OPINIÓN
La reforma impositiva que nos debemos
Un país que quiere incentivar la iniciativa privada no puede tener los impuestos que tiene Argentina, sin embargo, una reforma impositiva a fondo no parece estar en la agenda de este gobierno.
Hemos escuchado hasta el cansancio al presidente Javier Milei maldiciendo los impuestos y el poder coercitivo del Estado para aplicarlos, según sus propias palabras "Odio al Estado, es una asociación criminal violenta que vive de los impuestos", sin embargo, no hay proyectos para bajarlos ni para simplificarlos.
La solución no es simplemente cambiar el nombre de AFIP por ARCA, si cambiar los nombres resolviera problemas yo cambiaría el mío por Lionel Messi o, mejor aún, Franco Colapinto.
No, este no va a ser otro artículo de los que se quejan de la alta presión tributaria, en su lugar, voy a tratar de escribir apelando a la importancia que tendría en la Argentina de hoy, una reforma tributaria a fondo que permitiera atraer inversiones en serio (más todavía que el RIGI).
Como ya sabemos, los impuestos son herramientas esenciales para que los gobiernos financien servicios públicos, promuevan el desarrollo y reduzcan desigualdades. Pero, en nuestro país y gracias a sus características federales, las sucesivas administraciones públicas han explotado al máximo sus facultades para establecer impuestos, tasas y contribuciones, a tal punto, que es una tarea difícil establecer en nuestro país la verdadera presión impositiva ya que confluyen impuestos nacionales con los establecidos por las provincias y hasta las tasas municipales.
En Argentina se pagan 155 impuestos entre tributos nacionales, provinciales y municipales. Son siete más que los que había en 2023. Los municipios han sido los niveles del estado de mayor actividad creativa.
Los gobiernos provinciales se las han ingeniado para mantener vivos y cada vez más activos impuestos regresivos como el impuesto sobre los ingresos brutos, que existió en la Europa feudal pero que prácticamente ya no existe en ningún país del mundo.
En Francia, durante los siglos XV al XVIII, existían ciudades llamadas "ciudades francas" (villes franches). Estas localidades disfrutaban de exenciones fiscales totales o parciales otorgadas por el rey o un señor feudal. Estas exenciones se establecían como privilegios para atraer habitantes, fomentar el comercio, premiar la lealtad o compensar algún servicio especial prestado a la Corona o al territorio.
Además, como si esto fuera poco, han surgido mecanismos de regímenes de retención y percepción que anticipan los impuestos donde quiera que se generen (por las dudas).
Así, una empresa que tenga su actividad en todo el país, soportará retenciones de todas las provincias del país, lo que los obliga a ser muy cuidadosos y de no dejar abierta ninguna de las 24 puertas fiscales si no quieren acumular créditos de difícil realización.
Hay impuestos en todo lo que compramos, un auto, un pantalón, una gaseosa y hasta un sachet de leche. Pero, no sólamente estamos sometidos a un número impúdico de impuestos, sino también a una burocracia y complejidad increíbles.
Una reforma tributaria es fundamental para incentivar el desarrollo económico, no solamente para tratar de disminuir el costo de los bienes y servicios, sino también para simplificar la actividad económica.
La primera vez que se intentó (al menos que yo recuerde) fue durante el gobierno de Fernando De La Rua, donde se le encomendó a un equipo dirigido por el economista Daniel Artana la revisión integral del sistema tributario, por supuesto, el gobierno terminó antes que esta reforma pudiera hacerse realidad.
Más cerca, Mauricio Macri firmó un pacto federal para que las provincias disminuyeran los impuestos y también disminuyó el impuesto a las Ganancias. Por desgracia esa reforma duró poco y a los pocos meses el mismo gobierno tuvo que establecer una contrarreforma.
¿Por qué digo que hoy es el momento de retomar este tema? Porque el camino iniciado por Javier Milei implica la apertura a las importaciones, con pocos aranceles para los productos importados. La industria nacional se encontrará (una vez más) en una competencia desleal, obligada a competir con productos fabricados en países donde los costos fiscales son un tercio de los que hay aquí.
