OPINIÓN

El “Gran Tablero” sirio

domingo 15 de diciembre de 2024

Medio Oriente parece ser una gran y eterna disputa geopolítica que se remonta a los tiempos bíblicos pero que se conserva y actualiza constantemente. Es como si se jugara una eterna partida de ajedrez donde el tablero y los trebejos se mantienen, pero la partida es tan larga que los jugadores inevitablemente van cambiando.

Esta vez se ha podido ver como el régimen sirio liderado por Bashar al-Ássad, máxima autoridad del partido socialista árabe Baaz, no se pudo sostener en el gobierno tras una ofensiva de tan solo 12 días realizada por un conjunto de milicias sunitas hasta no hace mucho tiempo enfrentadas entre sí. Este régimen, que llegó al gobierno en febrero de 1971, fue impuesto por Háfez al-Ássad, padre de Bashar, un oficial respaldado por la fuerza aérea que él mismo integraba y por la minoría religiosa alawita -aliada al chiismo- a la que pertenecía fu familia. De la mano de ambos, padre e hijo, Siria supo jugar un papel trascendente en la historia de la región, como se pudo ver durante la guerra del Yom Kipur y la Guerra Civil Libanesa, con el primero, o los choques contra el Estado Islámico -que cerca estuvo de arrebatarle el control del país- y la Guerra Civil Líbica, con el segundo.

Sin embargo, tras una larga y desgastante guerra civil que surgió con el comienzo de los levantamientos sociales que nacieron con la “primavera árabe” que impactó en Siria desde inicios de 2011, el régimen fue languideciendo y solo el apoyo militar de Rusia, de Irán y de la organización palestina Hezbollah le permitieron mantenerse en el poder.

La debilidad del régimen prácticamente abandonado a su suerte por sus aliados que debían atender otros frentes, posibilitó que una ofensiva encabezada por un ramillete de milicias islámicas sunitas acabara con él muy rápidamente. El ataque que sorprendió al mundo estuvo encabezado por la milicia yihadista Hayat Tahrir al-Sham, que ya controlaba desde hace algún tiempo la ciudad de Idlib, al norte del país. Este grupo está liderado por Abu Mohamed al-Golani -un fanático wahabí antiguo miembro de la red Al Qaeda- que para la empresa se alió al Ejército Nacional Sirio, un pomposo nombre que oculta a un conjunto de milicias armadas y sostenidas por Turquía.

El éxito de la ofensiva se debió a la escasa resistencia que opusieron las fuerzas armadas del Estado, incapaces de combatir con efectividad luego del vacío militar dejado por sus históricos aliados, sin ellos el régimen de al-Ássad tambaleó y se derrumbó en solo doce días. La disminución del accionar de Rusia en el país, fuertemente limitado por su enfrascamiento en la torpe invasión a Ucrania; la retirada de las fuerzas de Hezbollah, llamadas a defender sus bases del Líbano; y la huída de las fuerzas iraníes de la Guardia Republicana, acosadas y casi expulsadas por el accionar de la fuerza aérea israelí, fueron claves para provocar el rápido derrumbe de un régimen de más de 50 años en el poder.

Las principales ciudades del país fueron cayendo rápidamente como piezas de un dominó. Primero Aleppo, luego Homs, Hama -una ciudad que nunca había perdido el gobierno de Bashar al-Ássad durante toda la guerra civil- y finalmente Damasco, la capital del país.

No queda claro cuál es el futuro inmediato de Siria. El país está dividido en una serie de regiones, cada una bajo un control diferente: los kurdos manejan la región nororiental y fueron claves en el esfuerzo internacional por combatir al Estado Islámico; la alianza de milicias que se ha hecho con el poder en las principales ciudadelas del país son patrocinadas mayormente por Turquía, enemiga declarada de la minoría kurda; los enclaves alawitas y cristianos en la costa del mar Mediterráneo, donde probablemente se hayan refugiado los restos del ejército nacional que respondía a al-Ássad; las milicias que representaban a las ciudades suroccidentales del Siria con llegada a los suburbios del sur de Damasco y que llevaron su propia guerra particular contra el anterior régimen; y el nunca definitivamente derrotado Estado Islámico, que continúa con presencias y controles de espacios territoriales discontinuos en el desierto suroriental sirio y en los límites con Iraq.

Hoy se puede hablar de un espacio geográfico en el que las cuatro primeras regiones pueden llegar hipotéticamente a un entendimiento entre sí, pero que pareciera difícil hacerlo con los resabios del Estado Islámico -el antiguo ISIS-, que tan cerca estuvo de controlar Siria y parcialmente Iraq. En definitiva podríamos hablar de una balcanización en la que existen cuatro regiones más el ISIS (4+ISIS).

