HISTORIAS
Día del amigo: los pibes del barrio Sargento Cabral que encontraron en el fútbol y el rock la manera para seguir juntos
Quizás, como dice “Buenas Noticias” aquella canción del 93' de Los Redondos, “esa banda inconsolable” puede marcar el pulso de una amistad que se forjó en un barrio como cualquier otro, de esos donde nacen los amigos para toda la vida, aquellos que después, por uno u otro motivo, no se vuelven a ver. Pero la amistad también se basa en eso: en que, a pesar de las distancias y el paso del tiempo, siempre aparece un momento para reencontrarse con quienes estuvieron en las buenas y en las malas.
El barrio Sargento Cabral, ubicado en inmediaciones de calle Coll, entre Yacasto y Granaderos, fue donde comenzó a escribirse esta historia. Allí, entre partidos improvisados, tardes en la plaza, recitales, guitarras y largas charlas, nació un grupo que hoy reúne a decenas de personas y que, pese a los años, mantiene intacta la esencia de sus primeros días.
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“Somos un grupo grande, que comenzó con diez personas y con el tiempo fue creciendo”. Muchos son primos y amigos que se criaron juntos desde chicos, compartiendo tardes en la plaza “Max”, enfrente de la casa de la abuela de uno de ellos, donde empezaron a forjarse vínculos que todavía permanecen.
Con el Mundial como excusa perfecta, las reuniones volvieron a multiplicarse. La casa de Nicolás Peláez se transformó en el punto de encuentro para seguir a la Selección Argentina. Allí, las camisetas de Maradona, los cuadros del Indio Solari y las banderas del grupo forman parte de una cábala que se repite partido tras partido. “Somos de ir en manada a todos lados, siempre nos gusta estar todos juntos. Muchas veces invitamos gente de afuera que nos cae bien y terminan quedándose y formando parte del grupo”, explican.
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Pero si hay algo que define al Sargento Cabral es el fútbol. En 2006 nació el Sargento YPF, el equipo creado por aquel grupo de amigos que, con el paso de los años, fue trascendiendo generaciones hasta convertirse en el actual Barrio Sargento.
Facundo Tello, uno de los más jóvenes del grupo, recuerda cómo se vinculó con ellos. “Yo empecé por el fútbol, cuando tenía 16 años y hoy sigo jugando para el barrio. Hace más de ocho años que somos todos amigos. Los conocí gracias a los campeonatos que jugamos”, relata.
El nombre del equipo tiene una historia particular. Según recuerda Facundo, cuando eran chicos utilizaban unas camisetas similares a los modelos que YPF lanzaba por la Selección Argentina y desde ahí, decidieron escribir el nombre con marcador, en una referencia que terminó quedando para siempre. “Lo lindo es poder disfrutar con amigos. Siempre queremos ganar, pero el verdadero plus es compartir dentro de la cancha”, aseguran.
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Sin embargo, el fútbol fue apenas el comienzo. Con el correr de los años, la música empezó a ocupar un lugar central en la vida del grupo. “Antes nos juntábamos mucho en la plaza del barrio y, con el tiempo, muchos comenzaron a tocar instrumentos. Ahí el rock nos unió todavía más”, cuenta Facundo.
En esa historia aparece una figura clave: Rodolfo Peláez, padre de Nicolás, a quien muchos señalan como uno de los responsables de transmitir la pasión por la música. “Él tenía una combi y llevaba a muchos del grupo a los recitales”, recuerdan.
Desde entonces, los viajes para ver a La Renga, Los Gardelitos, Skay Beilinson y otras bandas se transformaron en una tradición. En cada recital aparece una bandera que representa al barrio y que ya lleva más de 15 años acompañándolos. “Donde había rock and roll, nosotros llevábamos ese trapo. Nos gusta mucho eso porque representa la esencia del barrio y del grupo de amigos”, cuentan.
de los chicos se reunieron para pintarla. Desde entonces, recorrió escenarios y rutas, acompañando
cada recital y cada viaje.
Giuliana Farinela comenzó a formar parte del grupo en 2018 y asegura que encontró algo mucho más. “Hace años que los conozco y yo los quiero un montón. En mi experiencia, siendo una de las chicas del grupo, siempre me cuidaron muchísimo, tanto en los recitales como en las juntadas y los viajes”, relata.“Son pibes que realmente tienen muchísimos valores. Cada uno tiene su personalidad, pero todos son buenísimos. Lo que comparto con ellos es básicamente la música y la amistad”, agrega.
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Actualmente, aunque algunos se mudaron, otros formaron sus familias y muchos están atravesados por el trabajo, el grupo sigue encontrando espacios para reunirse. Los fines de semana suelen ser sinónimo de asados, guitarras y largas zapadas en la casa de Nicolás, donde varios de ellos pasan horas tocando instrumentos y escuchando música.
“A mí particularmente me encanta compartir una zapada, un asado o una charla. Trato de estar siempre, de salir con ellos y de acompañarlos. Los conozco hace un montón de años y los quiero muchísimo”, sostiene Giuliana. Más allá del fútbol y el rock, hay algo que todos destacan cuando hablan de esta amistad: la lealtad. Porque detrás de cada recital, cada viaje y cada partido, aparece ese amigo que escucha, acompaña y está presente cuando las cosas no salen bien.
Quizás por eso, a pesar del tiempo y de los distintos caminos que eligió cada uno, la esencia del grupo sigue siendo la misma. Una banda inconsolable, de locos de gran intensidad, que encontró en el barrio Sargento Cabral una forma de entender la amistad para toda la vida.