2025-07-06

Historias

“Prefiero andar limpiando vidrios y no robando”: un día con los trapitos sanjuaninos, la falta de trabajo y la tómbola de la calle

El porteño que se radicó con su familia en San Juan y trabaja junto a su esposa entrerriana en una esquina de Capital. Y el albañil que se quedó sin trabajo y junta, billete a billete en Chimbas para alimentar a sus seis hijos. Mirá el video.

“Yo sé que mañana voy a encontrar un laburo mejor, otra vida mejor”, se esperanza Diego. “Limpio vidrios porque no tengo otro laburo. Soy pintor, pero no me sale nada”, se queja Matías. “Tiene que haber más trabajo, necesitamos trabajo”, pide otro joven en Chimbas. “Estoy anotado en la bolsa de trabajo de la Municipalidad de la Capital. Todos los días paso por ahí y pregunto si hay alguna novedad”, revela uno de los que prefirió no dar su nombre. Con el país sumido en una profunda crisis económica, los trapitos sanjuaninos necesitan recorrer, con sus manos agrietadas por el impacto del frío, cada vez más parabrisas para sobrevivir. Es una carrera diaria y a contrarreloj en donde la incertidumbre es pésima consejera cuando de las propinas depende que haya o no un plato de comida en la mesa. 

Un día, Matías Miguel Mercader solo pudo juntar 2000 pesos en la esquina de Benavídez y Maradona, en el límite entre Chimbas y Capital. Entonces la cena de sus seis niños fue “tecito con pan” y él y su esposa compartieron unos mates que no saciaron el hambre de aquella noche invernal. La mirada triste habla más que sus palabras.

Hace tres meses, el hombre de 30 años decidió salir a la calle porque ya no lo llaman para pintar casas o contratar su oficio como durlero o metalúrgico. Tampoco terminó los estudios, lo que hoy lo aleja más de la posibilidad de una inmediata inserción laboral. “Prefiero andar limpiando vidrios y no robando, para darle el ejemplo a mis hijos”. Lo dice en una zona en donde los robos, asaltos y arrebatos hoy crecen a la par de la sostenida caída del poder adquisitivo.

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Diego Iván Ferreyra Díaz también tiene 30 años. La “trinchera” que eligió para esquivar los “balazos” de la crisis es la esquina en donde se cruzan las avenidas Rawson y Libertador, en Capital. Nació en Balvanera, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, pero mantiene un acento litoraleño que adoptó cuando vivió en Entre Ríos (trabajaba como cocinero), la tierra de su esposa.

“Me hicieron 20 puntos en la cabeza. Un cartonero me pegó con una baldosa”, describe sobre el traumático episodio por el que decidió venir a San Juan, la tierra de su padre (ya fallecido). Le robaron cuando salía de comprar comida con la plata que había ganado aquel día. El hombre le dijo basta a la inseguridad de la “ciudad de la furia” porque en ese momento iba junto a sus hijos Ian y Pía (que ahora tienen 8 y 7 años respectivamente).

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Diego trabaja haciendo reparto durante cuatro horas en las mañanas. Después se va con el secador y el jabón líquido diluido en agua a la esquina cercana al microcentro. Su urgencia, además de la presión por conseguir dinero para la comida, también es pagar el modesto hotel en donde vive con su familia. Todo eso es día a día, por eso no puede ni enfermarse. Si en una jornada falta a su trinchera tambalea la economía hogareña.

“Mi señora también labura acá. La peleamos juntos y la morimos juntos. En la tarde venimos los dos. Por ahí la gente me molesta porque tenemos que traer a mis hijos. No tenemos dónde dejarlos. Me critican, me bardean, me quieren quitar a mis niños, pero yo nunca lo voy a permitir. Porque todo lo que hacemos mi señora y yo lo hacemos por ellos”, relata el joven  que vivió en la provincia entre los 12 y 17 años.

Regresó hace poco más de un año, y para instalarse acá vendió “todo lo que tenía” en Buenos Aires. “De a poquito voy saliendo adelante”, dice. 

Con Dios en la boca y en los ruegos

Diego lleva en su inconsciente la pesada huella del desamparo. “Me crió mi tía en Capital Federal porque mi mamá me abandonó a los 3 meses”. No huye de la pregunta. Pero cuando responde, su mirada baja y se pierde en alguna cicatriz que todavía sangra.

Será para sobreponerse a eso, que en aquel limbo callejero en donde ningún día es igual a otro él trata de pintarle una sonrisa a la rutina de los automovilistas. En tono amable “bendice” a los que no pudieron dejar algún billete y les regala su servicio: “No importa, Dios me lo bendiga y que tenga una linda mañana” o “te lo regalo pa’, de corazón”. Enseña con el ejemplo, porque él sabe “lo que es no tener”.

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“Gracias papá, que Dios lo bendiga”, se escucha también a Matías saludar al dueño de un Fiat Uno negro. El hombre cuenta que pensar en Dios le da fuerza para pelear peso a peso sobre el pavimento.

