relatos urbanos
El “buen día” que esconde cada calle limpia: historias de quienes barren la ciudad
Iban en grupo, caminando, las encontré de frente y desde lejos se escuchaba la música alegre que se mezclaba con sus risas y las directivas de qué lugar tenían que seguir limpiando. Sin querer, me contagiaron su alegría. Ellas no lo sabrán nunca, pero se los agradecí porque cambiaron la energía de esa media mañana que era pesada. Las miré, con sus chalecos verdes, sus guantes grandes protegiendo sus manos que imaginé diminutas pero fuertes, mientras llevaban escobillones y bolsas de residuos. Dentro de ese gran tacho verde con ruedas que arrastraban, un par de hojas de palma, rastrillo y pala. Acomodado como se las ingeniaron, el parlante que llenaba de sonidos el aire mientras trabajaban y caminaban por las calles. Están todas las mañanas recorriendo mucho más que el centro y las plazas. Se esmeran en dejar todo limpio, veredas y calles. Saludan con un “buenos días” tímido a primera hora de la mañana. Mujeres y hombres desde sus veintipico, hasta sus más de 60 años, ocupándose de dejar impecable todo a su paso. Sus rostros anónimos son parte del grupo que a diario deja ordenado y limpio el centro sanjuanino. Un trabajo invisible que, paradójicamente, todos ven.
Natalia Lucero tiene 39 años y hace 15 que trabaja en el área Servicios del Municipio de Capital. Ama las mañanas de San Juan, en cada estación del año y más aún en primavera, (salvo el otoño confiesa entre risas porque las hojas secas se hacen sentir en la tarea diaria). “Cuando uno está trabajando, limpiando en la calle y la gente pasa y te saluda y te dice, "Buen día, ¿cómo le va?”, sonríe y así ya es distinta la mañana”. Sin querer, esta es la parte en la que en la que seguro pensás en cuántas veces las saludaste cuando estabas caminando rápido para llegar apenas abrieran las puertas del banco o del Centro Cívico porque había que empezar o terminar un trámite. Entre charla y charla descubrí que hay quienes no se quedan en el simple saludo, si no que se animan a aplaudir a su paso en señal de agradecimiento por la tarea de limpieza diaria. Ese trabajo que hacen tratando de no molestar a nadie, en silencio, como si fueran invisibles.
Natalia hasta un tiempo atrás terminaba su trabajo en las calles del centro y seguía limpiando casas de familia, hasta que sus hijos le dijeron que ellos eran grandes y que también podrían ayudar con la economía del hogar. Con esas tardes libres ahora piensa en terminar el secundario, una página que le quedó incompleta cuando se embarazó y no pudo hacer ese último año de escuela porque decidió ver cómo criaba a su hijo, “porque había que trabajar o trabajar”. Por eso este año se anotó en el plan FinEs (Plan de Finalización de Estudios Primarios y Secundarios) , “este que va a ser virtual, espero que me llamen y ahí vamos a ver qué pasa”, explica con una sonrisa y con un brillo (¿de esperanza?) en los ojos. Porque esta mujer sueña que sus hijos de 17 y 21 años sean buenas personas, que trabajen o sigan estudiando. Asegura que se levanta todos los días “con ganas, porque hay que luchar, tener una rutina de trabajo” y que con solo mirarla, sus hijos lo aprendan y lo hagan parte de su vida. Sentadas un rato en los escalones de uno de los edificios cuentan sobre esos chicos que le pidieron que ya era hora de trabajar un poco menos.
