2025-08-03

OPINIÓN

El de la amenaza a Lali, también es víctima

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En los pasillos de Tribunales despuntaban conjeturas el sábado por la mañana mientras intentaban dar con el origen del llamado telefónico al 911, que alertó sobre un artefacto explosivo en el Estadio Cerrado en la previa del recital de Lali Espósito, el viernes a eso de las 20.45. Las fuentes no querían entregar detalles, pero alcanzó con que dijeran que esta vez iba a costar un poco más llegar al, o los responsables. El contenido del llamado es tan violento como breve: “Sí, mirá, hemos puesto un artefacto explosivo ahí en el Estadio, porque no queremos que esa negra puta kirchnerista, actúe. Así que de ustedes depende que no salga gente lastimada…”. La comunicación se hizo desde un teléfono celular ubicado en un radio de 4 kilómetros desde una antena de teléfonos de Marquesado, Rivadavia. La voz, como conocieron los lectores de este diario casi apenas ocurrido el hecho, pertenece a un hombre mayor de edad quien, aparentemente, vive en esta provincia y está lo suficientemente preparado como para hacer este tipo de cosas y poner piedras a los pesquisas, ya que hasta anoche no había mayores detalles de quien se trataba, cuando en situaciones similares casi a las 24 horas de ocurrido el llamado el culpable ya estaba individualizado. Lo que sí está claro es el mensaje de intolerancia. De odio. Se sabe que quien hizo la llamada odia al kirchnerismo y a Lali, pero no se sabe si ama a alguien. Es decir, si es adherente a otro artista o a otra corriente política. La fácil es creer que piensa como Javier Milei, porque evidentemente es antagónico al Kirchnerismo y a Lali, igual que el Presidente. Pero no lo sabemos. Es decir, puede amar a cualquier otro, porque hay muchos que odian al kirchnerismo, no solamente los que piensas como Milei. El problema no es que este señor sea mileísta, el problema es que su jefe político, su líder, sea cual fuere, lo incita a la violencia. Y ese es el problema de fondo.

Lamentablemente, los últimos líderes políticos han usado el odio, la rivalidad, la descalificación, como herramienta para ganar elecciones o para mantenerse en el poder. Lo hizo Cristina Fernández y ahora mucho más Javier Milei. Los dos le metieron en la cabeza a la gente que hay una sola opinión, y el que no se someta a ella, es porque está en la vereda de enfrente, es rival, y hay que vencerlo de alguna forma. Ya sea en elecciones, en redes sociales, o a cómo de lugar. Ahora, ¿se puede hacer de otra forma? Es decir, ¿es posible mantenerse en el poder sin hacer lo mismo que CFK y Milei? Macri intentó la gradualidad, Massa la avenida del medio, y a ninguno le dio resultado.

Para colmo de males, la maldad, la violencia, se perfecciona, se profundiza. Cristina se peleó con los medios, con Estados Unidos, con la Justicia, con la Iglesia de Jorge Bergoglio, por nombrar algunos. A la lista de Milei, salvo Estados Unidos, hay que agregarle los políticos de varios partidos, China, Brasil, los gobernadores, los homosexuales, y hasta los jubilados. Cada vez es peor. Cristina mandaba romper diarios en una conferencia de prensa, ordenaba controlar a empresarios con mano dura. Milei deja a las provincias a la buena de Dios y arremete contra los derechos de las personas. Ahora somos todos. Alcanza con ser débil.

Es violencia también dejar afuera de la contención del Estado a los que menos tienen, o a los que piensan distinto. Milei desmanteló la Línea 144, que brindaba contención e información a mujeres y LGBTI+ en situación de violencia por razones de género, modificó la Ley Micaela que obligaba a los empleados del Estado a estar informados en cuestiones de género, dejó de garantizar la implementación de la Ley de Salud Sexual y Procreación Responsable y la 27.610, de acceso a la interrupción voluntaria del embarazo. Dejó de contener a los enfermos de cáncer y tiene a los jubilados muertos de hambre; peor que cualquier otro presidente en la historia de este país.

Esas rivalidades en algún momento iban a llegar a lo más territorial, y es lo que está pasando. Se nota en las polémicas en las redes sociales, en las discusiones familiares, en los comentarios de las notas de los diarios. Ya no se puede opinar sin recibir cientos de agresiones. Es, de alguna forma, una manera también de ponerle límites al conocimiento y el crecimiento de las personas. Durante muchos años se creyó que distintos gobiernos no dedicaban el suficiente dinero a la educación, bajo el siniestro objetivo de “embrutecer” a la población. Son creencias que nadie puede comprobar, pero que, con el correr de los tiempos, se intuye que un poco de esa idea se le pasó a más de uno que gobernó este país en distintos años. Con la violencia pasa más o menos lo mismo. Nada bueno sale de ahí, sencillamente porque impide crecer. Los que ya están arriba, seguirán en el mismo lugar. Los de más abajo, también quedarán ahí, porque además de no tener las herramientas económicas y sociales para pegar el envión, deberán lidiar con la violencia ejercida desde el mismo Estado. Los gobiernos estimulan la intimidación. Entonces, quienes no fueron favorecidos con condiciones suficientes para poder desarrollarse plenamente, no solamente serán aprisionados para quedar en ese lugar, sino también serán humillados. El pobre tipo que intentó frenar el recital de Lali, poniendo en riesgo a miles de adolescentes el viernes, aunque suene mal, también es víctima de esa violencia ejercida desde el poder. Hoy debe estar orgulloso de lo que hizo. Ojalá la Justicia le haga entender lo contrario.

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