Mientras que Ferreyra aclara que él era ateo, pero que en San Juan conoció a Dios y ahora asiste a un templo evangélico. “Aprendí muchas cosas de la vida que antes no entendía. Fui un desastre en mi vida, pero hoy comprendí un montón de cosas”, reflexiona. 

Siempre hay alguna suave bocina cómplice que les avisa, algunos segundos antes, que el semáforo se pone en verde. Los trapitos emprenden la retirada gambeteando autos como si fueran los Messi de un mundo paralelo desde donde parece que nunca van a eludir el anonimato.

Cada vez que el rojo frena los vehículos, ellos sacan a relucir su timing. Es como si tuvieran un cronómetro en la cabeza que los ayuda a optimizar su rendimiento dentro de los pocos segundos que dura ese parate: limpian el parabrisas y la luneta y a veces hasta los vidrios laterales. “Lo veo de reojo al semáforo, pero uno se acostumbra a calcular el tiempo”, explica Matías.

Ganarse la vida en la esquina

Mercader cuenta que la relación con los automovilistas es dispar: “A veces insultan, maltratan. Me dicen que me apure, que vaya a buscar otro laburo, y yo estoy ahí porque no consigo otro trabajo”. Pero los que tiran comentarios positivos le aconsejan que “vaya para adelante”, que no se drogue, aunque él sólo fuma. “Te dan fuerzas para que sigás laburando. Algunos que no pueden pagarme pasan otro día y me dejan la plata”.

A veces va en la tarde a la Benavídez y Maradona (que al cruzar la avenida hacia el Sur se transforma en Colón) porque algunas mañanas su esposa y sus hijos le piden que se quede con ellos. Al secador que tiene se lo regalaron los trabajadores de la estación de servicios. Lo conocen porque trabajó como pintor ahí junto a su padre.

“En un día bueno gano entre 3000 y 5000 pesos, depende de la ayuda de la gente. Una vez llegué con $2000, que alcanza para comprar pan, unos tecitos y nada más”. Su esposa lo ayuda cuidando niños, porque la calle es una tómbola.

Diego, por su parte, cuenta que a veces embolsó “20 o 30 lucas”, pero aclara que para lograrlo tiene que trabajar mañana y tarde. “Lo más sorprendente que me pasó fue que un día en que salí de la iglesia, y no tenía ni para comer, una señora me dio un sobre con 130.0000 pesos”, recuerda con una sonrisa.  

En la mañana, el porteño trata de juntar el dinero para la merienda de la escuela de sus chicos y para el almuerzo familiar. Y se emociona cuando destaca los gestos que tiene un vecino: “Hay un señor que valora mucho mi esfuerzo, se llama Diego. Anoche, por ejemplo, me dio 20 lucas. Yo no tenía para pagar el hotel. Él sabe todo lo que lucho y que estuve como dos días peleándola cuando nevó. El chabón me dijo: ‘Tomá, andá a tu casa. Es muy tarde para que estés con tu hijo acá’”.

En Rawson y Libertador hay otros trapitos que prefieren no dar sus nombres. Pero uno de ellos, el más experimentado, asegura que toda su vida trabajó en ese rubro y con eso pudo mantener la economía del hogar. Ahora está separado, entonces pernocta en el Refugio Madre Teresa de Calcuta, va a un merendero de calle San Luis antes de Rawson y recibe las viandas que regala una señora antes del anochecer. Pero saca su celular y muestra que sigue en contacto con sus cuatro hijos. 

El otro, más joven, muestra su campera azul francia y dice que se la regaló una persona que lo vio trabajando. Su padre, que era el sostén de la familia, falleció. Por eso él se convirtió en trapito.

Cada mediodía, con la plata que consigue al lado de los semáforos (12 o 15 mil pesos en las jornadas más satisfactorias) va a una verdulería y llama por teléfono a su mamá para preguntarle qué le falta para hacer el almuerzo. “Un día solo hice $4000 y me fui llorando de acá”, recuerda el hombre de 34 años. 

Más allá de que en la mayoría de las esquinas ya están delimitados los espacios para cada trabajador, no siempre hay paz. “Hay otro muchacho del otro lado. A veces nos peleamos por el territorio. Pero yo vengo porque acá estaba mi tío. Me quedé sin laburo y heredé el lugar”, dice Matías. El joven del que habla se ubica al lado de la vereda norte de la avenida Benavídez.  

Todo por los niños

“No hay laburo por ningún lado”, asegura Matías Mercader en una época complicada en el país. Pero hay algo que tiene muy claro: “Prefiero que coman mis hijos a comer yo”. “Quiero tener un trabajo y darles un buen ejemplo a ellos. Levantarme temprano y que tengan un plato de comida todos los meses”.

Diego Ferreyra se emociona cuando habla de sus niños: “Son lo único que tengo y lo único por lo cual yo voy a pelear toda la vida. Mi sueño es poder darles una casa y tener un buen trabajo para mantenerlos”.

Y se le iluminan los ojos: “Estoy orgulloso de ellos. Hace unos días había un señor que estaba pidiendo para comer y nosotros teníamos unos cafés con leche y tortitas. Mis hijos le entregaron lo suyo para que el señor comiera. Entonces yo veo que tan mal no estoy haciendo las cosas”.

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