Historias
La “locura” del hincha que tuvo a Antuña como su suplente y, a lo “Pepe” Argento, gritó un gol en un bautismo: “Ruego que San Martín se quede en Primera”
“San Martín es un estilo de vida. Mis hijas -Ailén (24) y Valentina (19)- me preguntan ‘¿a quién querés más, a San Martín o a nosotras?’ Y yo les digo que no me hagan preguntas que no puedo responder, porque son muy difíciles”. Para el kinesiólogo Javier Antonio Gómez Fernández la familia y el amor por el Verdinegro van por carriles distintos, pero le atraviesan el alma con la misma intensidad. “Ruego que nos quedemos en Primera. Cuando veo a los equipos chicos que se salvan y se quedan digo ‘nosotros no somos menos’. Yo ya quiero quedarme por mucho tiempo”, dice el hombre en medio de una situación muy difícil, aunque no imposible, para su equipo tras el empate con Lanús (está obligado a ganarle a Aldosivi este sábado).
Alguna vez se le escapó un grito de gol en una parroquia repleta mientras bautizaban a su ahijada y a él le avisaban en clave, a través de un viejo teléfono, cómo iba su equipo. También se escapó del hospital cuando estaba por nacer su hija más grande, porque tenía que pagar la cuota de socio que se vencía en la previa de un partido importante.
“Esta es una parte de mi vida que maneja los tiempos, el ritmo, el humor. Es algo que, honestamente, yo quisiera que fuera distinto. Con 53 años lo estoy tomando de otra manera, más calmo. Antes era mucho peor. Estoy más tranquilo, pero me quiebro por todo. Será por mi historia de vida: la muerte de mi viejo que todavía no supero, después la de mi hermano. Cuando mi viejo -Antonio Gómez- murió yo tenía 16 años. Mi hermano –Rodolfo, le decían “Roly”- falleció con 29 y dejó dos nenas muy chiquitas. Fueron unos golpazos. Y ahora lo de mi hermana –Alejandra- que sufrió dos ACV (accidente cerebrovascular)”. Javier llega a una dolorosa conclusión: “Mi vida está atravesada por la tragedia”.
El año pasado, además de mantenerse atento a la rehabilitación de su hermana también estuvo muy preocupado por su mamá, Luisa Fernández, quien permaneció internada varias semanas y su recuperación fue casi un “milagro”. En diciembre su equipo le acarició el alma con el cuarto ascenso de su historia a la Primera División. “Lloré todo el partido (se emociona y se le entrecorta la voz). Mi vieja y mi hermana decían –en un grupo de WhatsApp de la familia- ‘¡vamos San Martín!’. Y yo pensaba ‘las tengo vivas’. A veces me quejo y digo ‘que lo parió, siempre con un nudo en la garganta’, en el fútbol y en la vida, siempre remándola”.
Gómez tiene una colección de casi 50 camisetas verdinegras. Asegura que San Martín le dio muchos amigos y lo hizo recorrer distintos puntos del país. “Vas a veranear a La Serena o a Necochea con la camiseta y siempre pasa alguien y te dice ‘qué grande, qué colores’ y yo con eso… me pongo a llorar (otra vez no puede contener la emoción). Es una cosa de locos, de chaleco de fuerza, me tengo que internar, aunque ya estoy más calmado”, se analiza.
Cuando terminó el partido con Independiente (triunfo 1-0 en San Juan) vio que su hermana, que quedó con dificultades para hablar, envió al grupo el sticker que tiene la familia, en el que aparece emocionado por el último ascenso, y otra vez se puso a llorar en la Platea Este. “Cuando está contenta se expresa de esa manera, mostrándome esa imagen. Con eso me quiso decir que estuvo viendo el partido y que estaba feliz de que hayamos ganado. Yo quería contestarle, pero no podía hablar. Mi vieja me decía ‘vamos San Martín, no sufrás tanto hijo’. Ya estaba emocionado porque ganamos, y la reacción de mi hermana fue como una piña en la pera”, relata el hombre que tuvo que ver el clásico cuyano ante Godoy Cruz encerrado en su habitación. “Me pongo muy nervioso, muy loquito, entonces me gusta verlo solo, sin nadie, cuando es de visitante y no puedo ir a la cancha”. Son historias de “diván” de un fanático incurable.
“Mi esposa -Érica Garay, exjugadora de vóley del Bohemio- lamenta que esté tan enfermo, porque me ve sufrir mucho, como me ve feliz también. Esto a mí me afecta el humor hasta en el laburo. Pero ojo, sé que el equivocado soy yo. Mis amigos me joden, me dicen que no me caliente”, expresa.
