Historias
“Trabajo para sacar a los chicos de la calle”: el sueño del “guardián” de Árbol Verde y el fútbol como un hecho social
“Cuando mirás para atrás y tenés a todos los peques ahí, te duele mucho. Me hace emocionar eso porque fui niño, y ni niñez fue trabajar con mi mamá en el barrio Candelaria, donde estaba la villa. Yo nunca supe lo que es mirar a la tribuna y ver a mi madre. La tengo viva, pero nunca me vio jugar al fútbol. Jugué en muchos lugares, pero mi madre tenía que trabajar para poder alimentarnos a nosotros. No tenía tiempo de venir a verme, es una deuda pendiente que nunca podré saldar”. Sebastián Galleguillo (38), casero y encargado de las divisiones inferiores del Club Sportivo Árbol Verde del barrio Cabot, hace pausas para llorar. Se seca las lágrimas y sigue narrando una historia que es más común de lo que se cree en el fútbol argentino.
Los clubes como contención primaria en medio de las virulentas crisis económicas y sociales que golpean los sueños de los desprotegidos. Ese fútbol que otra vez llegó a una segunda final del mundo consecutiva (igual que en el ’86 y el ’90). En Concepción, el corazón de San Juan, las circunstancias no escapan a la realidad de cientos de instituciones en todo el país.
Después de vencer a Inglaterra en otra histórica contienda futbolística que terminó siendo además un acto político de repercusión mundial (por la bandera desplegada por los jugadores de la Selección Argentina sobre las Islas Malvinas), el delantero Lautaro Martínez también lloró nombrando a su madre. “Acabo de llamar a mi mamá, estaba trabajando, me emociona cuando hablo de mi vieja, es lo que más orgullo me da. Después podemos ganar un partido o podemos perderlo, pero lo mejor es mi familia, que se rompe el lomo para poder vivir”, valoró.
Son pocos los que llegan a saborear los pergaminos de una carrera que comenzó en los campitos o potreros. La gran mayoría queda con la “ñata contra el vidrio”, proyectando sus ilusiones en un grupo de “elegidos”. Pero el argentino disfruta mucho de ser hincha o colaborador de algún club, porque esos rótulos en este país tienen una trascendencia y un protagonismo imposible de conseguir en otras latitudes.
Entonces Sebastián Galleguillo –que trabaja hace cinco años en el club de Concepción- le revela a 0264Noticias que no llegó a primera y que solo jugó en inferiores, pero hoy hay una labor social que lo llena.
“No disfruté como yo quería”, reconoce mientras pide perdón porque vuelve a llorar. Y pinta un cuadro común para varias generaciones argentinas: “Antes era otra cosa, éramos felices con poco. Era complicado ir a un club y siempre estaba ese hombre que andaba en un autito, cargaba a 10 o 15 niños y los llevaba a jugar. Botines no había en ese tiempo, eran muy poquitos los que tenían y los llevaban en una bolsita. Yo vivía al costado de la vía. Teníamos una casita de adobe y salíamos a acarrear agua. Mi madre trabajaba en la cosecha de la uva, con la gamela. Yo me hacía cargo de mis hermanos”.
Sacar a los chicos de la calle
En Mary O'Graham entre Mendoza y Tucumán (en Capital, cerca de Chimbas) hay distintas historias que conforman un tejido barrial que conoce de marginalidad y experiencias de superación.
La estigmatización es moneda corriente en el Cabot. Sus habitantes luchan todo el tiempo contra las barreras que impone el carácter filoso de los prejuicios. Y en esa barriada, en donde se vive cada día tratando de ganarle a la desesperanza y peleando el “mango” para poder cumplir con el sustento familiar, todo confluye en el Verdolaga, como centro social para dirimir las penas comunes.
“El problema son los alrededores, no este barrio. Desde hace bastante tiempo que el vecino vive asustado, vive enjaulado. Las casas parecen cárceles, se ven barrotes por todos lados. En los negocios por lo general tienen que mantener la puerta cerrada y atender por una ventanita”, cuenta un vecino que pidió reservar su identidad.
