OPINIÓN
Compartir poder, lo que la época manda a pesar de la resistencia de la dirigencia política-empresaria, más una perlita mendocina
El hiperpersonalismo y la incapacidad para tejer consensos horizontales no son exclusivos de la dirigencia partidaria; se replican con nitidez en sectores productivos clave como la minería, exponiendo un rasgo cultural que prefiere el recelo antes que la sinergia. En una Argentina marcada por la volatilidad crónica y la urgencia permanente, el liderazgo no es una simple función administrativa; es un ejercicio de supervivencia y fe. Modelado por la cultura de la inmediatez y la polarización, el perfil del líder local se debate constantemente entre el mesianismo salvador y el pragmatismo extremo. No se gobierna desde las instituciones, sino desde el lazo afectivo y la centralidad del ego. En este escenario, el poder en Argentina históricamente no se comparte ni se delega: se ejerce de manera unipersonal, transformando a cada referente en el arquitecto de una épica propia que intenta domar una crisis siempre latente.
En el corazón de este liderazgo habita una resistencia crónica a la horizontalidad. Esta dificultad no es un mero capricho de ego, sino el resultado de una cultura hiperpresidencialista donde abrir el juego se interpreta como un síntoma de debilidad y el disenso interno se castiga como traición. El sistema político local premia la centralización unipersonal; por eso, las coaliciones de gobierno suelen funcionar como eficaces acuerdos electorales, pero fracasan sistemáticamente a la hora de co-gobernar. En un escenario habituada a las lógicas de suma cero, el líder argentino prefiere recluirse en mesas de decisión cada vez más cerradas, transformando la gestión en un ejercicio personalista que atenta contra los consensos de largo plazo.
Esta dinámica se ha estructurado históricamente a través de corrientes identitarias bien marcadas. Por un lado, la tradición peronista cimentó el arquetipo del líder providencial —con Juan Domingo y Eva Perón como fundadores, y Néstor y Cristina Kirchner en su actualización moderna—, un perfil que se sostiene en la movilización de masas, el control territorial y un lazo casi paternal con los sectores vulnerables. Como contracara, la lógica antiperonista dio forma al líder republicano, un modelo obsesionado con las formas institucionales y el sesgo tecnocrático que encarnaron figuras como Raúl Alfonsín o Mauricio Macri, pero que arrastra un complejo de minoría frente a la calle y una histórica debilidad para capear tormentas sin control territorial, tal como lo expuso la caída de Fernando de la Rúa. Sin embargo, el quiebre del mapa tradicional llegó con la emergencia de las nuevas derechas y su líder iconoclasta.
Este perfil outsider, que hoy encuentra en Javier Milei su máximo exponente, dinamitó las estructuras clásicas al canalizar la frustración social mediante una estética disruptiva y un anclaje netamente digital. Ya no se busca la validación en el comité ni en la plaza, sino en el algoritmo de las redes sociales, combinando un estilo agresivo con una fe dogmática en soluciones económicas drásticas presentadas como la única salvación posible para el país. A pesar de esta inercia histórica, el mapa político que se perfila en el horizonte inmediato parece imponer una tregua obligada a este verticalismo.
La realidad empírica está desgastando los liderazgos personalistas y forzando a los actores a una transición inédita: aprender a compartir el poder por pura necesidad de supervivencia. En el oficialismo, el estilo disruptivo de Milei empieza a chocar contra el techo del bolsillo de la clase media; con la aprobación popular en descenso en las encuestas y sin mayorías legislativas propias, la idea de gobernar de manera unilateral se vuelve insostenible, obligándolo a ceder cuotas reales de poder a gobernadores y aliados para garantizar la gobernabilidad. En este escenario de fragmentación, la centroderecha busca reordenar sus fichas. Si Mauricio Macri logra consolidar una candidatura, ya sea apostando a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (él mismo o un candidato suyo) o proyectando un regreso a la presidencia, el tablero se volvería altamente competitivo. El expresidente retiene un núcleo de votos clave y es percibido como un garante de orden institucional, pero sabe que ya no cuenta con el cheque en blanco de 2015; su éxito dependerá exclusivamente de su destreza para articular una coalición equilibrada, sin la soberbia de los liderazgos absolutos.
