¿Es Putin el peor estratega del siglo XXI?

domingo 01 de septiembre de 2024

Cuando el 24 de febrero de 2022 Putin ensayó su “Operación Militar Especial” sobre Ucrania creyó que simplemente el país caería fácilmente en sus manos. Envalentonado por el éxito de una operación similar desarrollada en enero de ese miso año para sostener al gobierno aliado de Kazajistán de los levantamientos sociales, el Kremlin evaluó que esta nueva operación sería algo rápido y contundente, al punto que utilizó territorio bielorruso del gobierno títere de Aleksandr Lukashenho para su ejecución.

Pero los errores militares y en política internacional se pagan caros. Peor aún, se pagan con la sangre de los soldados y civiles caídos, con los daños económicos y con consecuencias a largo plazo muchas veces irreversibles que hipotecan el futuro de un país.

No es el objeto de esta nota entrar o debatir las causas o las taras ideológicas que causan el conflicto ruso-ucraniano, mucho menos definir quien posee la razón o es más o menos legítimo en sus planteos, simplemente la idea es dimensionar la forma en que un conflicto mal planteado y peor evaluado puede llevar a la ruina de un régimen y de sus líderes…. ¡aunque puedan ganar la guerra!

Un error estratégico, el de invadir Ucrania en este caso, nunca viene solo, siempre genera una cadena de errores posteriores que agravan la situación, más en el caso del régimen de Putin, donde, aislado y derrotado económicamente, solo le queda huir hacia adelante a la espera de un escenario mejor para sentarse a negociar si no puede lograr un triunfo por las armas más o menos definitivo.

El fallido argumento esgrimido por Rusia inicialmente de no querer a la OTAN en su frontera, ya que supuestamente Ucrania deseaba ingresar en la alianza atlántica, trocó en no solo tener a la OTAN cerca, si no también tener ahora enfrente a la OTAN más poderosa de la historia. Tanta fue la sombra de su amenaza que logró que países históricamente neutrales -como Suecia y Finlandia- pidieran el ingreso a la mayor alianza militar del mundo, y que hasta la históricamente neutral Suiza se uniera las sanciones económicas contra Moscú. Así, en lo político y militar, Putin gestó un nuevo equilibrio de poder en Europa, ahora mucho más inconveniente para la “madre Rusia”.

La visión de mundo del líder ruso se basa en la antigua geopolítica centrada -o limitada- al control del espacio territorial total, parcial o puntual del enemigo, cuando hoy existe una nueva geopolítica que enseña que el control comercial, financiero y las inversiones en infraestructura -como en los puertos y aeropuertos- logra objetivos similares sin derramamiento de sangre y sin exponerse a una potencial derrota. La penetración global de China demuestra el éxito de este punto.

El fallido cálculo de los analistas rusos ha significado la pérdida de al menos unos 615.000 soldados propios y la destrucción de gran parte del equipamiento de sus fuerzas armadas. Las cifras son contundentes, Rusia habría perdido unos 8.500 tanques de guerra, 16.700 blindados, 17.600 cañones, 1.100 vehículos lanzacohetes, 368 aviones, 328 helicópteros y cerca de 25.000 vehículos terrestres de transporte, recuperación, o con equipamiento tecnológico esencial. Por supuesto que las pérdidas ucranianas también son gravísimas, pero es de suponerse que estos números no estaban en la cabeza del ministro de Defensa Serguéi Shoigú y del Jefe del Estado Mayor Valeri Guerásimov, inicialmente los popes del alto mando ruso.

En este nuevo contexto, se puede afirmar que Putin es el fundador de la nueva OTAN. Con su alocada decisión militarizó Europa, hizo que los países miembros de esta organización aumentaran sus presupuestos militares tras años de conductas remolonas en este sentido, las que oportunamente fueron criticadas por Donald Trump. Estos engrosados presupuestos han permitido aumentar el alistamiento militar, el sostenimiento logístico y la adquisición de nuevos sistemas por parte de los países europeos.

El regreso del terror ruso también ha convertido a Polonia en una nueva potencia europea, acelerando su desarrollo de tecnología militar y sus generosas compras de material bélico en el extranjero, las que han permitido a proveedores como Corea del Sur convertirse en grandes exportadores de armas. El caso de Alemania quizá sea el que mejor represente esta nueva realidad. El nuevo contexto internacional ha llevado a que Berlín comprenda que debe desarrollar estatura estratégica y participar de un genuino proyecto geopolítico europeo, por ahora sin Rusia.

Tras la penetración de Moscú en Ucrania, Berlín anunció un inmediato refuerzo en su presupuesto militar de cien mil millones de euros, lo que le permitiría en un plazo mediano redimensionar sus fuerzas armadas al recuperar capacidades que resultarán de poner en funcionamiento sistemas de armas almacenados y acelerar programas de adquisición y desarrollo. Alemania, previo al conflicto, mantenía en activo menos del 35% de su equipamiento militar, es de esperar que este porcentual crezca progresivamente en los próximos años.

Desde una perspectiva “pseudocolonialista” del mundo, Rusia ha ocupado un espacio territorial rico en recursos. Entre la región del Donbass -la Ucrania Oriental parcialmente controlada por Putin- Jersón y Zaporiyia se encuentran uno de los dos mayores yacimientos de litio de Europa, la mayor mina de sal del mundo, reservas de agua dulce y la planta de energía nuclear de Zaporiyia, una de las diez más grandes jamás construidas.

