HISTORIAS EN PRIMERA PERSONA
“Te vas como incompleta”: el miedo de dejar a tu bebé y la esperanza que se construye en “neo”
“Te vas como incompleta porque dejás una partecita tuya acá”, dijo Rocío. Esa sensación de desgarro en el alma es algo que ninguna mamá confesará en voz alta, pero dejar a un hijo en Neonatología (neo como después todos lo dicen) desbloquea un nuevo nivel de miedo. Y no lo dirán porque en su interior también reconocen que ese paso es necesario para que pronto ese bebé pueda dormir acurrucado sobre su pecho. Salir del sanatorio sin tu bebé es un golpe directo al corazón, te das cuenta de que el mundo sigue andando a mil por hora. La gente entra y sale, los autos pasan, todo sigue. Pero el tuyo, tu mundo, se puso en pausa. Abrir la puerta de casa y ver la cuna vacía te descoloca. Un nudo en la garganta te deja sin voz, pero sabés que hay que tomar valor, enjuagarse las lágrimas y tratar de descansar porque al otro día hay una personita de apenas 46 centímetros y menos de dos kilos esperándote. Una que ya reconoce tu voz y gira la cabeza cuando te escucha. Algunas horas en cualquier área neonatológica de San Juan se convierten en una experiencia que mezcla la angustia, el amor, la paciencia y la confianza. Recordé los cuatro días más largos de mi vida y decidí visitar la única neo abierta de la provincia, en el Sanatorio Argentino, y compartir las historias que allí se viven a diario.
Ese día lo dejaste en Neonatología porque sabés que es lo mejor. Tenés miedo porque tu mirada nublada lo dice, pero la mano cálida y la voz suave de las médicas y las enfermeras te traen algo de alivio. Esa primera noche, te quedás porque no querés apartarte ni un segundo del lado de tu hijo y vas pispeando qué pasa con los otros bebés que están solos. Mirás de reojo, escuchás cómo les hablan bajito, cómo les acomodan la mantita, cómo les cambian el pañal y es ahí cuando te das cuenta de que las enfermeras saben perfectamente la responsabilidad que cargan sobre sus espaldas. “Los papás nos dejan lo más valioso que tienen”, me dijo Alicia Díaz, la jefa de enfermeras de Neonatología del Sanatorio Argentino. Rocío y Luciano lo hicieron con Álvaro; Federico y Amelia, con Salomé Milagros. Pasaron esa primera noche sin querer despegarse de sus hijos. El miedo no desapareció. Pero entre incubadoras, luces de fototerapia y manos que parecían saber exactamente qué hacer, empezó a aparecer algo igual de importante: la confianza. Así que sí, decidís irte, incompleta, pero sabiendo que tu pequeñito está en buenas manos.
Los bebés que allí atienden son recién nacidos que llegan a veces con alguna patología o bien prematuros extremos. Se pueden ver sumamente vulnerables, pero son grandes maestros. “Los bebés me enseñan la perseverancia, el seguir adelante, la lucha”, dice con una sonrisa Marcela Sánchez, la licenciada en kinesiología y fisioterapia que se encarga de ayudar a esos bebés a respirar por sus propios medios. Como muchas de las enfermeras y médicas del sector, esta profesional me cuenta que eligió trabajar con los más pequeños, al igual que la enfermera Alejandra Hernández. “La que pasa por neo, termina eligiéndola”, me confirma la jefa del sector, Gladys Domínguez. Y es que, a pesar de llevar 32 años en la profesión, todavía tiene grabado el momento en el que, como residente, tuvo que contarle a una familia que ese bebé no sobrevivió. “Eso no se olvida nunca”, reconoce. Y es que en neo, además de mucha esperanza, a veces también hay dolor. Las pérdidas son lo más difícil de enfrentar porque es imposible que no atraviesen a todos. Y es allí cuando hay que “sostener al equipo, a enfermeras y auxiliares”.
Cuando entrás a una neo, hay mucho silencio, como un respeto especial. Cada familia llega con su historia de vida. Los primerizos y también los que tienen que explicar a un hermanito o hermanita por qué el bebé que estaba en la panza todavía no llega a casa. Yo no creo que sea ese silencio que te deja sin respirar, el del miedo profundo. Para mí es un silencio cargado de esperanza, porque “en Neo todos los detalles cuentan y tenemos que entender qué es lo que en ese momento el bebé necesita”, repite Gladys. Son las médicas y las enfermeras las que saben traducir los pequeños logros para comprender lo importante de esos avances. Es que aquí, cada gramo cuenta; respirar por un tiempo solo, cuenta; cambiar los valores de la bilirrubina, aprender a tomar la teta solito, cuenta.