Un gol en el bautismo
Así como la frase -de Pablo Sandoval, interpretado por Guillermo Francella en “El secreto de sus ojos”- que dice que un “tipo puede cambiar de todo” pero “no puede cambiar es de pasión” es aplicable a Gómez, hay una escena que podría ser de ficción pero que Javier la hizo real. A lo “Pepe” Argento en “Casados con hijos” cuando gritó un gol de Racing en un velorio, el chimbero lo hizo en un bautismo hace poco más de 20 años.
“Un primo con el que estuvimos en los ascensos, que es hincha de Peñarol porque jugó ahí pero ama a San Martín, me eligió como padrino de su segunda hija. Era agosto y corría un Zonda tremendo. Unos días antes yo le pedí a mi comadre, la mamá de la criatura, figurar en los libros pero que al bautismo fuera un sustituto, porque yo quería ir a la cancha. Ese sábado jugábamos contra Gimnasia de Jujuy (en play-off) y le hicimos cuatro goles, le pegamos un baile tremendo. Mi comadre me dijo ‘andá a la cancha, no hay problema, pero no te hablo nunca más en la vida’. Mi señora también me criticó. Mi primo sí me apoyaba, me decía que fuera a ver al Verdinegro”, contextualiza el hombre.
“En esa época existían los Nokia 1100 y un gran amigo, Luis Aguirre, con el que viajé por todo el país y ahora trabaja en Portugal, me ayudó. Le conté que no podía ir a la cancha. Me dijo ‘hagamos una cosa: si hace un gol San Martín yo te hago sonar el teléfono. Vos sacalo disimuladamente. Si es llamada mía y suena dos veces y te corto es porque es gol nuestro’. El partido era a las cinco de la tarde, a la misma hora en la que empezaba la ceremonia”, recuerda el kinesiólogo.
Entonces lo inevitable sucedió: “Iban 15 minutos de ceremonia. Mis primos me miraban porque sabían lo que iba a pasar, pero no lo sabían ni mi comadre ni mi señora. Yo estaba frente al altar, al lado de la criatura, que estaba en brazos de la madrina. Y suena el teléfono. Miro disimuladamente: ‘Luis Aguirre’. Entonces pegué un grito de gol en la Parroquia de la Merced. Me miró toda la gente y me di cuenta del moco que me había mandado. El cura me miró como diciendo ‘¿qué estás haciendo?’, y agaché la cabeza con mucha vergüenza”.
Casi a los 15 minutos de ese episodio, cuando el bautismo estaba terminando, sonó otra vez el Nokia 1100: “Esa vez no grité, pero hice un ‘vamos’, moviendo los brazos. El cura me miró de nuevo y se sonrió. Mi primo se reía y me apretaba el puñito como diciendo ‘vamos los verdinegros’. Termina la ceremonia y el sacerdote, que era joven, se arrima, me toca el hombro y me dice: ‘Sos hincha de San Martín me parece’. Le respondo: ‘Sí padre, perdóneme, fue sin querer. Estoy acá cumpliendo, pero estoy en la cancha también’. Y me dice: ‘A mí me gusta mucho el fútbol también, así que quedate tranquilo’. Es una anécdota que hasta el día de hoy la recordamos en familia y nos reímos”.
Su pasado como jugador verdinegro
Gómez se crió en el barrio Parque Independencia de Chimbas, muy cerca de la cancha de Peñarol. Si bien jugó algunos partidos en el Bohemio, en sexta división se puso la camiseta del Verdinegro. “Tuve el honor de compartir plantel con el Purruco –Raúl- Antuña”, cuenta. Y comparte una particular situación con el ex jugador y técnico de San Martín: “En un par de partidos fui titular y él fue al banco. Éramos delanteros los dos. Yo soy un año más grande que él. Tal vez si me ve me recuerde el Purruco”.
“En ese tiempo me iba al colegio secundario en bicicleta desde Chimbas, volvía y me iba a entrenar. Estudiaba en el Central Universitario y dos veces a la semana teníamos gimnasia en la cancha vieja de la Bancaria, cerca de donde está Ausonia. Salía de gimnasia, llegaba a mi casa a almorzar y me iba al colegio. Volvía a Chimbas a las ocho menos cuarto, me cambiaba y salía también en bicicleta a entrenar en San Martín. Una locura, tenía un buen estado físico”, detalla.
A su papá, que era hincha de El Globo, de Rivadavia, no le gustaba que juegue en el Verdinegro, porque pensaba que iba a tener pocas oportunidades. Entonces lo trataba de convencer de que fuera a Peñarol, como su hermano, que era defensor del club de la calle Tucumán.
