HISTORIAS MUNDIALISTAS
La Copa del Duce: amenazas, propaganda y miedo, el oscuro plan de Mussolini para conquistar los Mundiales de 1934 y 1938
La historia de los Mundiales está llena de episodios donde el deporte y la política se cruzan. Sin embargo, pocos casos alcanzaron la dimensión que tuvieron las Copas del Mundo de 1934 y 1938, cuando Benito Mussolini convirtió al fútbol en una cuestión de Estado y utilizó el torneo como una vidriera para exhibir la fortaleza del régimen fascista italiano.
La obsesión del "Duce" por ganar trascendió cualquier límite. Para el Mundial de 1934, disputado en Italia, el gobierno fascista intervino para construir una selección capaz de ganar el título. La nacionalización de futbolistas argentinos con ascendencia italiana, fue una de las principales estrategias. Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Attilio Demaría se transformaron en piezas clave del equipo dirigido por Vittorio Pozzo.
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Pero el refuerzo del plantel fue apenas una parte del plan. La presión política sobre jugadores, entrenadores y árbitros se convirtió en una constante durante todo el torneo. Días antes del debut, Mussolini convocó a Pozzo y le dejó una frase: "Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar". El mensaje era claro: ganar no era una opción, era una obligación.
antes de un partido en el Mundial de 1934.
La amenaza también alcanzó al plantel. Durante una reunión con los futbolistas, el dictador fue todavía más explícito. "Ganan o...", dijo mientras se pasaba el dedo por el cuello. El gesto bastó para que todos entendieran el mensaje.
El principal escenario del torneo llevaba el nombre de Estadio Nacional del Partido Fascista y cada partido era presentado como una demostración de la superioridad italiana. El fútbol había dejado de ser un deporte para convertirse en una herramienta de propaganda.
Las polémicas tampoco tardaron en aparecer. Los arbitrajes favorables a Italia generaron sospechas desde los cuartos de final frente a España y continuaron durante el resto del campeonato. Incluso en la final contra Checoslovaquia se produjo una escena que alimentó las controversias. Con el partido empatado, Mussolini ingresó al vestuario italiano durante el entretiempo y reprendió a Luis Monti por la dureza de su juego.
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Según la anécdota, le advirtió que el árbitro sueco Ivan Eklind estaba siendo tolerante, pero que no podría seguir ignorando determinadas infracciones. Italia terminó levantando la Copa del Mundo y el régimen obtuvo lo que buscaba: una victoria deportiva convertida en triunfo político.
Sin embargo, la historia no terminó allí.
Cuatro años después, en Francia 1938, Mussolini volvió a utilizar el Mundial como una herramienta propagandística. Esta vez, la presión alcanzó niveles más inquietantes. Antes de la final con Hungría, los jugadores italianos recibieron un telegrama que quedó grabado para siempre en la memoria del fútbol: "Vencer o morir". Más que una arenga, fue interpretado como una amenaza directa.
Los futbolistas salieron a la cancha con una carga emocional enorme. La victoria por 4 a 2 le permitió a Italia retener el título, pero lo más impactante ocurrió después del encuentro. El arquero húngaro Antal Szabo sorprendió a todos cuando aseguró sentirse feliz pese a la derrota. "Nunca en mi vida me sentí tan feliz después de perder. Con los cuatro goles que me hicieron les salvé la vida a once seres humanos", declaró.
Sería el segundo eslabón del legendario bicampeonato de Vittorio Pozzo.
Su frase resumió el clima que rodeaba a aquella selección italiana. Mientras los campeones celebraban, muchos entendían que detrás de la gloria deportiva existía una estructura de presión, miedo y utilización política pocas veces vista en la historia del deporte.
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A casi cien años de aquellos hechos, los Mundiales de 1934 y 1938 siguen siendo un recordatorio de hasta dónde puede llegar el poder cuando intenta apropiarse de una pasión popular. Mussolini entendió que el fútbol era capaz de movilizar multitudes, generar identidad y construir relatos colectivos. Por eso convirtió una Copa del Mundo en una herramienta de propaganda y uno de los capítulos más oscuros de la historia de la competencia.