Mientras tanto, el peronismo transita un proceso preelectoral marcado por una atomización sin precedentes que cruje en el territorio de la provincia de Buenos Aires. Axel Kicillof emerge como el candidato de gestión más consolidado, pero el fin del "dedazo" unilateral lo obliga a una negociación compleja. Por primera vez, el espacio llega a una disputa interna con una Cristina Fernández diezmada en votos y percepción popular, golpeada por el asedio judicial, pero dueña aún de un piso electoral fiel. Kicillof no podrá heredar el control absoluto: estará obligado a co-gobernar y compartir el espacio con el kirchnerismo más duro y el peronismo del interior. Los líderes en las provincias están esperando su caída, eso se huele a lo lejos. El ADN del político argentino siempre fue verticalista, pero el escenario que viene los forzará a ser horizontalistas si quieren sobrevivir. En este contexto de dispersión, el propio estilo personalista y por momentos inflexible de Milei funciona como un emergente natural de una sociedad habituado a demandar liderazgos fuertes en épocas de zozobra. Sin embargo, detrás de esa impronta casi tiránica subyace una realidad matemática ineludible: la profunda fragmentación del voto. Sacando olas de excepción, ningún espacio logra hoy perforar con comodidad el techo del treinta por ciento, una dispersión estructural que termina dinamitando cualquier intento de hegemonía absoluta y obliga, tarde o temprano, a sentarse en la mesa de la negociación. Esta tensión entre el deseo de mandar en soledad y la obligación de acordar se palpa con nitidez al observar la política subnacional, donde los caudillismos provinciales se ven forzados a recalcular sus estrategias de supervivencia.
El escenario de San Juan funciona como un reflejo milimétrico de esta encrucijada. El gobernador Marcelo Orrego ha edificado su carrera política bajo un formato marcadamente unipersonal que arrastra desde sus años como intendente en Santa Lucía, pero hoy se encuentra ante el desafío de reconfigurar su ADN. La necesidad de explorar una alianza con La Libertad Avanza de cara al horizonte electoral abre un dilema inédito para su gestión: el entendimiento con los libertarios lo obligará necesariamente a ceder parcelas de poder real en la provincia. El camino, sin embargo, asoma plagado de espinas debido a su tensa y fría relación con José Peluc, el referente y diputado de la fuerza mileísta en el plano local, quien ya ha marcado explícitas distancias y ha dejado en claro que su espacio no aceptará un rol de mero acompañamiento pasivo.
En la vereda de enfrente, el peronismo sanjuanino padece el mismo síntoma de atomización. El exgobernador Sergio Uñac retiene rasgos de aquella conducción hipercentralizada, pero el desgaste en las urnas lo ha dejado sin el capital de votos necesario para imponer condiciones de forma unilateral. Esa debilidad lo empuja a una distribución obligada del espacio con figuras como Cristian Andino, cuya consolidación tras los últimos comicios y sus explícitas señales de querer disputar el sillón de la gobernación marcan el posible fin definitivo del verticalismo uñaquista. El senador está inmerso en su carrera presidencialista, que no tiene demasiadas estridencias, pero tampoco muchos reproches; lo que es bueno para esta tempranera campaña que ya inició. Muchos en San Juan suponen que el exgobernador apoyará a Andino si es que el diputado nacional le garantiza manejo. Los mismos (y otros) dicen que es imposible que Andino ceda espacio. Es probable que Uñac esté corriendo su carrera nacional para garantizar control en San Juan. En el PJ local hay un llamativo convencimiento de que ganarán las elecciones del año que viene, acá y en el país. Se apuran. Nadie sabe qué va a pasar. En resumen, Uñac y Andino tienen por delante el desafío más importante ante la elección del año que viene: compartir poder, algo en lo que ya fracasó el PJ sanjuanino.
