Día de la Futbolista Argentina
El amor por el fútbol que creció jugando entre chicos y que hoy es fiel reflejo de la visibilidad y el espacio que tienen las sanjuaninas para cumplir sus sueños
La calle, la plaza, los partidos con amigos y las primeras oportunidades en equipos donde eran las únicas mujeres fueron el punto de partida para muchas futbolistas. Con los años, el fútbol femenino ganó terreno en San Juan y abrió espacios que antes parecían impensados. En el Día de la Futbolista, las historias de Paulina Makowski, Melany Lela y Antonela Zabatarelli reflejan ese camino de crecimiento, los obstáculos que atravesaron y una realidad que, aunque todavía reclama mayor igualdad, ofrece hoy oportunidades que antes no existían.
La calle y la plaza, donde todo empezó
Paulina Makowski, oriunda del barrio Universidad Católica, en Rivadavia, comenzó a jugar desde muy chica junto a los amigos de su hermano. “Empecé a jugar con todos los chicos de mi cuadro, eran todos varones y amigos de mi hermano”, recuerda. En aquellas tardes también apareció Alejandro Moreno, un vecino y profesor que se sumaba a los partidos y les enseñaba los primeros conceptos. “Nos armaba clases para que aprendiéramos, fue lo primero que tuve como formación”, cuenta.
Su familia también fue importante en ese acercamiento. Su padre practicó hockey y futsal y su hermano jugaba como arquero. “Él quizás fue el que arrancó todo, porque empezó a ir a la cancha, mi papá lo empezó a acompañar y yo me sumé”, explica. Pero cuando quiso comenzar a jugar de manera formal se encontró con una realidad diferente a la actual: había pocos espacios para las chicas. Mientras sus padres buscaban alternativas, practicó hockey, karate y natación. A los 10 años encontró la escuelita mixta de Jorge Ochoa, donde era la única niña. “La verdad que me trataron muy bien y me hicieron sentir muy cómoda”, recuerda.
A los 11 años tuvo que dejar porque todavía no había equipos federados femeninos. Dos años después, un profesor la vio jugar en torneos escolares y la convocó a los Juegos Evita. “Ahí definitivamente arranqué con el fútbol”, afirma. En 2015 llegó a Desamparados, en una etapa en la que sostener los equipos femeninos todavía era complicado. “Los grupos se disolvían y arrancábamos con otros distintos. No teníamos tanta difusión, entonces era muy difícil que las chicas se enteraran”, explica.
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Con la federalización del fútbol femenino en 2017 pasó a San Martín, donde ganó tres campeonatos locales. Luego regresó a Desamparados, consiguió el ascenso en 2021 y otros títulos, además de tener una experiencia en Cobreloa de Chile. Actualmente juega como mediapunta y observa una evolución clara en la disciplina, aunque entiende que todavía hay cuestiones pendientes. “Hoy en día es notable la diferencia en comparación con cuando empezó todo en 2017, aunque falta mucho por hacer”, sostiene.
Para Paulina, el desafío es mantener la inversión y el acompañamiento de los clubes. “Si realmente queremos que el fútbol femenino crezca, tenemos todos que invertir mucho tiempo”, afirma. También destaca un cambio fundamental: la posibilidad de que las niñas puedan comenzar a formarse desde pequeñas. En Desamparados entrenan actualmente jugadoras desde los 11 años, una oportunidad que ella no tuvo durante su infancia.
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Del Bohemio a Junín, un salto de consagración
Melany Lela, conocida como “Cochi”, nació en Chimbas y comenzó a jugar en Peñarol, donde era la única mujer dentro de un grupo de varones. “Empecé a jugar en Peñarol y en ese momento eran todos varones. El club me dio el lugar y pude empezar a jugar”, recuerda. Participó de los tradicionales “mundialitos” y otras competencias hasta que, a los 13 años, tuvo que dejar de competir con los varones. “Me dijeron que no podía competir más con los hombres”, cuenta. La decisión no la alejó del fútbol. Por el contrario, llegó a San Martín, donde permaneció hasta 2025 y consiguió 15 títulos de liga. El club de Concepción se convirtió en una parte central de su vida deportiva.
Su pasión también había nacido en el entorno familiar. Su hermano, sus primos y su tío fueron protagonistas de aquellos primeros partidos en una cancha que este último tenía en el fondo de su casa. “Siempre jugábamos ahí, ellos también fueron parte de la enseñanza”, recuerda. Después de casi una década en San Martín, Melany dio este año uno de los grandes pasos de su carrera: llegó a Sarmiento de Junín, donde juega como defensora central.
