HISTORIAS

Día del Canillita: entre la crisis y los diarios digitales, un oficio que no tiene herederos

En San Juan, la caída en la venta de diarios impresos, las dificultades económicas y la falta de jóvenes que quieran continuar con la actividad pusieron en jaque a una tradición de décadas. Carlos Pissano, canillita desde los 15 años, contó cómo cambió el trabajo y por qué cree que la generación actual podría ser la última.

Cuando todavía no sale el sol, Carlos Pissano ya está en movimiento. Como lo hacía desde los 15 años, comienza su jornada entre diarios, revistas y recorridos por las calles de San Juan. A sus 66 años, lleva casi seis décadas en un oficio que aprendió de su padre y que, con el paso del tiempo, se convirtió en parte de su vida.

Sin embargo, el trabajo cambió. Los diarios impresos dejaron de tener el protagonismo de otras épocas, los lectores encontraron nuevas formas de informarse y muchos puestos tuvieron que cerrar. En el Día del Canillita, la historia de Carlos permite conocer de cerca una realidad que atraviesa a quienes todavía sostenían la actividad: un oficio que se transmitió de generación en generación, pero que ahora podría terminar con quienes lo ejercen.

"Mi papá era canillita y yo lo ayudaba desde chico. Después seguí yo", contó Pissano al recordar cómo había comenzado su vínculo con la actividad. Aquella rutina familiar se transformó en un trabajo de toda la vida, aunque las condiciones ya no son las mismas.

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Su jornada empieza alrededor de las 5 de la mañana. Primero retira los diarios, después realiza el reparto y pasa por la distribuidora de revistas. Finalmente, abría su puesto, ubicado en Santa Fe y avenida Johnson. Cerca de las 14, cuando el movimiento disminuye, termina su día.

Pero las ventas ya no acompañan como antes. Actualmente, distribuye entre 25 y 30 diarios por día y unos 50 los domingos. En el puesto, en cambio, apenas vende tres o cuatro ejemplares diarios. Los clientes que todavía eligen el papel son, en su mayoría, lectores de muchos años, algunos de los cuales mantienen esa costumbre desde hacía tres décadas.

"La gente ahora lee las noticias por internet", fue una de las razones que explicó para describir el cambio. La aparición de los portales digitales y el acceso inmediato a la información desde los teléfonos celulares modificaron los hábitos de lectura y redujeron la cantidad de personas que se acercan a comprar el diario.

De los diarios a los artículos de colección

Para sostener los puestos, los canillitas tuvieron que ampliar la oferta. Ya no alcanza con vender diarios y revistas: vasos cerveceros, llaveros, artículos de cocina, tuppers y diferentes colecciones comenzaron a ocupar un lugar importante en los mostradores.

Autos, cuchillos, juguetes, muñecos, libros, ollas y moldes fueron algunos de los productos que se sumaron con el paso del tiempo. También las figuritas durante los mundiales representaron una oportunidad para recuperar movimiento. En ocasiones especiales, como la visita del Papa, la expectativa estaba puesta en que las editoriales lanzaran pósteres u otros artículos relacionados.

A pesar de esas alternativas, el panorama sigue siendo complicado. "Estamos quedando cada vez menos", resumió Carlos al referirse a la cantidad de puestos que habían cerrado en San Juan, incluso en zonas del microcentro donde históricamente había presencia de canillitas.

Una tradición familiar que perdió continuidad

La caída de las ventas y la crisis económica no son las únicas preocupaciones. Para Pissano, uno de los problemas más grandes está en la falta de nuevas generaciones que quieran continuar con el trabajo.

Durante años, el oficio se transmitió de padres a hijos. Sin embargo, esa costumbre parecía estar llegando a su fin. Según contó, muchos de sus compañeros tienen hijos que no quieren seguir con la actividad y apenas tres o cuatro jóvenes continúan actualmente en el rubro. Algunos encontraron en ese trabajo una salida ante la falta de otras oportunidades laborales.

La exigencia de la rutina también pesa. El trabajo comienza de madrugada y se extiende durante toda la semana, incluidos sábados y domingos. Es una actividad que requería constancia, muchas horas en la calle y pocas posibilidades de descanso.

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En su caso, Pissano se mostró orgulloso de que sus hijas elijieron estudiar y construir sus propios caminos. Después de casi 60 años detrás de los diarios, sabe que su historia no necesariamente tienen continuidad dentro de su familia.

Aun así, no perdió las esperanzas de que la situación mejorara. Recordó que durante los períodos de mayor movimiento minero en San Juan las ventas habían repuntado, porque los trabajadores contaban con más dinero para consumir.

Mientras tanto, cada madrugada, Carlos sigue levantando la persiana de su puesto. En el Día del Canillita, su historia refleja el presente de un oficio que acompañó a varias generaciones de sanjuaninos y que, entre la crisis, los cambios tecnológicos y la falta de relevo, enfrenta una pregunta difícil: ¿quiénes seguirían vendiendo diarios cuando los canillitas de hoy dejaran de hacerlo?

Pese a las dificultades, el canillita aseguró que ya  ha atravesado otras crisis y mantiene la expectativa de que la situación mejorara. También recordó que, cuando hubo mayor movimiento de la actividad minera en San Juan, las ventas habían repuntado porque los trabajadores tenían más dinero para consumir. En ese sentido, consideró que la recuperación del trabajo y la contratación de mano de obra local podían ayudar a mejorar la economía.

Mientras tanto, cada madrugada, Pissano y los canillitas que todavía permanecen en actividad siguen levantando sus persianas. 

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