“Mi viejo me decía que no fuera a San Martín, pero un hermano suyo, mi tío Alejandro Gómez, que jugó en el club con el Beto –Alberto- Naveda padre, me decía: ‘Sobrino querido, vos tenés que jugar en San Martín’”, recuerda quien hoy es socio de la Platea Este y que durante mucho tiempo fue también a las populares del estadio Hilario Sánchez.
En 1994, Gómez se fue a estudiar a Córdoba. Pasaron los años, egresó de la universidad nacional, volvió a San Juan y no dejó de ir a la cancha. Inclusive, le ofreció sus servicios profesionales ad honorem al club.
“Cuando Juan José Chica era presidente yo colaboraba como kinesiólogo en el equipo de la local con el médico Gustavo Vázquez. Para el plantel profesional estaban Silvio Casella, como médico, y Osvaldo Videla era el kinesiólogo. Los muchachos iban a mi consultorio, que estaba en el centro. Me regalaron algunas camisetas. Conocí al arquero Leo Serrano, a Martín Montagna y me hice amigo del Coqui –Jorge- Chica. Todavía tengo esa alegría interna de haber colaborado en el club”, cuenta el hincha incondicional del Verdinegro.
Escapada del hospital en “renoleta”
“A veces me preguntan qué dejé de hacer por San Martín. Y, por ejemplo, mi señora estaba con trabajo de parto en el Hospital Rawson porque iba a nacer mi nena más grande. Ahí no se podían presenciar los partos, pero justo la obstetra era una excompañera del colegio y me daba una chaquetilla para que pudiera entrar. Le pregunté cuánto faltaba y me dijo que estaba medio demorado pero que eso era de un rato a otro. Ese fin de semana San Martín jugaba una instancia del reducido (para buscar el ascenso)”, contextualiza el hombre.
Lo que vino después fue insólito: “Mi vieja estaba con mi suegra que vive en Buenos Aires. Me acerqué y le dije ‘ya vengo’. ‘¿Adónde te vas? Ya te van a llamar’, me dijo ella, y le conté: ‘Tengo que pagar la cuota de San Martín porque mañana jugamos’”.
Javier se fue hasta la secretaría de la institución que en aquella época funcionaba en un local de Mendoza y Cereseto. “Me escapé en la renoletita que tenía, iba a la chapa, ya se me desarmaba el auto. Era el último día que tenía para pagar la cuota. Después volví al hospital y gracias a Dios faltaron dos o tres horas para que naciera mi hija. Mis amigos me criticaban, me decían ‘no estás sanito vos’”, relata hoy.
Algunas de sus amistades, que son hinchas de otros clubes locales, descubrieron también una maniobra silenciosa que hacía Gómez y que los incluía. Su hobby es ir a pescar a distintos puntos de la provincia o del país con su grupo más cercano, con el que tiene una lancha. Pero él cuida que esa actividad recreativa no le quite un día de cancha.
“Después de 15 años los vagos se dieron cuenta de algo. Proponían ir a pescar a Rodeo, Mendoza o San Luis y preguntaban: ‘¿Cuándo vamos, esta semana?’. Yo a veces les decía que lo dejáramos para la próxima semana. Hasta que uno de ellos, que es hincha de Del Bono, me empieza a preguntar ‘¿cuándo juegan los tuyos?’. Mi respuesta era ‘mañana en Mar del Plata’ o ‘en Córdoba’ o ‘en la CAI de Comodoro Rivadavia’. Entonces me sacaron que organizaba la pesca cuando San Martín jugaba de visitante porque cuando lo hacía de local yo estaba en la cancha”, cuenta entre risas.
Entre el fútbol y las tragedias
El padre de Javier murió de un infarto a los 41 años, en 1989. Su hermano falleció de cáncer (tenía un tumor en la cabeza) en 2003. “Vengo de una familia medio trágica, por eso mi emoción en la tribuna cuando ganamos”, dice el fanático, que en los partidos encuentra curitas para cada una de las lastimaduras del alma.
“Cuando yo estaba en Córdoba mi hermano iba a la cancha con mi carnet y me seguía pagando la cuota. Inclusive, a un par de partidos contra Godoy Cruz en el mundialista de Mendoza llevó mi bandera, que tiene un mapa de San Juan y dice ‘Javier te ama’ -que le armó una vecina costurera y él pintó con esmalte sintético-. Después de algunos partidos que ganábamos en Mendoza me llamaba al teléfono fijo de la casa en donde yo estudiaba y me avisaba del resultado”, recuerda entre lágrimas. Y lamenta: “Cuando yo empezaba a volver a la cancha después de regresar a la provincia, la vida me quita a mi hermano”.
“Antes de que él falleciera, el Coqui Chica le regaló la camiseta para levantarle el ánimo, y él la usaba. Hasta poco antes del día en que se enfermó fuimos juntos a la cancha”, cuenta el hombre.