La experiencia le permitió conocer otra realidad en cuanto a infraestructura y organización. “Desde que estoy acá te das cuenta de la diferencia de clubes que hay, porque acá te dan todo, tratan de dar todas las comodidades”, explica. Sin embargo, la sanjuanina considera que la mejora en las condiciones no significa que el fútbol femenino haya alcanzado su techo. “Hay que seguir dándole visibilidad, falta un montón todavía”, sostiene.
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También reconoce que mudarse de provincia implicó un desafío personal. “A veces cuesta, al ser de afuera, integrarte suele ser un poco difícil, pero disfruto lo que estoy viviendo en Sarmiento”, cuenta. Desde su experiencia, Melany considera que el fútbol femenino sanjuanino creció, pero a partir de un proceso que requirió mucho esfuerzo. “Va creciendo de a poco, pero nos tocó vivir muchas para llegar a lo que somos hoy en día”, reflexiona.
Durante su paso por San Martín, recuerda que el club fue uno de los primeros en contar con un vestuario femenino, aunque todavía había que reclamar por mayor exposición. “Siempre nos dieron prioridad, pero había que pelear para tener mayor visibilidad”, señala. Hoy, lejos de aquellos primeros partidos con varones en Peñarol, disfruta una nueva etapa de su carrera sin perder la esencia con la que comenzó: jugar, disfrutar y dejarlo todo dentro de la cancha.
Una pasión que volvió para quedarse
Antonela Zabatarelli nació en Concepción y también encontró sus primeros espacios en la calle y la plaza. Desde chica disfrutaba mirar partidos por tele y luego salir a jugar con sus amigos. “Siempre me gustó jugar al fútbol, me encantaba ver partidos en la tele y eso llevaba a que terminara jugando con mis amigos en la calle o en la plaza”, recuerda. En aquellos partidos solía ser la única mujer.
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A los 13 años comenzó a practicar vóley en Ausonia, donde permaneció durante seis años, viajó y llegó a formar parte de la selección sanjuanina. Pero, pese a esa experiencia, sabía cuál era su verdadera pasión. “Aunque pude hacer muchas actividades con el vóley, yo sabía que lo que realmente amaba era el fútbol”, reconoce.
A los 17 años regresó a las canchas cuando unas amigas que jugaban futsal en el barrio Manantial la invitaron a participar de distintos torneos. Luego llegó la posibilidad de jugar en FEFUSA. Su recorrido tuvo una pausa con el nacimiento de su hijo, que actualmente tiene 8 años. Después de un tiempo alejada, una compañera le contó sobre un proyecto de fútbol femenino de 11 en el barrio Aramburu.
“Me comentó que se estaba armando un equipo y ahí acepté sin dudas”, cuenta. Ese regreso marcó una nueva etapa. Comenzó a entrenar todos los días, disputó varias finales y encontró nuevamente en el fútbol un espacio central de su vida. Actualmente juega fútbol 11 en la Universidad Nacional de San Juan, futsal en Juventud del Norte y también integra Champagnat en la Liga Femenina F7.
Para Antonela, el fútbol representa mucho más que una actividad deportiva. “Es mi cable a tierra, es una pasión inexplicable”, afirma. También destaca el lugar que ocupó durante momentos difíciles de su vida: “Me dio muchas alegrías y me dio el lugar para conocer a grandes amigos”. Al analizar el presente, celebra especialmente que las nuevas generaciones tengan oportunidades de formación desde edades tempranas. “Hoy en día se puede observar en todas las canchas del fútbol femenino y ver a muchas chicas que se están interesando en formar parte”, destaca.
Para ella, las categorías infantiles son una de las señales más importantes de ese crecimiento. “Es muy lindo verlas jugar, es muy lindo verlas disfrutar”, sostiene. Antonela también entiende que las futbolistas que ya recorrieron el camino tienen una responsabilidad con las más chicas: acompañarlas y transmitirles que pueden proyectarse dentro del deporte. “Tenemos que ayudarlas a entender que este deporte es una pasión y que es una felicidad, y que hay que vivirla al 100%”, afirma.
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Paulina, Melany y Antonela crecieron en un fútbol donde las oportunidades para las mujeres eran escasas y donde muchas veces tuvieron que hacerse un lugar. Hoy, sus recorridos muestran cuánto cambió la realidad y, al mismo tiempo, cuánto queda todavía por conquistar para que las nuevas generaciones puedan empezar a soñar desde una cancha.