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La escuela que les devolvió la infancia: la emoción de empezar la primaria después de los 70
Jesús toma un poquito de agua, seca sus lágrimas de emoción y sigue contando lo que le costó aceptar el convite de la seño Elizabeth para empezar la primaria a sus 76 años. Si su vecina Ramona de 100 (sí, 100 años) se había animado sin pensar en qué iba a pasar después, entonces no tenía nada que perder. Al calor de una estufa a leña, alrededor de un mesón enorme, con sopaipillas recién hechas y chocolate casero, así me recibieron en Usno. Afuera, un algarrobo milenario custodiaba la entrada de la casa de la familia Mercado. Después de cruzar esa puerta ya no quería conocer solamente la historia de Ramona, la mujer de 100 años que volvió a la escuela. También quería escuchar a Jesús, a Juancito, a Susana, a Norberto, a Noelfa, a Anita y a cada uno de los alumnos que decidió volver a empezar.
En San Juan hay 73 establecimientos en donde se dicta el nivel primario adaptado para adultos y jóvenes. Estas son algunas de las historias que encontramos a más de 260 kms de la ciudad Capital en Valle Fértil, en donde está el aula satélite de la Escuela Nocturna Núcleo Gendarmería Nacional en Usno. Historias de superación, de gente que venció el miedo al qué dirán y al prejuicio del para qué estudiar a esta edad. Ellos son solo un puñado, en medio de los más de 1700 estudiantes que decidieron dar el paso en todo San Juan. Porque no se trata solo de personas mayores estudiando. Se trata de personas que perdieron una etapa de su vida y que, décadas después, decidieron recuperarla.
Al mirar a Jesús emocionado lo imaginé sentado en el banco del aula, sumergido en sus tareas, renegando cuando se equivoca, preguntándose por qué se animó a volver a los palotes y al “mi mamá me mima” para aprender a leer a esta altura del partido. Y la respuesta llega sola cuando se enorgullece al contar que “pensaba que tenía cabeza pero no tenía la oportunidad para seguir”. Tal vez la primaria sea apenas el puntapié inicial para animarse a más.
¿Y por qué toman clases en una casa y no en la escuela?, pregunté. No porque no hayan aulas disponibles, si no porque en medio del invierno que recién arranca, los alumnos consultaron si podían usar el comedor de la familia Mercado, como salón de clases, así Ramona no pasa frío. La seño Elizabeth Acunis, busca a dos o tres de sus alumnos por sus propias casas, no tiene siquiera que tocar bocina, con los cuadernos en la mano y una cartuchera llena de lápices de colores para hermosear las tareas, así va uno por uno subiendo al auto. Adentro, las charlas se mezclan con las risas y con la pregunta anticipada por la clase de ese día antes de llegar al salón improvisado que se llena de sonrisas, bochinche y también de silencios de concentración.
En apenas tres años, Jesús Burgoa terminará una primaria que había quedado detenida hacía casi siete décadas. Es que esta modalidad para adultos no se cursa en los 6 años que habitualmente lo hacen los chicos apenas salen del nivel inicial. Esta propuesta de terminalidad se concluye en tres años, los alumnos cursan todas las materias, tareas para realizar en casa y al finalizar, reciben un diploma que acredita que aprobaron el ciclo. Para la seño Elizabeth, docente del grupo, y que también se desempeña en primaria común, trabajar con adultos fue un antes y un después. “Me renuevan con su energía, no los veo tristes ni preocupados, solo veo el entusiasmo que tienen y eso contagia”, decía. Ella junto al resto de las maestras que se desempeñan en las otras aulas satélite se encargan de recorrer cada año el departamento para realizar un censo. Sin incomodar, con dulzura, preguntan a los adultos de todas las familias, primero, si terminaron la primaria y después comienzan la tarea de convencerlos para cerrar ese ciclo. Porque esa niñez, la de estos adultos, tuvo un corte abrupto y un día de golpe se acabaron los recreos, porque tenían que ser grandes para ayudar en casa. La mayoría de los estudiantes que encontré en la primaria de Usno, coincidían en el relato. Casi todos tuvieron que dejar atrás la infancia y la escuela a los 7 u 8 años para empezar a trabajar.