Así como los talibanes se impusieron en Afganistán tras una rápida ofensiva armada, financiada y patrocinada por China, que esperaba realizar pingües negocios mineros en el país, las milicias sunitas en Siria estuvieron armadas y financiadas por Turquía. Las guerras civiles nunca son meramente civiles sino que por lo general las competencias geopolíticas globales o las guerras regionales están contenidas en éstas, por lo que ahora se esperan distintos probables escenarios para el país. Para algunos puede haber un escenario optimista, la ausencia de los al-Ássad puede llevar a una especie de normalización del país, pero están los que creen -me incluyo- que el país se encamina hacia una cantonización. Hoy se ve muy lejos todavía la posibilidad de lograr la unidad nacional.

¿Es el fin de una era geopolítica?

Esta larga guerra civil de todos contra todos ha tomado un nuevo cariz, el viejo proyecto geopolítico e histórico de la “Gran Siria”, que supo encarnar y orientar la familia al-Ássad, trocó por el de la “Gran Turquía” de Recep Tayyip ErdoÄŸan, al que parece todo salirle bien.

En Siria esta vez parecían jugar la histórica gran partida el eje Rusia-Irán-Hezbollah, por un lado, y Turquía, por el otro, con movimientos donde la paciencia turca fue venciendo paulatinamente, sobre todo por errores propios, al eje ruso-iraní. La equivocación estratégica, geopolítica e histórica de Rusia de invadir Ucrania ha hecho que Turquía ocupe el espacio dejado por Moscú en el Cáucaso, en Siria y en Libia.

Los intereses rusos parecen estar por ahora salvaguardados probablemente por algún acuerdo al que pudieron haber llegado diplomáticos turcos, rusos e iraníes que se reunieron una vez evaluada como incontenible la ofensiva lanzada por las milicias sunitas del norte. Se trata de la permanencia de Moscú en la base naval de Tartús, única base rusa en el Mediterráneo, y en la base aérea de Jmeimim -ubicada en la gobernación de Latakia-, clave en el esfuerzo bélico realizado por Vladimir Putin para mantener a al-Ássad en el poder. De todos modos, las milicias sunitas no olvidan el empecinamiento ruso por sostener al gobierno alawita, ni mucho menos las matanzas realizadas en el marco de los combates por el control de las ciudades del norte del país, sobre todo cuando el régimen de Bashar al-Ássad recuperó en su momento Aleppo.

Paralelamente, la caída del gobierno sirio significó la muerte del proyecto geopolítico iraní de encerrar a Israel y a Arabia Saudita por el norte -mediante una medialuna geográfica que se extendía por Irán, Iraq, Siria y los espacios geográficos libaneses controlados por Hezbollah-, y por el sur, mediante la alianza que mantiene con las milicias hutíes en la región suroccidental de Yemen.

Por otra parte, la desconfianza de Israel hacia lo acontecido en Siria debería ser directamente proporcional al esfuerzo que realizó por derrotar a Hezbollah y atacar militarmente toda presencia iraní en territorio sirio. Quizá a Israel le servía más una Siria débil pero con un al-Ássad presente antes que tener a sinnúmero de milicias sunitas, numéricamente más poderosas y militarmente menos desgastadas, junto a su frontera. Por lo pronto Netanyahu, rápido de reflejos, con el pretexto de la seguridad ya ocupó la tierra de nadie que dividía la frontera entre Israel y Siria en el valle del Bekaa.

También Trump se manifestó con respecto al tema, adujo que “Estados Unidos no debería tener nada que ver con ello”, para luego lanzarle un mensaje al gobierno de Biden al agregar que esta no es nuestra lucha. Dejen que se desarrolle. ¡No se involucren!”, lo que deja abierta la incógnita acerca de qué pasará con las pequeñas bases de Estados Unidos ubicadas en el desierto sudoriental del país, en la Siria profunda que nadie controla y que fueron claves para acabar con los principales líderes del Estado Islámico.

Las preguntas que rondan en la arena internacional son cuán moderados pueden ser los nuevos gobernantes del país considerando que germinalmente formaron parte de la red Al-Qaeda, aquella que supieron crear Osama bin-Laden y Aymán az Zawahirí, y cuál será la suerte de las minorías y de las mujeres -a la luz de lo acontecido en Afganistán con los talibanes, históricos aliados de Al-Qaeda- si estas milicias se radicalizan y pretenden aplicar la sharía. Si bien por ahora al-Golani se muestra moderado, lo cierto es que ni siquiera hay garantías de que las milicias que de pronto se unieron para acabar con el régimen baazista se mantengan unidas.