HISTORIAS
“Sangre verdinegra corre por mis venas”: fue jugadora, pero cruzó el alambrado para alentar desde la popular y diseñó su propia bandera
Los hinchas del fútbol pueden cambiar de rol en un club, pero el amor por los colores será siempre inalterable. Para Morena Guadalupe Salinas Amaya la vida está teñida de verdinegro. La joven de 20 años se dio el gusto de jugar con la camiseta de San Martín, pero un día decidió cruzar para siempre el alambrado y quedarse en su lugar en el mundo: la Popular Norte, en donde deja su aliento en las buenas y en las malas.
A la cancha la llevó por primera vez su papá, Carlos Salinas, a una edad en la que para el ser humano no quedan registros conscientes para la posteridad: pasó casi desde la cuna al estadio Hilario Sánchez Rodríguez.
“Nací en la Alem y lateral de Circunvalación. Acá todo está relacionado con San Martín. Desde que venimos al mundo sabemos lo que es ir al club”, explica sobre ese lugar en donde lo primero que aprenden niños y niñas es a amar la camiseta “esperanza y luto”. “Acá siempre están haciendo murales o pintando los pilares. Por la Alem está el mural de Emmanuel Mas”, se enorgullece.
DE LA CANCHA A LA TRIBUNA
A los 14 años, en su anhelo por defender esos colores, se acercó al estadio para formar parte de los primeros planteles femeninos del club. Allí alternó entre los equipos de San Martín y San Martín “A”. “Mayormente, era delantera, pero jugaba en cualquier parte de la cancha”, recuerda. En esa época entraba a ver los partidos del plantel masculino a la Platea Este, por ser jugadora. Pero a veces buscaba la manera de cruzar a la cabecera Norte, en donde está la hinchada.
Con el tiempo, después de haberlo intentado con mucha dedicación, vio que no iba a tener demasiado rodaje como futbolista. Entonces optó por colgar los botines para “jugar” como hincha y empujar al Verdinegro desde la popu. “Pasé de estar del lado de adentro del alambrado a estar afuera”, subraya.
Ella es la más grande de tres hermanas. Todas son hinchas, aunque Martina (la del medio) las acompaña solo en algunos acontecimientos del club. La más chica, Malena, tiene el mismo fanatismo que Morena. Carlos ya no vive con ellas, pero es quien pasa a buscarlas cada partido de local para disfrutar del aliento durante los 90 minutos y la euforia en los goles.
Cuando pueden, también viajan a ver al equipo en otras provincias (Buenos Aires, Córdoba o San Luis) por Copa Argentina. Además, juntos se emocionaron en el estadio de Belgrano cuando el Verdinegro regresó a la Liga Profesional.
La joven recuerda que comenzó a colgar del alambrado su bandera con la inscripción “sangre verdinegra corre por mis venas” cuando tenía 16 años. “Era la única mujer en hacerlo”, apunta. Después, con un grupo de amigas formó la banda de “Las pibas del Verdinegro” y diseñaron otro trapo que no falta nunca en los partidos de local.
“Para la final con el ascenso no iban a dejar entrar banderas grandes. Así que hice una más chica con la misma frase de la que tenía yo y la llevé. También diseñé una igual para Malena y se la regalé cuando cumplió 15 años”, cuenta con satisfacción.
EL CHOQUE QUE CAMBIÓ TODO
Ya había dejado de jugar al fútbol cuando un choque la dejó casi sin la posibilidad de practicar algún deporte en el mediano plazo. En invierno del año pasado, cuando fue al velorio del abuelo de una amiga, se le cruzó un perro delante de su moto en una calle de tierra. Quiso esquivarlo porque los frenos “no andaban muy bien” y se cayó al suelo. El rodado quedó encima de ella y se golpeó fuerte con el pedalín.
“Hacía un mes que había empezado a andar en moto. En caliente no sentía el dolor y cuando me paré, al hacer fuerza -con ese vehículo- la fractura se me hizo expuesta. Tuve fractura de tibia y peroné”, repasa Morena.
Los médicos le pusieron tres tornillos, siete clavos y una barra que le atraviesa la tibia derecha. “Mis amigas hicieron un sorteo porque las prótesis que me pedían eran muy caras”, cuenta agradecida.
En ese momento, el pueblo verdinegro se movilizó por ella: “Las transferencias que me llegaban eran en su mayoría de gente que iba a ver a San Martín o de la banda. Los vecinos de mi cuadra me hicieron una donación aparte”, recuerda todavía conmovida por la solidaridad.
La joven estuvo un mes en terapia intensiva, pero no dejó de estar presente en los partidos de su equipo. “Las chicas se encargaban de colgar mi trapo en el estadio”, aclara.
A veces Morena se queda con las ganas de viajar a algún partido por Copa Argentina por los exámenes de la carrera de Psicopedagogía, que cursa en la Universidad Católica de Cuyo.
Inclusive, este lunes a las cinco de la tarde rendía el final de la materia Teorías Cognitivas. Por eso, a su trapo personal lo volvieron a colgar sus amigas. Y ella dejó todo listo desde temprano para dar el examen y llegar a la cancha para ver el partido ante Riestra, por la segunda fecha del Torneo Clausura de la LPF.