Con las aulas satélite el Ministerio de Educación trata de cubrir una zona específica en cada departamento sanjuanino y dar respuestas a la comunidad, más aun en lugares alejados o de difícil acceso. En el caso de Valle Fértil están en Villa San Agustín, Chucuma, Balde de las Chilcas, Usno (que en el 2025 comenzó a funcionar) y en el Centro de Jubilados Manos Unidas que pronto será trasladada a un establecimiento más cercano. Reconocen que hay cada vez más adultos mayores volviendo a las aulas, y que es por eso que necesitan llegar a más lugares. Es que volver a la primaria, ya teniendo una familia, hijos y nietos, no es tan solo para terminar la escuela, es “conformar recuerdos de su vivencia, para algunos será alfabetizarse, compartir lectura”, contó la supervisora del nivel Claudia Deiana que junto a la Directora de Área Mabel Calderón compartieron también el chocolate y hasta una torta, para volver a cantar el cumpleaños número 100 a Ramonita.
¿Viste cuando la directora visitaba al grado y pedía que llevaras el libro de lectura? Ella elegía la página y había que leer delante de todos. Recuerdo que hacía fuerza para que a mis compañeros les tocaran las lecturas que habían practicado, para que todo saliera bien. Así pasó esa tarde en Usno y lejos de ponerse nerviosos, los alumnos hacían fila para demostrar lo que ya sabían, lo que habían reforzado porque muchos de ellos, tuvieron que aprender a la fuerza hace mucho tiempo atrás. Es que no quedaba otra y había que saber al menos “el valor de la plata o cómo firmar.” Viajé también varias décadas en el tiempo y volví a mi banco de primaria aplaudiendo a mis compañeros, para aplaudir a los alumnos de Usno, porque debo decir que todos seguimos atentamente esas lecturas a primera vista de los textos que eligieron Mabel y Claudia. Lo mejor fue que no representaron ninguna dificultad para Ramona, Juan ni para Susana y hasta una poesía fue vitoreada entre aplausos y abrazos. Es que cada logro se festeja como un gol, porque hay edades en las que no es fácil ponerse la camiseta y salir a la cancha sin miedo. Pero ellos lo hicieron como si se tratara del debut en primera, bah, en primaria.
Lo que también descubrí en estas charlas fue que las personas mayores a veces se encuentran con que hay pocas actividades en las zonas alejadas que los mantengan activos o fuera de casa. “Antes iba al adulto pero me gusta más la escuela”, “Yo aprovecho y voy al adulto y también hago la escuela así hago cosas fuera de mi casa”, fueron frases de los hombres y mujeres que compartían el chocolate. ¿Qué es “el adulto”? Un centro de jubilados en donde pueden practicar deportes, charlas y alguna manualidad. Entonces entendí que además la escuela también se convierte en una alternativa para salir de casa y reencontrarse con el lugar en donde “siempre quisieron estar para lograr los sueños que sí se tienen”, concluyó Mabel de Educación.
Casi nunca tomo chocolate, pero confieso que el de ese miércoles tenía un sabor especial, así que sin darme cuenta, ya estaba terminando la segunda taza que con tanto amor habían preparado las hijas de Ramona. Ella con 100 años escuchó lo que le contaba su vecina y comadre Susana, que este año será una de las egresadas de primaria de adultos de Usno. Ramonita ni lerda ni perezosa aceptó la visita de la seño Elizabeth y sorprendió a sus hijas que ni imaginaban que su mamá albergaba ese sueño. “Después nos dimos cuenta que cada revista o libro que cae a sus manos, no lo suelta hasta que no lo termina, entonces pensamos cómo no la inscribimos antes”, pronunciaron con una sonrisa que no se les borraba de la boca. Miraban a su mamá de la misma manera que seguramente la observaban de pequeñas. Porque nuestros viejos, mamá y papá, son invencibles, capaces de todo, ¿o no?
El primer día de clases de Ramona fue histórico, para ella y todos los que la vieron cruzar la puerta de la escuela con un guardapolvo blanco y una mochila en su espalda. Es que esta mujer diminuta, de ojos negros y brillantes escondidos bajo un manojo de arrugas, con sus rulos plateados, hizo lo que siempre ansió: sentarse en el banco de un aula con todos sus compañeros. Los que recordaron el momento, coincidieron en algo: viajó en el tiempo y se notó, lejos quedaron por un instante los 9 hijos, 13 nietos y 7 bisnietos porque en ese momento, Ramona, volvió a tener 6 años y fue inmensamente feliz, con esa felicidad de las contagiosas. “La verdad es que ella nos sorprendió y nos dio una lección también de vida”, recordó emocionada su hija Evelia. Porque aprender siempre fue parte de su historia; porque nunca olvidó las ganas de leer y escribir y en su memoria siempre estuvieron esos recuerdos entre cerros, en donde para que no se borre lo poco que había alcanzado a aprender antes de ir a vivir a un puesto con la familia, escribía donde podía: “Cuando no tenía un papel, en el piso, en el suelo, ahí empecé a escribir”.
