OPINIÓN

Trump, Posen y el control de los “global commons”

domingo 08 de diciembre de 2024

El final de la Guerra Fría en el bienio 1989-1990 marcó el nacimiento de un “mundo unipolar”, donde los Estados Unidos emergían como la única potencia hegemónica. Esta supremacía fue absoluta por al menos una década hasta el atentado a las Torres Gemelas, en septiembre de 2001, hecho que demostró que esa gran potencia podía ser desafiada y golpeada en su propio territorio.

Ese acontecimiento terrible marcaba el nacimiento de un mundo nuevo, donde las guerras se medievalizaban con la aparición de nuevos conflictos que resultaban de motivaciones que se creían olvidadas. Así las cosas, la “Hegemonía Liberal” de los ’90 daba lugar a nuevas guerras, las que podían ser por causas étnicas, religiosas o por el control de espacios y recursos; pero claramente ya no eran ideológicas.

Este nuevo mundo, y sobre todo tras el shock que causaron los atentados al World Trade Center, hicieron que Washington se embarcara en guerras eternas, como las de Afganistán e Iraq, para combatir a sus nuevos enemigos y sostener esa inesperada hegemonía originada por la debacle del comunismo soviético.

Esa estrategia de alcance planetario era sostenida por un grupo de políticos “neocons”, liderados por George W. Bush, que llevaron adelante intervenciones militares en puntos en extremo lejanos, que no solo desgastaron económicamente al país sino que obtuvieron resultados sumamente modestos.

A la luz de estos acontecimientos, un investigador de la Universidad de Cornell y del Instituto Tecnológico de Massachusetts llamado Barry Posen propuso cambiar la gran estrategia nacional de los Estados Unidos. Para ello publicó un libro llamado “Restraint” -Moderación-, en el que proponía renunciar a la intención de controlar espacios geográficos o embarcarse en guerras innecesarias -es decir moderar las ambiciones- y concentrarse en la seguridad nacional, lo que significaba pasar de la estrategia de la “Hegemonía Liberal” a una menos costosa y derrochadora. Para ello propuso que se debía readecuar el instrumento militar para controlar los “global commons” -los espacios comunes- cuyo acceso es compartido con otras potencias que pueden desafiar a los Estados Unidos.

Esos espacios comunes son el espacio aéreo, el alta mar y el espacio supraterreno o exterior, el que se encuentra por encima del espacio aéreo regulado por los Estados y que es donde orbitan los satélites militares y de comunicaciones, es decir a partir de los 100 kilómetros de la superficie terrestre. Este dominio de los espacios comunes, “command of the commons” como lo denomina Posen, debía basarse en una nueva estrategia militar que garantizara no solo el acceso de los Estados Unidos a los mismos -para mantener su dominio planetario- sino que permitiera paralelamente negárselos a sus rivales en caso de guerra. Además, esta nueva estrategia eximía al país de tener que involucrarse en nuevos conflictos que implicaran el despliegue, el estacionamiento y la permanencia de fuerzas en el extranjero.

De todos modos, la competencia por el control del espacio supraterreno no es nueva. El inicio de la carrera por el control del espacio supraterreno o exterior había comenzado con el lanzamiento del satélite soviético no tripulado Sputnik I -el 4 de octubre de 1957- desde un misil intercontinental modificado llamado R-7 Semyorka. La respuesta de Eisenhower, el por entonces presidente de los Estados Unidos fue inmediata: ordenó crear en 1958 la Agencia Espacial de los Estados Unidos, la NASA.

A esa decisión se le sumaría -ya durante los mandatos de John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson y Richard Nixon- del plan “Nueva Frontera”, para desarrollar hacia finales de la década de 1960 el famoso programa espacial Apolo que buscaba llevar al hombre a la luna y darle a Moscú una clara señal acerca de quién tenía la iniciativa espacial y la superioridad tecnológica.

Este fue el inicio también de un nuevo paradigma bélico que implicaba detener un ataque nuclear enemigo y luego llevar adelante un contraataque devastador a partir del control del espacio exterior. Para triunfar era necesario el dominio de todos los entornos en los que se debía combatir: la tierra, el mar, el aire y el espacio exterior. Así, en el afán de detener un ataque enemigo, ambas potencias desarrollaron primigenios misiles antibalísticos, como los estadounidenses Nike Zeus y Nike X -otrora famosos, ahora ya olvidados-. También aparecieron nuevas armas nucleares que tenían trayectorias suborbitales, los denominados misiles balísticos intercontinentales, y los misiles antisatélites defensivos, conocidos como ASAT.

El desarrollo de una geopolítica para el control del espacio exterior dio, al menos en los anuncios, un paso gigante cuando Ronald Reagan anunció su Iniciativa de Defensa Estratégica -Strategic Defense Initiative-. En un famoso discurso pronunciado el 23 de marzo de 1983, conocido como el discurso de “la Guerra de las Galaxias”, dijo: “hago un llamamiento a la comunidad científica de nuestro país, que nos dio las armas nucleares, para que vuelquen sus talentos a la causa de la humanidad y de la paz mundial, para que nos den los medios de rendir las armas nucleares impotentes y obsoletas”.

Si bien la Iniciativa de Defensa Estratégica no  pasó de los papeles, en administraciones posteriores los Estados Unidos realizaron nuevas “estrategias de seguridad nacional” que establecían que el país no debería estar en inferioridad militar con ninguna potencia. Esa tendencia se ha mantenido en líneas generales hasta el presente. En 2010, bajo la Administración Obama, apareció la Estrategia Nacional del Espacio, que también implicaba el desarrollo de nuevas tecnologías, como el avión espacial X-37B de la empresa Boeing y el despliegue del misil antibalístico RIM-162 Standard Missile 3 -o simplemente SM-3- incorporado al “Sistema de Defensa de Misiles Balísticos Aegis” y desplegado en barcos de la Armada de Estados Unidos.

Cuando Trump llegó a la presidencia en enero de 2017 fue poco a poco disminuyendo la participación militar y el compromiso político de la Casa Blanca en el exterior, sin embargo no fue aislacionista y buscó mantener cierto liderazgo. Hasta cierto punto siguió la agenda de Posen al disminuir la participación militar en el exterior, pero se alejó de ella al buscar mantener cierto liderazgo reflejado en la crisis con Corea del Norte, los choques económicos con China, los intentos por pacificar Medio Oriente o mantener el nivel de conflictividad con Irán y Cuba.

Pero quizá donde ambas estrategias, la de Posen y la de Trump, se tocaron fue en agosto de 2019 cuando Trump inauguró el Comando Espacial de los Estados Unidos. Dicha creación tenía como finalidad constituir un comando centralizado que tuviera por objetivo proteger los intereses estadounidenses en el espacio exterior, lo que él llamó "el próximo dominio de la guerra"; y sobre todo cuando, en diciembre del mismo año, creó la Space Force, la Fuerza Espacial, que debía depender de dicho comando.

Pero Trump no se detuvo ahí. Entre otras medidas decidió profundizar el control del espacio exterior mediante el desarrollo de la iniciativa espacial público–privada, reflejada en la colaboración entre la NASA y la empresa SpaceX, propiedad de Elon Musk –anunciado ya como futuro funcionario de Trump cuando éste vuelva a la presidencia en enero de 2025-.

Si bien en la última década son muchos los países que han desafiado a los Estados Unidos en el control del espacio exterior, probablemente con Trump, y en consonancia con la gran estrategia propuesta por Posen, veamos un regreso con fuerza a una geopolítica a la que muy pocas potencias pueden acceder: el control de los global commons.