El hombre asegura que se sienten “marginados”: “Querés pedir un Uber o que te traigan comida y lamentablemente no quieren ingresar al barrio en la noche. Es más, hay gente grande acá que ha necesitado una ambulancia y les han negado ese servicio por ser del barrio Cabot”.
Ahí es donde aparece el trabajo del casero de Árbol Verde, que en una proyección casi quijotesca añora cambiar la realidad de los futuros ciudadanos de la zona. “Estoy yendo contra el sistema. Estoy remando en un mar de dulce de leche, pero me siento capacitado. No soporto que me digan que no puedo, no me quedo nunca con un no. No existe eso para mí, no hay nada imposible”, aclara con énfasis.
“Acá todo es prácticamente un trabajo social para sacar a los chicos de la calle. Prefiero que dejen las costumbres de la calle por una pelota de fútbol”, agrega Sebastián, quien algunas tardes se cambia de camiseta y sale hacia Chimbas, porque también trabaja como entrenador en Independiente de Villa Obrera.
Él define a los espacios aledaños al Verdolaga como “complicados” y “vulnerables”. Por eso aclara que no puede cobrar una cuota por cada niño que entrene en el club. “Podría cobrarles 5000 pesos, pero con eso los chicos pueden comer unas papas fritas con los hermanitos”, describe con los ojos húmedos.
Un merendero en el estadio
De ese club salió, por ejemplo, el “Gino” Marcelo Laciar, quien ascendió a Primera División de AFA (Asociación del Fútbol Argentino) con San Martín en 2007 y su foto con la copa -ante una multitud que festejaba aquel histórico logro- se convirtió en un ícono de la noche más emotiva que tuvieron los hinchas verdinegros.
El Gino -que cumplió el sueño de debutar en la élite cuando el técnico Fernando “Teté” Quiroz lo puso ante Gimnasia La Plata- sabe lo que es el sacrificio de jugar a la pelota cuando las carencias son parte de la cotidianeidad y las gambetas son también contra el destino, en medio de una realidad que muestra su costado más cruel.
Esa es la misma realidad que continúa describiendo hoy el entrenador arbolino que se convirtió casi en un asistente social: “Acá vienen entre 120 y 150 niños. Yo conseguí ayuda para poner el merendero. Ahora, cuando los chicos terminan de jugar les doy un yogurcito con galletas, que comparten con los rivales. Acá compartimos todo. Hay algunos a los que, cuando jugamos en la mañana, los cito a la 9 y me caen a las 8 para desayunar conmigo”.
“Tengo las tacitas, los yogures. A veces con mi mujer les hacemos té. O nos ponemos el guardapolvo cuando andan mal en la escuela, para darles clases de apoyo. Les decimos que si quieren jugar al fútbol tienen que andar bien en la escuela, para que puedan llegar a algo. El fútbol es una recompensa nomás. Trabajamos mucho y duro, es todo a pulmón. Tratamos de armar un taller de costura para que las chicas del futsal tengan una salida laboral y que también nos ayuden a nosotros, porque podemos pedir la telita para que ejerciten haciendo sus prendas deportivas y así no compraríamos indumentaria”, repasa Sebastián sobre esa labor altruista.
Para Galleguillo aquellos actos representan la posibilidad de satisfacer las necesidades de ese niño que fue y que hoy lo emociona. Aquel niño al que le faltaban muchas cosas pero no la lucidez para darse cuenta de que en la vida siempre hay revancha. Hoy entendió que esa reivindicación es colectiva. Entonces se encuentra en las caritas de cada uno de los que van a buscarlo para desayunar en la previa de los partidos.
En los márgenes argentinos, el fútbol es más un hecho social que deportivo. Por eso, los que llegan a la cúspide de la alta competencia y se ponen la celeste y blanca, en las paradas difíciles sacan un plus, gracias a un carácter forjado en las experiencias en donde las recurrentes necesidades obligan a agudizar el ingenio.