Los países europeos, particularmente los de Europa del Este, comprendieron la amenaza rusa y comenzaron a sostener el esfuerzo de guerra ucraniano con fondos y armas. De hecho, la ayuda de los países más pequeños, como Estonia, Letonia y Lituania es proporcionalmente al tamaño de sus economías más grande que la de los Estados Unidos, Alemania o Gran Bretaña. La ley no escrita reza que si a Rusia se la frena en los lagos pantanosos del este de Ucrania no será por muchos años una amenaza en el Báltico ni en Europa Central

Aún así, mucho les ha costado a los países europeos y de la OTAN superar sus miedos e iniciar el proceso de envío de equipamiento militar al gobierno de Kyiv. Fueron meses de deliberaciones hasta que los grandes tanques Abrams estadounidenses, Challenger británicos y sobre todo los Leopard alemanes comenzaron a llegar al frente ucraniano, y en el caso de los Leopard siempre en versiones antiguas y aportadas por múltiples países.

Ahora un proceso similar se vive con el envío de aeronaves de combate. Recientemente se aprobó la llegada a Ucrania de un paquete de aviones estadounidenses F-16 -muchos montados en Europa y provenientes de Bélgica, Países Bajos, Dinamarca y Noruega- que llegarán progresivamente a Ucrania en la medida en que los aviones, las bases, la logística y el personal sea preparado adecuadamente, pero ese largo proceso les impedirá ser decisivos en combate.

Menos ruido y más efectividad tuvieron el envío del misil táctico de largo alcance de ataque a tierra francobritánico MBDA Storm Shadow/Scalp EG, los misiles lanzados desde tierra  ATACMS o los cohetes Himars, estos dos últimos estadounidenses, eso sin citar a las nuevas reinas de los campos de batalla, los drones y las municiones dirigidas, que hacen estragos entre las fuerzas blindadas y la infantería enemiga, quitándole todo romanticismo –si alguna vez lo tuvieron- a los nuevos campos de batalla.

Otra de las víctimas del desmanejo de Putin fue la suerte que corrió el Grupo Wagner, su ejército privado. Brazo armado y ejecutor estratégico de los intereses rusos en Medio Oriente y África, el Grupo Wagner, al que se lo supuso uno de los dos ejércitos privados más grandes del mundo, primero fue sacrificado en los combates por el control de la ciudad de Bajmut, en el Donetsk, y luego descabezado cuando su líder y supuesto propietario Yevgueni Prigozhin murió en un sospechoso accidente aéreo tras encabezar una rebelión contra los altos mandos militares rusos, a los cuales acusaba de ineficaces, de haber bombardeado a sus propias fuerzas y de no proporcionarle las municiones y de equipamiento prometido para continuar a la guerra.

El ya largo conflicto ha dejado otros muchos daños estratégicos militares, políticos y económicos para Rusia. Entre los daños estratégicos militares está la práctica destrucción de la Flota Rusa del Mar Negro, con el hundimiento de su barco insignia, el crucero lanzamisiles “Moskva”, los daños graves que recibió la fragata “Admiral Makarov”, el hundimiento del buque de desembarco “Caesar Kunikov” y la pérdida de un submarino y de cerca de una veintena de otros buques de distinto porte.

Entre los daños estratégicos políticos, la guerra generó una profunda crisis entre los movimientos identitarios, de derecha radical y euroescépticos europeos que tan laboriosamente Putin había ayudado en su construcción y había financiado en algunos casos. Ni hablar del cuestionamiento de la doctrina de la “Cuarta Teoría Política” propuesta por Aleksandr Duguin, la que se centraba en la idea de que debía realizarse una nueva construcción política ruso-europea, basada en la identidad cultural y la tradición, y no ya en los postulados económicos o ideológicos heredados del siglo XX que habían acercado Europa a los Estados Unidos.

Otro daño no completamente percibido es la ruptura definitiva de una historia en común entre Rusia y Ucrania. Cuando Volodímir Zelenski llegó al gobierno ucraniano era rusoparlante y había propuesto en el marco de su campaña electoral llegar a un entendimiento con Rusia para terminar con los choques bélicos en el Dombass -los que se habían iniciado por el separatismo de los rusos étnicos que habitan esa región- y buscar un entendimiento por la península de Crimea, arrebatada por los rusos a Ucrania en 2014. Pero el desmedido accionar ruso hizo que un cercano presidente ucraniano se volviera un archirrival, aprendiera el ucraniano y se convirtiera en la imagen internacional de la resistencia contra la agresión rusa, sin importar las causas de esta última. Putin desrusificó Ucrania -cultural y económicamente- para siempre.

Finalmente, y para no hacer más extenso este análisis, se podría poner atención en el proceso de desacople de Rusia con Occidente. La guerra significó la destrucción del proyecto económico ruso-alemán que cancilleres como Gerhard Schroeder, Angela Merkel e incluso Olaf Scholz se habían empeñado en construir. Una gigantesca inversión ruso-alemana como lo era el gasoducto Nord Stream II fue destruida, se retiraron masivamente inversiones occidentales de Rusia, que además malgastó sus reservas internacionales –calculadas en 650 mil millones de dólares antes de la guerra-, sufrió el congelamiento de sus activos en casi todo el mundo y perdió al mejor cliente de su gas: Europa.

Esta guerra, ya la más importante desde la Segunda Guerra Mundial si contemplamos el número de víctimas y los costos económicos, limitará en gran medida el desarrollo tecnológico de Rusia al aislarse de Occidente y entregarse a los intereses chinos, mucho más salvajes, que han demostrado ser peores clientes de sus commodities y afectos a la feudalización económica; al punto que todo el vacío que dejaron las empresas y capitales occidentales ya fue ocupado por el gigante asiático, quien parece ser el gran ganador de este conflicto sin haber disparado un solo tiro.

 

Por Eduardo Carelli, historiador y columnista de 0264Noticias

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