HISTORIA

Jardín de Rock, el espacio sanjuanino donde la música es parte de una infancia que crece entre amigos, acordes y canciones

En tiempos en los que las pantallas ocupan gran parte de los más chicos, existen espacios que proponen algo diferente: aprender un instrumento, compartir, jugar y animarse a subir a un escenario. Jardín de Rock nació durante la pandemia y hoy reúne a 42 chicos que encontraron en la música mucho más que una actividad.
viernes 18 de septiembre de 2026

Hay veces en que la música llega de la mano de los padres. Otras, aparece por curiosidad, por la admiración hacia una banda o simplemente por las ganas de encontrar un lugar donde hacer algo diferente después de la escuela. Y también están esas veces en las que una guitarra, un ukelele, una batería o una canción terminan convirtiéndose en la puerta de entrada a un mundo nuevo.

En San Juan, Jardín de Rock es justamente eso: un espacio donde los chicos aprenden música, pero también encuentran amigos, juegan, conversan y comparten aquello que les pasa.  Porque aprender un instrumento requiere algo que parece cada vez más difícil de encontrar: paciencia. Esperar, equivocarse, volver a intentar y descubrir que una canción no aparece mágicamente de un día para el otro.Y quizás allí esté una de las mayores riquezas de este proyecto. En Jardín de Rock, la música no solamente se escucha: se aprende, se toca y se vive en grupo.

Un jardín donde crecen músicos y amistades

Detrás de este proyecto está Flor Tommasini, encargada y profesora de Jardín de Rock, una escuela destinada a nenas y nenes de entre 6 y 12 años. “Hace seis años que estamos trabajando a full con chicos que se comprometen a estudiar un instrumento, que disfrutan de subir al escenario y jugar con mucho compromiso”, cuenta Flor.

El proyecto comenzó en 2020, en plena pandemia, cuando el mundo de la música atravesaba una de sus etapas más difíciles.“Yo vivía de ser artista y, a partir de la cancelación de los lugares para poder tocar, tuve que reinventarme”, recuerda Flor.

Así comenzó una historia que, al principio, transcurrió casa por casa. Guitarra y ukelele al hombro, Flor empezó a dar clases hasta que el proyecto fue creciendo. “Un año después empezaron a venir a la sala porque querían algunos tocar la batería y así fue como se empezaron a ensamblar las bandas”, relata.

Actualmente, Jardín de Rock cuenta con 42 chicos y una propuesta que va mucho más allá de aprender acordes, ritmos o canciones. “No solo se aprenden los instrumentos, sino también que es un espacio donde conversamos, compartimos lo que nos pasa”, explica Flor. En ese lugar también aparecen las inquietudes relacionadas con la escuela, los amigos y la vida cotidiana. Después de los ensayos, también hay tiempo para jugar o simplemente sentarse a compartir.

La propuesta busca algo más que la música. “Motivamos a nuestros pares a despegarse un poco de las pantallas, conectar con el instrumento, que eso implica tener paciencia y detener la necesidad de la inmediatez, la ansiedad y conectar con lo que nos pasa”, sostiene Flor.

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Calaveras Negras

Entre los proyectos que nacieron en Jardín de Rock está Calaveras Negras, integrada por Luisina en voz, Jacinta en ukelele y voz, Juliana en bajo y Trinidad en batería. La banda lleva aproximadamente un año formada, aunque sus integrantes llegaron al espacio por caminos diferentes.

Juliana comenzó a interesarse por un instrumento gracias a su hermano. “Él viene desde los cinco años y toca la batería, entonces ahí fue cuando me decidí por tocar un instrumento”, cuenta. Trinidad, en cambio, es una de las integrantes que más tiempo lleva en Jardín de Rock. “Hace varios años que estoy acá, fui rotando con los instrumentos, del ukelele a la batería”, explica.

Luisina buscaba un lugar donde pudiera hacer música y quería aprender guitarra. Fue Juliana quien la llevó hasta Jardín de Rock. Jacinta llegó por otro vínculo familiar: su prima también forma parte del espacio. “Me gustaba mucho el rock y así fue como llegué”, cuenta. Para Trinidad, la llegada tuvo también un objetivo que excedía la música.“Mis padres querían inscribirme en un lugar donde pueda distraerme de la escuela”, recuerda.