Esta resistencia cultural a la horizontalidad y a la construcción de consensos no se agota en el barro de la política; se espeja con nitidez en el sector privado, demostrando que el recelo es un rasgo transversal a la idiosincrasia nacional. El caso de la minería en San Juan es un laboratorio perfecto de esta dinámica. Mientras la provincia se prepara para el despegue de megaproyectos de cobre, las cámaras de proveedores locales alzan la voz con reclamos recurrentes: acusan una falta de información anticipada sobre las próximas licitaciones corporativas —un insumo vital para pymes que operan con márgenes financieros asfixiantes— y denuncian nuevamente la concentración de los contratos más jugosos en un puñado selecto de grandes empresas. Sin embargo, la mirada analítica descubre aquí la misma encrucijada que arrastra la dirigencia partidaria: la incapacidad estructural para compartir el espacio. Acostumbrados a lógicas de supervivencia individuales, los empresarios y proveedores locales no han sabido tejer alianzas corporativas estratégicas que les permitan ganar volumen de escala y competir por los grandes contratos. En su lugar, el debate suele replegarse hacia el resentimiento geográfico. Las quejas locales apuntan con dureza a la agresiva inserción de empresas de provincias vecinas como Mendoza, cuyos proveedores, ávidos por capturar los millonarios contratos que genera la actividad, desembarcan con mayor espalda financiera y flexibilidad comercial. La incapacidad de cooperar horizontalmente expone a las pymes locales a un sálvese quien pueda, donde la falta de sinergia empresaria termina pavimentando el camino para que los dividendos más suculentos queden en manos ajenas. La discusión no es con Mendoza. La discusión es con todos. San Juan sigue inmerso en debates antiguos. Los límites políticos se mueren con el avance de la globalización y la tecnología. El mendocino, si entendimos algo de lo que pasó con Veladero y Pascua-Lama, debe ser un aliado.
Un claro ejemplo se nota en las redacciones de varios medios locales de importancia. Ya dimos a conocer en estas líneas que Diario de Cuyo es manejado por un grupo de empresas mendocinas que también controlan Los Andes. También dijimos que, desde hace años, Canal 8 es manejado por el grupo mendocino Vila, cuyas acciones e inversiones no terminan en la pantalla del canal: los Vila vienen por la minería, o lo que encuentren a su paso. Y ahora se sumó el prestigioso periodista mendocino Raúl Pedone al staff de Diario Huarpe. Algunos dicen que maneja la redacción, y otros que es solo un columnista. Como quiera que sea, Pedone goza de experiencia e impronta suficientes como para manejar ese grupo de periodistas y más. Si Pedone controla la redacción de Huarpe, entonces, ya son tres los medios que necesariamente tendrán intervención mendocina. Eso, quizás, es un problema más sajuanino que mendocino. ¿No hay suficientes periodistas capaces en San Juan? Es probable. ¿Existe la posibilidad de hacer alianzas entre medios nativos de esta provincia? Debería haberla. ¿Los mendocinos se quedan solo con lo que ya tienen? No, dicen que Telesol también está en venta y que ya hubo negociaciones al respecto.
El perfil del líder argentino, atrapado entre la urgencia de la crisis y la tentación del mesianismo, refleja fielmente las tensiones de la sociedad que lo engendra. Ya sea en los despachos gubernamentales o en las mesas de negocios de los grandes sectores productivos, la alternancia o la competencia continuarán pareciéndose más a una refundación traumática que a una evolución colectiva si se mantiene la lógica de exclusión. El verdadero desafío para el futuro no radica en encontrar un nuevo salvador providencial ni en blindar los mercados locales mediante la queja, sino en la capacidad de forjar liderazgos dispuestos a ceder la centralidad del ego en busca de consensos institucionales y comerciales. Hasta que ese cambio cultural ocurra, el escenario nacional seguirá siendo el refugio de figuras hiperpersonalistas, destinadas a timonear tormentas recurrentes en un país que aún busca su rumbo de manera fragmentada y sumamente desordenada.