a veces hay trabajo y a veces no, para conseguir la comida diaria yo salgo a vender churros. Vendo desde hace un par de meses, desde que me quedé sin trabajo. Me habían hecho un contrato de meses y después me dieron de baja”, relata la mujer.

Esa situación, además, tuvo otro daño colateral para la economía familiar: “Como me habían puesto en blanco, me sacaron la asignación -por hijo-, que era una mínima ayuda que tenía para los pañales”. Ahora debe volver a tramitar el beneficio.

Mientras tanto, hace rendir la plata de las ventas “para el día a día”. “Los pañales que usaba mi bebé volvieron a subir mucho de precio. Le estoy comprando sueltos y no me alcanza”.

“Una señora hace los churros y yo los vendo. Ella tiene dos hijos y tiene su otro trabajito, pero el día a día está difícil”, dice sobre esa “mano” recíproca que se dan en tiempos difíciles.

En un táper transparente vende la docena a $5000 y por unidad, a $500. “La gente compra por media docena o suelta. En el parque vendí de a dos o de a tres churros”, repasa. Pero más allá de la plata valora la aceptación de la gente, que tiene “el mejor trato” con ella. “Hoy me encontré con muchos chicos jóvenes que me compraban aunque sea un churro, por el simple hecho de ayudar”, agradece.  

En un día con “viento a favor” llega a los 15 mil pesos y en las peores jornadas hizo 7 mil. Hay días en que están “a sopa”. Ana busca lo más económico y aclara que con $5000 puede cocinar para los cuatro.

Su esposo empieza la jornada laboral cerca de las 7 y llega a las 15 a su casa. Ahí sale ella a vender. Pese al sacrificio diario que hacen también les queda energía para organizar un bingo para comprar juguetes y hacerles un chocolate por el Día del Niño a los más de 130 chicos del asentamiento Santa Bárbara.

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Ana tiene claras sus prioridades, y gracias a la venta de churros logra “un ahorrito” para sacar a pasear a sus hijos el fin de semana. “No importa el gasto que se hace, sino que tenemos siempre esa platita guardada para disfrutarla con ellos. Porque su felicidad es la que nos impulsa a salir a trabajar”, concluye.

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