La recuperación del club
El barrio cuenta con un CAPS (Centros de Atención Primaria de la Salud); el Destacamento Motorizado N° 1 de la Policía; una unión vecinal; la Escuela Comandante Cabot, donde también funciona la Escuela Técnica de Capacitación Laboral Ricardo Rojas; y la capilla Señor y Virgen del Milagro (este mes fue blanco de un indignante robo). Sin embargo, los adultos mayores recuerdan con nostalgia su primer espacio de socialización, que es el club verdolaga.
Un exjugador -que también pidió resguardar su identidad- señala que Árbol Verde siempre fue una institución “muy familiar”. “Ahí jugábamos al baby fútbol, se hacían los bailes de carnaval. En aquella época traían artistas muy importantes, como Los Iracundos”, cuenta el hombre que ya pasó los 60 años y disputa los campeonatos de fútbol para veteranos.
“El club para mí fue como una escuela, aprendí muchas cosas. No me enseñaron lo malo, me enseñaron todo lo que era bueno: el respeto, estudiar. Debuté en primera a los 14 años y salí campeón varias veces”, relata el exfutbolista que continúa viviendo en el barrio.
Actualmente la institución está en la segunda categoría de la Liga Sanjuanina de Fútbol y no tiene socios. Galleguillo se encarga hasta de marcar con cal la cancha principal, que no tiene césped, y de hacer ingresar un camión para que la riegue.
Asegura que cuando llegó a la institución solamente entrenaban jugadores de primera y cuarta división. La actividad era solamente de 16 a 18 y después el silencio se apoderaba del predio. Entonces comenzó a organizar la escuelita de fútbol y las inferiores.
Ahora también hay un equipo de fútbol femenino para cancha de 11 y otro para futsal. Además hay un equipo de futsal para sordomudos y Sebastián se capacita en lengua de señas para comunicarse con los jugadores.
Los verdaderos partidos perdidos
“Sé tener niños chicos hasta las once o doce de la noche que se quedan jugando. Prefiero tenerlos acá con una pelota y no que estén viendo cosas en la calle que no deberían ver, porque están en la edad de desarrollo y absorben todo. Son curiosos, y la curiosidad los puede llevar a cometer un error”. Mientras intenta ubicar jugadores en clubes de Buenos Aires, propiciando distintas pruebas, Galleguillo cuenta orgulloso que “todos los chicos han pasado de grado” y “no andan en malos pasos”. Eso le hace sentir que le está “ganando el partido a la vida y a la sociedad”.
Pero hay una cuenta pendiente que lo desvela: “He perdido varios jugadores, porque decidieron elegir otro camino. No tienen que hacer daño, porque eso está mal, pero yo también veo lo que arrastran. Capaz que esos niños nunca tuvieron una Navidad, nunca tuvieron un Día del Niño. Capaz que nunca compartieron un almuerzo con los padres. Son partidos que yo considero que los perdí y espero no perder más”.
Con su hermano más chico, que falleció este año, se disfrazaba de Papá Noel o de Rey Mago y salía a las calles a alegrarles los días de verano a niños y niñas. “Ahora me va a costar, porque ya no está mi compañero”, dice entre lágrimas, y admite: “Trabajo para los niños porque en cierto punto me veo reflejado en ellos”.
“Un día estábamos entrenando y no vi bien a dos hermanitos. Les pregunté qué les pasaba y no me decían. Se me dio por preguntarles si habían comido y me contestan ‘no, profe’. La sensación que tuve fue una mezcla de odio, impotencia, rabia, bronca. Le dije a mi mujer: ‘Negra, armate un paquetito con comida’. Y me fui a llevarle a la madre. ‘Le traigo esto para que le cocine a los niños, mañana me los manda al club’, le pedí. Me quiso contar lo que les estaba pasando, pero preferí irme. Tal vez suene egoísta, pero yo absorbo todo eso y me duele mucho, me hace mal”, recuerda Sebastián Galleguillo, otra vez con la voz quebrada.
-Colaboración en la producción: Ayelén Díaz.