Hoy, las integrantes no solo comparten ensayos y escenarios, sino también meriendas, juegos y momentos que forman parte de su vida cotidiana. “Nosotros amamos el lugar, es muy bonito porque cantamos, merendamos y aprendemos muchas canciones. Es muy lindo tocar un instrumento y tener una profesora como Florencia que nos da el espacio para poder disfrutar”, cuentan.

Pero Calaveras Negras tiene además una historia particular que las conecta directamente con una banda que admiraban. Todo comenzó con “Birome Ponja”, una canción de Superuva. Trinidad recuerda que Jacinta propuso tocarla durante un ensayo. “En una oportunidad, Jacinta propuso que toquemos esta canción en la sala. En ese momento fue cuando Florencia nos grabó y lo subió a las redes”, relata. Lo que ocurrió después no estaba en los planes de ninguna de ellas: la cuenta oficial de Superuva comentó la publicación.

Tiempo después, cuando la banda de punk rock llegó a San Juan, las chicas tuvieron la posibilidad de conocer a sus integrantes, tocar y hasta llevarse sus firmas. “Fue un momento muy lindo y único para nosotras”, recuerdan.

Altoparlante

Otra de las bandas que nació en Jardín de Rock es Altoparlante, integrada por Agustina en voz y ukelele, Agustín “Tuti” en guitarra, Iván en batería y Camila en ukelele.

Agustina es una de las integrantes que más tiempo lleva en el lugar. Llegó en 2023 para estudiar ukelele y, con el tiempo, también descubrió su vínculo con la voz. “Empecé estudiando ukelele y por ahí la voz no me interesaba mucho, pero después le fui agarrando la mano y ahí me encariñé”, cuenta. Agustín, conocido como “Tuti”, comenzó este año y recuerda que estuvo muy cerca de no quedar seleccionado. “Arranqué de suerte porque se presentaron un montón de personas y estuve a nada de no entrar. Le agradezco a Dios que pude”, relata.

Iván llegó en 2024. Al principio, reconoce, la música no era algo que lo apasionara. “Mi papá tenía una banda, así que me dijo que fuera y así llegué”, cuenta. Camila, en tanto, conoció Jardín de Rock gracias a una amiga. “Iba a ver en cada concierto y así fue como tomé una prueba para ver si entraba y por suerte quedé. Me encanta estar con ellos y pasarla bien”, dice.

Para Agustina, lo que ocurre en Jardín de Rock va incluso más allá del gusto por una canción o un instrumento. “Principalmente por la música, no es un gusto, es un valor. Te hace más grande y te vuelve mejor persona”, afirma. Agustín también encontró en la guitarra algo que durante mucho tiempo había quedado pendiente. “De chico siempre me gustó la guitarra y nunca pude empezar porque no le dije a nadie. Le agradezco a mi papá por haberme inspirado y haberme dado una guitarra. Fui a un profesor y él me hizo llegar hasta acá”, cuenta.

Iván reconoce que con el paso del tiempo comenzó a disfrutar cada vez más de la música y que uno de sus momentos preferidos son los conciertos. Camila, en tanto, resume otra de las claves del espacio: “No solamente es la música, sino que también disfrutamos de jugar”.

Este sábado, Jardín de Rock vuelve a subir al escenario

Todo ese trabajo tendrá una nueva celebración este sábado 19 de septiembre, cuando se realice por quinto año consecutivo el Festival de Bandas Infantil. La propuesta, denominada “Grita el Jardín de Rock”, tendrá lugar en el Centro Cultural Conte Grand, desde las 16 horas, con entrada libre y gratuita. “El eje central de esta propuesta será el festival de bandas, en donde participarán ocho proyectos, siete bandas y una solista”, explicó Flor.

Durante la jornada subirán al escenario distintos proyectos infantiles, entre ellos Clara, Altoparlante, Gatas Vampiras, Fórmula 9, What!?, Bombas Rockeras, Calaveras Negras y Leopardos. Será, en definitiva, otra oportunidad para que estos chicos hagan aquello que tanto disfrutan: agarrar un instrumento, encontrarse con sus compañeros, subir a un escenario y dejar que la música haga el resto.

Porque quizás eso sea Jardín de Rock: un lugar donde los chicos no solamente aprenden a tocar canciones, sino también a escuchar, esperar, compartir, equivocarse, volver a intentar y crecer juntos.