Como sucede en una terapia, prácticamente todos están a la vista: una incubadora al lado de la otra y un living que te deja a la altura para que vos y tu bebé se encuentren en las miradas. Lejos de parecer una invasión, en las primeras horas advertís que es una manera de cuidarte desde esa isla central en donde siempre hay una enfermera que vigila. Mientras das la teta o el biberón, además de hablarle bajito a tu bebé, mirás las decoraciones infantiles que te rodean. Agradecés la luz suavecita que no encandila y que te permite sentir, a pesar de estar en una sala abierta, esa intimidad y cercanía con tu bebé y tu compañero o tus viejos que vienen de visita y el hermanito o hermanita que pregunta todo con la claridad que solo puede consultar un niño. Celebrás ese certificado de “cumplemes” cargado de ternura que armó el cuerpo médico porque vas comprendiendo por qué cada logro se festeja.
Rocío y Luciano miran cómo Álvaro cada día aprende a succionar mejor. “Él me ha enseñado en estos días que es más valiente de lo que había pensado”, dice Rocío. Luciano los mira embobado mientras su compañera le da el biberón, reconoce que esta primera semana de vida fue complicada, pero siente ya “la esperanza de irnos los tres juntos”. Álvaro significa “el guardián”, “el protector” o “el hombre prudente” y vaya si no lo es, que logró darles a sus papás la entereza suficiente para contener al abuelo, que rompió en llanto al verlo con fototerapia. Una vez escuché en una ronda de amigas decir: “Con los hijos uno conoce el miedo, con los nietos el terror”. ¿Será lo que habrá experimentado el abuelo de Álvaro al entrar a ver a su segundo nieto?
En la mirada de Federico hay un brillo especial. Su segunda hija, Salomé Milagros, iba a tener solo ese primer nombre, pero decidieron llamarla también Milagros. “Se llama así porque esta gordita representa todo lo que hemos vivido”. El 26 de enero cambió la vida de Amelia (36), Federico (32) y Valentina (3) cuando, camino a San Luis, sobre la Ruta Nacional N° 147, el auto en el que viajaban impactó contra un camión que se quedó sin frenos. Federico estuvo un mes en coma, Amelia, que tenía 6 semanas de embarazo, tuvo cuidados especiales y la hoy hermana mayor, Valentina, sufrió un fuerte golpe en la cabeza. “Nuestra hija nos está enseñando mucho la paciencia de esperar en el amor”, vuelve a decir con una sonrisa Amelia. Salomé Milagros nació prematura, tiene dificultades para respirar, que viene superando día a día. Hay algo que esta familia no perdió y es “la fe en Dios que cada día crece un poco más y gracias a ella, nosotros crecemos un poco más”. Y cómo perder la esperanza y la fe, si fueron miles los sanjuaninos que se movilizaron con ayuda económica para que en marzo, este empleado de comercio y esta docente pudieran regresar a San Juan, dejando atrás el hospital de San Luis. Hace poco más de un mes que Federico recuperó el habla y bajó 30 kilos. Sabe que “entre los papás (de neo) nos damos fuerzas, estamos en la misma situación y así uno no se siente solo”.
Hay pacientes que marcan al personal de Neo, como ese bebé que el año pasado nació con apenas 23 semanas, cuando el embarazo llega a término a las 40. La mamá tenía además una historia que “nos ligaba sentimentalmente a ella, que ya había perdido otro bebé y además es enfermera”, me contaba la médica Gladys Domínguez. “Tenía que sobrevivir”, me quedó sonando en la cabeza. Cuando lo contaba, me di cuenta de que es la intención detrás de cada acción en neo con todos sus pacientitos. “Hasta fuimos al bautismo: una panza de 5 meses y un milagro detrás de él”.
Porque no importa que se trate de un día, una semana o meses, el recuerdo del paso por Neonatología es imborrable, no tan solo para las familias, sino también para quienes trabajan allí. No se trata solo de esa invitación al bautismo o al cumpleaños de 15, es reconocer la mirada de aquella mamá o papá que fue paciente de neo y ahora está allí con su propio bebé. Es celebrar “verlos tan grandes y lindos” después de un tiempo. ¿Será por eso que Alejandra Hernández, la joven enfermera que se “enamoró de esos pacientes que sin hablar, te dan tanto amor”, eligió esta especialidad en sus prácticas?
“¿La mayor satisfacción? El alta de un bebé porque hemos cumplido y una familia que se va feliz, con miedo, pero felices”, dice Alicia. “¿Lo más lindo? Es el día que se van de alta”. Detrás de ella, Gladys coincide sin dudar. No porque termine su trabajo, sino porque hay orgullo detrás de esas palabras. Porque saben, junto a todo el personal, que ese año buscarán un salón más grande para celebrar con cada familia de egresados de neo, ese espacio al que llegan bebitos de meses hasta veinteañeros. Sí, reviven los miedos del primer día y también esa felicidad compartida del alta.
Bajo las escaleras del primer piso del Sanatorio Argentino pensando en el momento en que Álvaro y Salomé Milagros salgan de sus camitas para poder ocupar finalmente esa cuna que había quedado vacía. Imagino a Rocío y Amelia sintiendo que ya no les falta nada, porque esa partecita que dejaban en neo cada día, ahora está ahí con ellas.