2025-08-24

HISTORIA

El sacrificio y el sueño cumplido de la única farmacéutica de Ullum, que hoy asiste a sus vecinos con su propia empresa

A Flavia Cortez todavía se le caen las lágrimas cuando recuerda el día en que les dijo a sus padres que se había recibido en la universidad. El relato de los eternos viajes en colectivo para estudiar. La pasión heredada de su papá. Y un fuerte sentido de pertenencia: “Nunca me voy a ir de Ullum”.

Postergar la gratificación parece ser una virtud cada vez más escasa en tiempos de fugacidad y premura. Por eso hay historias que sobresalen aún más cuando el sacrificio silencioso es el camino elegido hacia las grandes metas personales.
Con muchos obstáculos enfrente, Flavia María Inés Cortez, que está por cumplir 42 años, se la jugó y hoy es la única farmacéutica de su querido Ullum, la tierra de la que aclara que jamás se irá. 

Creció entre medicamentos y decidió seguir los pasos de su papá, a quien le dedica cada logro que tiene no solo como profesional, sino también como empresaria. Flavia es propietaria de la Farmacia Ullum, la única que hay en el departamento del gran espejo de agua que es orgullo sanjuanino.

Alberto Cortez sufrió una muerte súbita el 3 de julio de 2017 y su hija no tuvo mucho tiempo para elaborar el duelo porque el 7 de julio tuvo que abrir otra vez el local. Los ulluneros no podían quedarse sin sus remedios. “A pesar de ese dolor por la ausencia tuve que seguir”, le dice a 0264 Noticias.       

Ella abrazó esa vocación de servicio desde muy joven y nunca dejó de pensar en su comunidad. “Otro sueño que me gustaría cumplir es el de abrir una sucursal más, para darle al departamento un servicio un poquito más amplio, porque lo merece”, revela.

Con una labor reconocida por los vecinos, su empoderamiento fue destacado por la Municipalidad y por la Asociación de Mujeres Empresarias, que la distinguieron el año pasado. “Hay un colega que también es del departamento, pero emigró hacia otra provincia”, dice Flavia.

Su pareja, Mario, explica orgulloso que ella a veces tiene que indicarles a los ulluneros qué medicamentos pueden aliviar sus dolores cuando llegan en horarios en los que no hay atención médica cercana. Esa sensibilidad y sentido de pertenencia que tiene con su comunidad le otorga a Flavia un plus que, en aquel departamento alejado casi 30 kilómetros de Capital, es muy valorado.
“No pienso en dejar Ullum, aunque me salga una gran propuesta, no me voy. Jamás lo pensé. Para mí Ullum es muy importante, es la tierra que me vio crecer y ahora puedo devolverle un poquito de lo que soy como persona y profesional”, sentencia la farmacéutica egresada de la Universidad Católica de Cuyo.   

Ella se emociona cada vez que repasa uno de los momentos más lindos que se regaló en la vida, después de mucho recorrido, y revive esa sensación inigualable de alcanzar una meta muy trabajada. “Agarré el celular y llamé a mi casa. Me atendió mi papá y cuando se lo conté empezó a gritarle a mi mamá ‘¡se recibió Flavia, se recibió Flavia!’. Fue hermoso”. No puede contener las lágrimas y el sollozo vuelve a frenar su voz por algunos segundos.

Había preferido que sus padres no fueran a esperarla afuera del aula porque tenía miedo de rendir mal. Pero después de una hora de examen convenció a los profesores de toxicología, de quienes se acuerda el apellido: Yesurón y García. Cuando le dijeron “felicitaciones colega” todo el duro camino de años cobró sentido. Sus compañeros le tiraron huevos, harina y le rompieron parte de la ropa, cumpliendo con el ritual. Llegaron sus primos y la llevaron en caravana hasta su querido Ullum para abrazar a sus padres. Son imágenes que le quedaron selladas para siempre como imborrables huellas mnémicas. “Es inexplicable lo que se siente en ese momento”, reconoce.

Rindió la última materia el 30 de agosto del 2013, a tres días de haber festejado su cumpleaños. Tras recibir el título y matricularse pudo ejercer desde 2014 en la farmacia de la familia. “Mi papá quería que trabajara con él, siempre soñó con que yo fuera la farmacéutica de su farmacia”.  

Un duro camino 

Los logros tienen ante la mirada ajena esa injusticia de la película incompleta, porque el ojo humano generalmente se detiene en los finales y a menudo descarta los procesos. Para llegar a su soñada meta Flavia tuvo que luchar contra la distancia y el desaliento.  

Cortez salió del bachillerato de su pueblo con el título de auxiliar en farmacia y laboratorio. Esa etapa terminó de definir el perfil profesional que iba a buscar. Les planteó a sus padres la intención de radicarse en San Luis para estudiar en la universidad nacional de aquella capital. Pero analizaron los costos y le dijeron que económicamente era lo mismo que quedarse cerca de sus seres queridos e ingresar a la UCC.