Inmediatamente rememora una situación que lo quiebra emocionalmente: “Estando él en terapia intensiva, en un coma gravísimo, con un cuadro irreversible, justo jugaba San Martín. Me acuerdo de que mi señora y mis hijas me decían ‘andá a la cancha’. Mi vieja también, con todo ese dolor de una madre. ‘Hijo andá, despejate, te va a hacer bien’, me pedía. Ese día fui a la Popular Sur”.
“En la entrada en calor se me arrimó el Coquito Chica, que estaba en el plantel, y me preguntó: ‘¿Cómo está el Roly?’. Le respondí: ‘Mal amigo, está mal, hay que esperar nomás’. Y le dije: ‘Me siento mal, una vez que entré a la cancha me sentí la peor basura, porque mi hermano se está muriendo y yo estoy acá’ –relata entre lágrimas-. Y el Coqui me agarró la mano por la tela de la tribuna y me dijo: ‘Hermano está bien que estés acá, el Roly hubiera querido eso, y ojalá que ganemos’. Esas son cosas que me quedaron grabadas. Mi hermano falleció a los dos o tres días, después de haber estado enfermo un año”.
La muerte de su padre también tuvo su impacto futbolístico: “En un partido en la cancha de Árbol Verde ganamos 2 a 0 con dos goles míos. El técnico era Antonio Ríos. Mi viejo me fue a ver y gritaba “¡bien Gómez!”, medio enojado. Cuando llego a mi casa me dice ‘¿viste que sufrís mucho en San Martín?, vos tenés que ir a Peñarol’. Y al otro día le dio el infarto. Él estaba sin laburo, tenía depresión. Ahí me acordé de sus palabras y dije ‘no juego más’. Me llamaron, me vinieron a buscar un par de veces del club, pero no fui”.
Un ascenso entre lágrimas
La hermana de Gómez sufrió los dos ACV con diferencia de una semana, todavía tiene importantes secuelas. El 11 de septiembre de 2024 el hombre llevó a su mamá (que hoy tiene 73 años) al Hospital Rawson, donde la internaron por una grave neumonía.
“Estuvo como 45 días intubada. En el parte médico nos decían que estaba mal, que era cuestión de horas. Y mi hermana también estaba recuperándose. Fue un milagro que saliera de eso mi vieja. Cuando a ella le dieron de alta mi hermana se fue a una clínica de rehabilitación de San Luis, estuvo tres meses y mejoró un montón. Yo pensaba en lo que había pasado con mi hermano, y ahora lo de mi hermana pegó en el palo y salió, gracias a Dios”, expresa.
“Después de la internación mi vieja estuvo un tiempo en mi casa, porque había que cuidarla. Y hubo una coincidencia: la ayudé a cruzar a su casa, que queda enfrente con una plazoleta de por medio, y al otro día saqué el corsita a las seis de la mañana y me fui con David, el novio de mi hija, a ver el ascenso en Córdoba”. Allá paró en la casa de Darío López, un hincha de Belgrano que fue compañero suyo y trabajó como kinesiólogo en Instituto: de ahí conoce a Jorge Carranza (vivieron juntos un tiempo), arquero de Aldosivi, próximo rival de los sanjuaninos.
Javier le dio algunas camisetas a Darío y así vistió a su amigo y sus hijos de verdinegros para que lo acompañaran a la final.
“Cuando terminó el partido, por teléfono mi vieja me decía ‘¡ascendimos!’ y yo me largaba a llorar, sólo podía decir ‘¡volvimos!’. Muchas veces son lágrimas de tristeza y otras son de alegría”, reconoce.
“Cuando gana San Martín mis hijas me dicen ‘papá, dejá de llorar’, pero la emoción me embarga. Los vagos se ríen y me dicen ‘al final vivís llorando por uno o por otro resultado’. A los seres queridos que ya no tengo los hago jugar, los meto en la barrera. A veces digo ‘abuela, dame una mano, volá con el arquero’. Los que tengo al lado en la tribuna me miran, deben pensar ‘este está mal de la cabeza’”, relata con un poco de vergüenza el hincha que espera que la suerte acompañe a su equipo en Mar del Plata, para que sea el inicio de una estadía mucho más larga en la élite.
“Cuando me preguntaban qué era más importante, si San Martín o mi familia, yo no sabía responder. Lo digo metafóricamente, porque la familia es todo. Mis hijas me reclamaban: ‘¿Viste?, lo querés más a San Martín’. Pero ellas andaban con las camisetitas verdinegras que les compré. Y ahora están pendientes de los partidos, para ver cómo vuelve el loco de la cancha, si vuelve contento o triste”.