¿Lo mismo le pasará al hijo de 24 años de Gladys Azcurra? La mujer que durante más de una década fue una de las placeras de la 25 de Mayo y que lleva tanto tiempo trabajando en servicios y limpiando distintas zonas de la ciudad que ya perdió la cuenta. Pero sí puede decir que seguro unos treinta años porque el que marca el tiempo transcurrido y es, evidentemente un hito en su vida, es ese hijo menor que tiene tan presente porque “venía a trabajar conmigo”. En su panza, durante todo su embarazo y después, “bien abrigado, en el cochecito”. Hace 24 años atrás la acompañaba siempre, desde temprano, a las 6 de la mañana. Cómo habrá sido ese momento que lo recuerda con cariño y que describe como el “más lindo, porque que todos hombres mis compañeros, me ayudaban y hasta lo cuidaban”. Esos “tios postizos” que al día de hoy, cuando encuentran al muchacho de 24 años, le dicen sobrino con cariño y lo llenan de recuerdos. Hace una década aproximadamente que Laura forma parte de la planta permanente del municipio de Capital. Durante 20 años prestó servicios como pasante y está orgullosa de su trabajo limpiando la ciudad, le encantó aprender a usar una máquina “de esas grandes tipo aspiradora” y sueña con “jubilarse bien, no con la mínima”. Junto a su esposo, docente jubilado, criaron 4 hijos y disfrutan de cinco nietos. Se emociona cuando dice que sueña con conocer Italia y España algún día. Cómo estará de presente ese deseo, que la voz se le entrecorta. Toma aire, respira un poquito, se apoya en el escobillón que nunca soltó mientras hablábamos y asiente con la cabeza: “Mis hijos me dicen que mi sueño algún día se va a cumplir”.
La posibilidad de una enfermedad que dejaría con un tratamiento muy largo e invasivo a una compañera, hizo que Natalia no dudara en donarle sangre cuando lo necesitó. “Más allá de que uno no sea amiga, estuve presente”, recordó en esa charla mientras compartían el mate cocido a mitad de la mañana, en uno de los kioscos que hay en la ruta diaria de limpieza. El recuerdo presente y el respeto por esa compañera con la que estuvo y acompañó cambiando turnos y zonas, “todo lo que hay que hacer con un compañero enfermo”. Será por eso que Natalia sabe que a donde se encuentren, habrá un abrazo y un saludo lleno de cariño y gratitud. Natalia Gónzález, de 40 años, su compañera, a un costado, ordena cómo seguirá su día, porque saldrá del turno en el municipio para seguir limpiando casas de familia. Hace 10 años que trabaja en Capital y cada mañana disfruta de la “buena actitud” que le ponen al trabajo sus compañeras porque se contagian. Y recuerda con cariño, lo acompañada que se sintió por todos sus compañeros cuando perdió a su papá, que estuvieron junto a ella, en ese momento de intenso dolor.
El que conoce a muchos de los trabajadores del Servicio de Limpieza de la Capital es Ariel Pintor, dueño del kiosco de calle Mendoza y Mitre, sobre la plaza, desde hace 29 años en donde vio pasar a decenas de trabajadores y trabajadoras. Conoce sus historias, comparte mates y reivindica su tarea. Los vio “hacer carrera”, como a don “Turu” Flores (sí, igual que el mítico jugador de fútbol de Vélez) que “empezó limpiando la plaza y ahora es capataz”, relata con orgullo Ariel; cuenta del esfuerzo de la gente, porque “tienen todo limpio desde muy temprano y en verano, arrancan con las primeras luces del día para escaparle al calor pero no a la responsabilidad”. Los conoce por sus apodos, y se emociona al recordar a Don Tito, un hombre que de repente dejó de ver un día pero al tiempo apareció su hija para contarle que su papá estaba internado con un ACV. “Lo primero que pidió al recuperarse, fue que vinieran a pagar una deuda que tenía en el kiosco y eran monedas” dice moviendo la cabeza de un lado al otro y se sonríe.
No todos quisieron compartir su historia para el grabador, pero imagino que muchas se repiten. Porque cuando escuchaban a sus compañeros, miraba que asentían con la cabeza, porque hay vivencias comunes, en cada historia. Así como arrancamos la charla, me despido, porque la tarea debe seguir. Las miro ahora de atrás, mientras siguen barriendo, algunas al son del parlante “con enganchaditos que hacen más llevadera la mañana”; otros pensativos, con la mirada perdida en la basura que recogen. Y de repente, aparece ese “buen día” suavecito, acompañado por el movimiento de cabeza que se transforma en sonrisa y que les cambia el día.