“El comienzo fue bastante duro. Me costó adaptarme. Antes estaba la empresa de colectivos Ullum y al tiempo la cambiaron por Clasur. En aquel momento los colectivos pasaban cada tres o cuatro horas. Iban a la Capital dos coches en la mañana nomás y en la tarde era igual. Para asistir a una clase a las diez de la mañana me tenía que ir a las siete. Tardaba 40 minutos hasta el Hospital Marcial Quiroga y desde ahí caminaba unos 20 minutos hasta la facultad. Era la que llegaba más temprano, entonces aprovechaba para leer y estudiar en un aula vacía”, detalla la profesional.

Flavia tenía que destinar todo el día para sus estudios y se privaba de cualquier otra actividad lúdica, como las clases de folklore a las que asistía desde los 5 años. “Cuando había una materia en la mañana me tenía que quedar todo el día en la Universidad. Salía a las 21:30 aproximadamente y el último colectivo que tenía desde el centro hacia Ullum pasaba a las 22, así que iba medio jugada con el tiempo. Llegaba a mi casa como a las once de la noche y al otro día a las siete de la mañana ya estaba viajando otra vez”, recuerda.

A los años su papá hizo un esfuerzo más y empezó a pagarle a unos jóvenes que eran como una especie de “uber” en Ullum y trasladaban a su hija hasta la Facultad de Ciencias Químicas y Tecnológicas.

En un momento, ella pensó en “dejar la universidad” porque se le quedaron algunas materias por las correlatividades y eso le extendió el tiempo en la carrera. Allí la duda se apoderó de sus días: “Pensé si realmente era lo que quería. Estuve un año casi sin poder cursar y trabajaba en un laboratorio veterinario. Pero lo pensé muy bien y me di cuenta de que esto era lo mío, no había otras carreras que me llamaran la atención”.  

La importancia de la familia

Además de la influencia que tuvo Alberto (murió a los 68 años) en su vida, Flavia se apoya mucho en su mamá, Olga Moreno (73), y disfruta de los cuatro sobrinos que le dio su único hermano, Gastón. Con la farmacia también la ayuda mucho Mario, con quien no tiene hijos por una decisión personal que tomaron.

Otra persona que fue fundamental mientras estudiaba era su abuela paterna, Nelda Tejada (falleció hace cinco años), con quien convivió un tiempo en Capital. “Fue una experiencia hermosa. Han sido los años más felices, esos en los que pude convivir y disfrutar con ella mis tiempos de universitaria. Ella vivía solita porque se quedó viuda muy joven. Fue maravilloso vivir con mi abuela”, expresa.
Y la emoción le vuelve a entrecortar su voz: “Ella pudo verme recibida. Estaba feliz mi abuela. Me acuerdo de que siempre me esperaba con un matecito o con un heladito cuando llegaba de la facultad. Me emociono un montón porque recuerdo esos años que fueron muy bonitos”.

Antes de recibirse llevaba tres años ayudando a su papá en la farmacia y ya vivía sola. Alberto sabía que esa niña que a los 7 años lo ayudaba a “ubicar los medicamentos cuando llegaban los pedidos” iba a seguir sus pasos.
El hombre fue cadete de un local de expendio de remedios cuando era joven y se graduó como “idóneo de farmacia”. Se dedicó a esa actividad porque un problema en la mano derecha le impedía tener otros empleos, pero poco a poco fue apasionándose por su labor.

Junto a un socio abrió el Botiquín Ullum en 1975, en la calle Valentín Ruiz. En el comienzo de los 2000 lo transformó en la conocida farmacia del departamento, ya como único propietario, y la ubicó en la Ruta 60, a 500 metros de la plaza departamental.

“Cada logro en la farmacia se lo dedico a mi papá. Siempre lo tengo muy presente. Puse su retrato en el local, para que nos acompañe todos los días cuidando su lugar de trabajo”. Ahora ella es propietaria y trabaja por su comunidad mañana y tarde. También fue muy importante para sus vecinos durante la pandemia. “Siempre que veo que llevan en caravana a los pibes cuando se reciben, digo ‘qué hermoso, qué satisfactorio’”. Para ella fue un antes y un después haber cumplido su meta profesional.

“Cuando me fueron a entregar la nota me dijeron ‘felicitaciones colega’ y supe que me había recibido”. En ese instante irrepetible, todas las lágrimas derramadas en los días tristes, los nudos en la garganta por las frustraciones, los interminables viajes en colectivo y las abnegaciones que retrasaron algún momento de disfrute, tuvieron sentido. Un sueño cumplido de alguien que hoy tiene una labor clave para los ulluneros.

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