Hay impuestos que no pueden seguir existiendo, además del querido Impuesto PAÍS que adolece de toda razón tributaria y que afortunadamente tiene sus días contados. Algunos de éstos impuestos son:
- El impuesto sobre los débitos y créditos bancarios (o impuesto al cheque)
- El impuesto sobre los ingresos brutos y sus derivados y/o adicionales.
Pero también hay “extensiones” de estos impuestos que son muy regresivos:
- El IVA adicional (que duplica la alícuota impositiva de los bienes importados).
¿Qué pasa en el resto del mundo?
Si bien podemos discutir sobre la presión impositiva en otros países del mundo, es indudable que ningún otro país tiene tantos impuestos ni complejidad como Argentina.
En el resto del mundo, la implementación y magnitud varían significativamente según el país, configurando una "carga impositiva" que impacta de manera diferente en las economías y sociedades.
La carga impositiva, medida generalmente como el porcentaje de ingresos que se destina al pago de impuestos, varía ampliamente a nivel mundial. Países como Dinamarca, Suecia y Francia, con sistemas de bienestar robustos, tienen cargas impositivas superiores al 40% del PIB. Estos países justifican su alto nivel de tributación con servicios sociales universales, fuertes redes de seguridad y calidad de vida alta.
Por otro lado, economías como Estados Unidos tienen una carga impositiva menor, cerca del 25% del PIB, priorizando un enfoque más orientado al mercado. En los países en desarrollo, la carga impositiva es más baja, debido a sistemas fiscales menos eficientes y una alta informalidad económica, lo que limita la recaudación y el gasto público.
El caso de Argentina: Un sistema fiscal complejo y regresivo
Argentina presenta una de las cargas impositivas más altas de América Latina, alcanzando aproximadamente el 30% del PIB. Sin embargo, su sistema tributario está marcado por la complejidad, la regresividad y la evasión fiscal.
El peso de los impuestos recae de manera desproporcionada sobre el consumo, a través de gravámenes como el IVA, que impactan más en los sectores de menores ingresos. Por el contrario, la presión sobre la renta y el patrimonio es relativamente baja y poco progresiva. Además, la carga impositiva formal desincentiva la inversión y fomenta la informalidad, factores que limitan el crecimiento económico.
El contexto argentino también incluye problemáticas particulares como la alta inflación, que distorsiona el sistema tributario, y la dependencia de ingresos fiscales para financiar un gasto público creciente, exacerbando el déficit fiscal y la deuda.
Un sistema impositivo ineficiente y desigual puede generar efectos adversos en la economía, como desincentivar la inversión, reducir la competitividad y perpetuar las desigualdades. En el caso argentino, la presión tributaria, combinada con la incertidumbre económica, ha afectado negativamente al sector privado, crucial para el crecimiento.
Por otro lado, los países con sistemas fiscales efectivos logran financiar políticas públicas que estimulan el desarrollo y reducen las desigualdades. Así, el desafío no radica solo en la magnitud de los impuestos, sino en su diseño y en cómo se utilizan los recursos recaudados.
El futuro de los impuestos: Innovación y equidad
El futuro de los impuestos está marcado por dos grandes tendencias: la digitalización y la necesidad de justicia fiscal.
- Digitalización y tecnología: Los avances tecnológicos están transformando la recaudación fiscal, permitiendo una mayor eficiencia y transparencia. Los impuestos digitales, diseñados para gravar a gigantes tecnológicos globales, son un ejemplo de cómo las economías buscan adaptarse a un mundo digitalizado.
- Sostenibilidad y justicia fiscal: En un contexto de crisis climática y desigualdades crecientes, se están promoviendo impuestos ambientales y reformas para gravar de manera más justa a las grandes fortunas y corporaciones.
En Argentina, una reforma integral que simplifique el sistema, lo haga más progresivo y fomente el crecimiento económico es clave para avanzar hacia un modelo sostenible.
Conclusión
Los impuestos son una herramienta poderosa para moldear el desarrollo económico y social. Un sistema fiscal bien diseñado puede fomentar la equidad, estimular la inversión y garantizar servicios públicos de calidad. Sin embargo, en países como Argentina, donde la carga impositiva es alta, pero ineficiente, se necesita un enfoque estratégico que combine justicia fiscal, transparencia y estímulo económico. El futuro de los impuestos debe estar guiado por la innovación y un compromiso con la equidad y la sostenibilidad.