Opinión
“Homicidio”, dijo el fiscal, “Femicidio”, gritamos todas
“Hoy estamos frente a un homicidio”, se escuchó decir este sábado al fiscal Raúl Garzón en Córdoba tras conocerse que el cuerpo hallado en el descampado era el de Agostina. A 11 años de la primera movilización del Ni Una Menos, todavía tenemos que escuchar esa palabra para hablar del crimen de una mujer. No señor: femicidio, o mejor dicho, feminicidio. Porque, como explica la académica mexicana Marcela Lagarde, este término no se limita al delito de matar a una mujer, sino que suma la violencia institucional y la impunidad como elementos constitutivos del fenómeno. Durante estos 11 años, la realidad nos ha golpeado con 3.144 femicidios en Argentina, una cifra que demuestra que no se trata de casos aislados, sino de una masacre estructural, sumada a la violencia institucional. En el mundo según el informe publicado por Naciones Unidas (UNODC y ONU Mujeres), unas 50.000 mujeres y niñas fueron asesinadas intencionalmente a manos de parejas o familiares durante el 2025. Esto equivale a aproximadamente 137 víctimas diarias en todo el mundo. La friolera de un femicidio cada 10 minutos en algún lugar de este planeta.
Las imágenes de Agostina que elijo recordar no son las de las redes sociales que pretenden culpar a una niña de 14 años. No elijo las que van acompañadas de textos que la acusan prácticamente de que “ella se lo buscó” porque su mamá permitió que se "sexualizara" tan pequeña. Elijo la imagen de Agostina pasando el umbral de una puerta, viva. Esa es la que no se borra. Porque ocho días después de esa captura de imagen que se vio en todos los portales y canales de televisión del país, de Agostina viva, entrando a una casa, la que aparece es la de Garzón que este sábado parecía negarse a pronunciar la palabra femicidio, queriendo dar una medalla al perro que encontró el rastro y cuestionando la forma de la denuncia. “Si está más orientada a que va con alguna persona o amiguito de su confianza, es una cosa muy distinta a decir ‘Me sustrajeron a mi niña’”, soltó el fiscal. Casi como si cuestionara la forma de vivir de Agostina para justificar su muerte, porque así de insultante y doloroso sonó. Parecía ignorar que el 22% de las adolescentes asesinadas, víctimas de femicidio, habían sido desaparecidas previamente y el 19% sufrió ataques contra su integridad sexual, según un informe del Observatorio de las Violencias de género “Ahora Que Sí Nos Ven”.
Según términos jurídicos, homicidio es la muerte violenta de cualquier persona, sin importar el género o las circunstancias. ¿Y por qué escribo femicidio, por qué pienso en feminicidio y no en un homicidio común? Porque la muerte de Agostina contiene varios de los elementos legales y conceptuales que hacen la diferencia con un homicidio común. Su género, la relación de desigualdad, de poder y control que ejerció su atacante contra ella además del vínculo previo con el único señalado como presunto autor. A esto hay que sumarle los antecedentes que se conocieron de este hombre, de una denuncia previa por violencia física contra otra mujer, una ex pareja. Por un homicidio la pena máxima es de 25 años de reclusión , mientras que un femicida paga con una condena perpetua. A Agostina no la mató un desconocido en un callejón para robarle; Agostina no murió producto de un siniestro vial; tampoco fue una bala perdida la que le quitó la vida. Agostina fue violada, asfixiada, la desmembraron y la arrojaron a un descampado.
“Agostina entró al domicilio y habría salido ya sin vida”, dijo también el fiscal, despertando la ira de familiares y de todo un país que siguió la búsqueda con la esperanza de encontrarla viva. Pero no. Homicidio, insistió Garzón, y ese concepto fue la gota que rebasó el vaso. Porque no la lloran solo sus amigos, la llora una sociedad toda que se sintió interpelada con su muerte. La llora esa tía abuela que llamó solo para ver cómo estaban las hijas de alguien después de ver las noticias, porque Agostina solo la hacía pensar en esas niñas y en su propia nieta que también tiene 14 años y que vive en Córdoba. Porque ¿sabe qué fiscal Garzón? Para esa abuela el miedo dejó de ser un temor irracional para convertirse en una maldita realidad. Una realidad que dice que en nuestro país hay un femicidio cada 31 horas y donde, en lo que va de este 2026, ya contamos con 100 víctimas, según el mismo observatorio. ¿De verdad tenemos que esperar a que una vida de 14 años sea aniquilada para que la muerte nos interpele? Quizás ese terror no es solo miedo, sino la sensación de desamparo frente a quienes tienen la responsabilidad de cuidarnos. Porque evidentemente esa familia lo cuestiona y ¿eso molesta?
Cuando nacieron mis hijas, el amor inexplicable que sentí (siento) llegó de la mano de un miedo igual de profundo por el solo hecho de que eran mujeres. Y no por machismo , no porque quisiera hijos varones. No. Es que en ese instante me di cuenta de que a veces caminarán por la vida con el mismo temor que yo siento en una calle oscura, que algún día ellas enviarán el mensaje “avisame cuando llegues” a alguna amiga y que aún más, lo recibirán otras tantas veces Porque a ese mensaje no solo lo escriben madres y padres. “Avisa cuando llegues” es el texto que todas tipeamos en nuestros celulares para amigas e hijas. Esa niña mayor nació meses antes del primer Ni Una Menos, y once años después el pedido es el mismo porque nos siguen matando. Desde entonces, al menos 2.714 niños y adolescentes se quedaron sin madre a lo largo y ancho del país tras este delito imposible de pronunciar por el fiscal cordobés, prácticamente.
“Homicidio”, dijo Garzón. Femicidio, gritamos todas. Ni una menos.