80 años del terremoto 44: 10 mil muertos, una provincia devastada, y recuerdos aún latentes

Este 15 de enero se cumple un nuevo aniversario del terremoto considerado la peor catástrofe natural de la Argentina.
80 años del terremoto 44: 10 mil muertos, una provincia devastada, y recuerdos aún latentes
80 años del terremoto 44: 10 mil muertos, una provincia devastada, y recuerdos aún latentes
Por Redacción 0264Noticias
lunes 15 de enero de 2024

Este lunes 15 de enero se cumplen 80 años del terremoto de 1944 de San Juan, considerado la peor catástrofe natural de la Argentina. Con epicentro a 20 kilómetros al norte de la ciudad de San Juan, cerca de La Laja, en Albardón, el movimiento telúrico alcanzó 7,4 grados de magnitud en Escala Richter y se cobró la vida de más de 10.000 personas sobre una población de 80.000 habitantes. El 80% de las construcciones quedaron colapsadas y llevó muchos años volver a levantar la ciudad. Unos 10.000 sanjuaninos perdieron la vida en uno de los eventos naturales más destructivos de la Argentina.

En solo veinticinco segundos, San Juan ya no existía. En menos tiempo que el que se tarda en leer este párrafo, la ciudad había caído, sepultada por un terremoto, convertida en un extraño océano de polvo y cenizas que tornaban el aire irrespirable, en medio de los gritos de terror y desconcierto de sus habitantes, de los que ya habían muerto cerca de diez mil y quedaban heridas y perdidas entre los escombros otros miles de víctimas. Una tragedia bíblica se había desatado sobre una ciudad pacífica, indefensa, inocente.

Sucedió el 15 de enero de 1944, hace 80 años. Nunca tanta desgracia había caído sobre una ciudad argentina, y nunca nadie había enfrentado una emergencia tal como la enfrentaron los sanjuaninos aquella noche terrible y espantosa. Era sábado. Faltaban ocho minutos para las nueve de una tranquila noche de verano. Como era tradición, sábado a la noche, cine, centenares de personas salían de la sala principal, la de los estrenos, y otros cientos esperaban entrar. Los principales restaurantes recibían a sus clientes, los bares estaban llenos, las mujeres habían ido a la zona norte de la capital, a la iglesia de la Inmaculada Concepción de María, a ver los casamientos de esa noche, los sanjuaninos más chicos, al cuidado de los abuelos para que los padres descansaran una noche de tanta niñez, dormían ya, o escuchaban el cuento que acercaba el sueño.

De pronto, nada existía: ni cines, ni iglesia, ni bares, ni restaurantes, ni infancia, ni nada. El ochenta por ciento de los edificios de la ciudad, de ochenta mil habitantes, se había derrumbado después de apenas veinticinco segundos de terror: miles de viviendas, de edificios públicos, de obras comunales, de sitios históricos, de monumentos en las plazas que consagraban a patriotas que iban a ser eternos en el bronce, eran solo escombros. El terremoto se había despertado veinte kilómetros al norte de la ciudad, cerca de La Laja, departamento Albardón. Fue violentísimo: 7,4 en la escala de Richter y se sintió fuerte en Córdoba, La Rioja, Mendoza y San Luis. La ciudad se derrumbó porque, en gran parte, sus construcciones eran de adobe, o de ladrillo cerámico: nada ni nadie estaba preparado para la tragedia que sacudió los departamentos de Albardón, Angaco, Ullum, Chimbas, San Martín y Caucete, que sería devastada por otro terremoto en 1977.

Aunque no se conoce con exactitud la cantidad de víctimas, porque debieron ser enterradas con rapidez por el Ejército en una fosa común, se calculan en un número de alrededor de diez mil.

Al horror siguió de inmediato el caos. Todos lo habían perdido todo. Las operaciones de rescate dependieron en esos instantes de la voluntad de los héroes anónimos que se largaron a revolver escombros para salvar las vidas atrapadas o desenterrar a los muertos. Los cadáveres fueron llevados a la plaza principal y amontonados allí, en una tétrica pila iluminada por los faros de los autos, porque San Juan ya no tenía luz, ni agua, ni futuro.

La Eterna Llama Votiva, el homenaje de 10 presos a las víctimas y a una provincia resiliente.

Ubicada en avenida Libertador y Paula Albarracín de Sarmiento -la única esquina de Casa de Gobierno-, la Eterna Llama Votiva es uno de los monumentos más icónicos de la provincia y es reconocido por la mayoría de los sanjuaninos, pero pocos conocen su historia. Este homenaje fue construido en el 2001 por un grupo de 10 internos del Penal de Chimbas, gracias a una acción conjunta entre el Servicio Penitenciario Provincial (SPP) y el Gobierno de Alfredo Avelín.

La obra quedó formalmente inaugurada el 16 de mayo de 2002, y tanto el Cristo, el sagrario y la puerta de ingreso a la capilla, fueron construidos por el escultor Luis Jofre, quien también pertenecía al Servicio. Los internos que trabajaron en el monumento son: Ceferino Amaya; José Romero; Alfredo Morales; Pedro Rodríguez; Hipólito Gutiérrez; Raúl Páez; Montaño Herrera; Segundo Peña; Eduardo Carrizo; y Héctor Ponce.

La madera, el hierro y el vidrio que ocuparon para el monumento, fue donado por los empresarios Pedro Omar Sánchez (Pinturería Córdoba); Gustavo Emilio Ferrer (I.M.A.); Marcelo Ighani (Cadeco Construcciones); y Juan Carlos Giugni (Casa Vigo).

Iglesia Catedral: la reconstrucción

La antigua iglesia tenía 222 años y había sido declarada Monumento Nacional. Pero el terremoto de 1944 destruyó ese trozo de la idiosincrasia sanjuanina. Provocó el derrumbe de parte de su techo y afectó de tal modo sus paredes, que no quedó más remedio que derrumbarla por completo. La construcción del nuevo edificio demoró 35 años. En 1979 el entonces arzobispo de San Juan, Idelfonso María Sansierra consagró el templo a Dios, abriendo otra vez sus puertas y logrando curar, al menos en partes, la enorme cicatriz que dejó el peor fenómeno vivido en la provincia.

La antigua Catedral se creó bajo la dirección de la Orden de los Jesuitas y se inauguró en 1712, ofrendada a San José. La construcción se realizó mediante la contribución pública y la tarea de la Orden. Se encontraba en el mismo lugar que la actual, en la esquina de la Calle Real de Carretas, hoy Mendoza, y la Calle del Portón, actual calle Rivadavia.

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