así entró Ramona a la escuela
Susana Díaz (70) tiene una sonrisa hermosa, de esas que no te permiten imaginar las dificultades que sorteó en la vida. Hacía apenas cinco días. que había perdido a su esposo, me enteré de eso porque la seño Elizabeth me pidió que la siguiera en el auto porque tenía que pasar por el cementerio a buscarla y de ahí seguíamos viaje a lo de Ramona. El sacerdote de Usno, había realizado un responso por el hombre. Susanita, como le dicen en la escuela, sueña con recibir su certificado y les dijo a sus hijos que quiere un vestido largo y baile de egresados porque “es una ilusión que yo tengo”. Hizo prácticamente toda la primaria sin que su marido se enterara y para cursar le decía que salía a hacer unos mandados entre vecinas. Nunca dejó de cuidarlo y hasta le llevó el caldito de gallina que él le pidió mientras estaba internado. “Un día llegué a buscarla y estaba ya con la gallina que la había desplumado”, contó la seño para ponerse seria y confirmar que “Susana, así y todo, nunca descuidó la escuela”. Será por eso que sus 11 nietos les insiste tanto que no abandonen la escuela porque “es el futuro para ellos” y les pide que lean, que dejen la tele y el celular, porque “lo que uno aprende en los libros es muchísimo, yo pude conocer mucho”.
“Excelente”, “felicitaciones”, “hermosa tu tarea”... a medida que pasaba las páginas del cuaderno de Norberto Burgoa (71) entendí por qué uno de sus seis nietos, justo el que va a cuarto, se había sorprendido por su prolijidad. “Está mejor que mi cuaderno me dijo porque le causaba curiosidad y gracia que el abuelo esté en la primaria”, me contaba. Norberto tiene ganas de mucho más porque siente que “no voy a llegar al límite que quisiera llegar”. Sin haberlo visto en el aula se nota que las décadas acumuladas en la espalda parecen desaparecer en cada clase, con cada nuevo aprendizaje porque “la vida se nos va renovando con la escuela”.
Noelfa Romero (67) tuvo que dejar la primaria con tan solo 7 años y empezar a trabajar. En esa casa de antaño había una maestra que siguió enseñándole algunas cosas más, entonces orgullosa cuenta que está contenta con la escuela. Madre y abuela abnegada crió a 10 hijos y a tres de sus quince nietos. Junto a su hija y compañera de aula, Anita (41), comparten mucho más que la vida. Incluso Ana no dudó en compartir todo lo que sabe de danza y se convirtió en maestra de su seño, para que juntas pudieran ser parte de uno de los actos de la escuela secundaria y bailaron folklore y se llevaron todos los aplausos.
“Juan, ¿vos terminaste la primaria? ¿Querís (SIC) que vamos a la escuela?”. El solo hecho de imaginar la escena entre Jesús y Juan, me hace comprender que Jesús pudo haber dudado al principio sobre volver a la escuela, pero terminó convencido de que era una oportunidad para todos. Fue la propia seño la que cerró ese contrato tácito entre ambos amigos, y fue así que Juan Manuel Ontiveros (85), con el poco oído que le queda y entrecerrando los ojos para ver mejor las letras, se sienta cada tarde a aprender. Hace pocos años fue que dejó de trabajar, porque lo hizo sin descanso desde sus 9 años. A veces en el aula, hacen un recreo, charlan sobre sus vida. Elizabeth los escucha atentamente, sobre esos años de faena intensa, a veces lejos de la familia. Al mirarla, descubro lo orgullosa que está de ese salón que avanza “como puedo, pero sigo”, diría Juan. Y es que la seño logró que ese sea un lugar en donde sienten que pueden crecer. Sí, a pesar de la edad. Porque en esos cuadernos, entre números y letras, descubrieron que no hay límites.
Me alejo un poco de la mesa para mirarlos porque quiero atesorar el momento para luego recorrer el mesón de punta a punta, despedirme con besos y abrazos cálidos. Me voy pensando en estos alumnos, decididos a mirar la vida de frente, dispuestos a seguir aprendiendo. Como dijeron la seño Elizabeth o Natalia Paez, la directora de la escuela, ellas aprenden mucho más de estos hombres y mujeres cada día, y eso pasó. Porque definitivamente aquí la educación es más que enseñanza de contenidos escolares, son vivencias que van más allá de los cuadernos. Porque, al final, volver a la escuela no era solamente aprender a leer. Era volver a encontrarse con ese niño o esa niña que un día tuvo que dejar los cuadernos para empezar a trabajar.