HISTORIAS

Con la pasión en la sangre: es bisnieta de Vicente Alejo Chancay y debuta en su primer nacional de ciclismo

Lara del Castillo Ríos tiene 11 años y este domingo compite en Santiago del Estero. Es pupila de Abril Capdevila y el amor por este deporte le surgió cuando fue a ver los Panamericanos en el velódromo que lleva el nombre de su bisabuelo.

La rueda de la vida gira y a veces regresa a los orígenes, atravesando el tiempo y las generaciones. Lara Aixa del Castillo Ríos nació 16 años después de la partida de su bisabuelo. Pero esas raras coincidencias del destino quisieron que casi a la misma edad en la que su famoso ascendente comenzó a correr en bicicleta ella también se suba al “caballito de acero”. Lara se enamoró del ciclismo jugando en el velódromo que lleva, justamente, el nombre de su bisabuelo: el inolvidable Vicente Alejo Chancay. Este domingo, la niña de 11 años debuta en su primer campeonato nacional. Otro giro que alimenta el mito –lejano al rigor científico- de que las pasiones se transmiten por la sangre y que tal vez, en contextos disímiles, a las historias las reviven los herederos.

Vicente Chancay nació el 26 de abril de 1940 y empezó a competir cuando tenía 13 años, yendo desde el amateurismo hasta la etapa profesional, en donde se erigió como el más grande ciclista que tuvo San Juan y uno de los mejores del país.

Lara (categoría 2015) sabe que tiene “pedigrí”. Abril Capdevila, la talentosa sanjuanina que es ídola de la niña, empezó a amadrinarla porque le detectó condiciones apenas la vio subirse a la bicicleta. Pero en medio de este contexto, Luciana Ríos Chancay (42) y Alejandro del Castillo (52), sus padres, le bajan la espuma a las expectativas porque no quieren que Lara sienta la presión de representar a una familia que hizo historia arriba de los pedales.

El inolvidable Chancay

Los efímeros pero eternos embalajes ingresando al ya demolido velódromo del Parque de Mayo son fotos que quedaron en la mente de los fanáticos del ciclismo. Huellas mnémicas imborrables en las que todavía puede verse a Vicente encorvándose arriba de la bicicleta e inflando la espalda como un camello para romper el tiempo y ser suspiro del viento Zonda.

Lo importante es saber llegar, y Chancay hizo de sus arribos al mítico Aldo Cantoni el espectáculo más vibrante que haya podido vivir un amante de los semitubos levitando en los pavimentos ardientes de los veranos sanjuaninos. Era el héroe de piernas flacas pero musculosas que les sacaba una sonrisa a los que tenían la existencia apaleada por las urgencias. El deporte de los pobres, que pasaban de la pena a la euforia en una escapada sorpresiva de un ídolo que no era tan lejano, porque siempre fue uno más de ellos.

“Para mí es un orgullo llevar este hermoso apellido”, dice Lara mirando a los ojos, a pesar de que en su documento no figura la marca de su bisabuelo. Pero ella sabe que es una Chancay.

“A mí me empezó a gustar el ciclismo cuando se hicieron los Panamericanos en San Juan (2023), en el velódromo de Pocito que lleva el nombre de mi bisabuelo. Hice mucho deporte (patinaje artístico y futsal) y ahora dije ‘voy a hacer este’”, cuenta sobre su decisión. Tanto la tribuna que quedó como monumento a la nostalgia en el pulmón verde de la Capital como el nuevo velódromo pocitano son el patio de la memoria que Lara disfruta como cruce generacional con el célebre pariente que no conoció, pero que en su nuevo mundo está presente todos los días. Todavía es chica, recién está por cumplir un año entrenando sobre ruedas y lleva cuatro meses compitiendo, aunque ya obtuvo un cuarto y un sexto puesto, representando a Club Juventud del Norte, de Chimbas.

La herencia

“Mis compañeros de la escuela y los de ciclismo me preguntan por mi bisabuelo, siempre lo voy recordando. La gente me dice que fue un buen ciclista, que era muy buena persona. Los abuelos de mis compañeros que corrieron con él también me lo han dicho. Al cumpleaños de mi abuela vinieron personas de Chile que yo no conocía y me mostraron fotos. Me regalaron una foto suya, para mí es un orgullo”, relata la niña.  

La popular frase dice que solo mueren de verdad los que mata el olvido. Vicente Chancay trascendió las charlas de café para instalarse por siempre en el ideario popular, para ser nombre de escenarios sagrados para uno de los dos deportes que llevan el sello sanjuanino y dueño inmaterial de una pasión que solo se vive así en la tierra del sol y del vino. El hombre que pedaleó hasta convertirse en leyenda, sin quererlo.

Ahora, Lara (que es la más chica entre sus siete hermanos) empieza su recorrido sin pretender emularlo. La niña salta por primera vez a las lides argentinas compitiendo este domingo en el Campeonato Nacional de Ciclismo Infanto Juvenil de Quimilí, en Santiago del Estero.

Hasta aquella provincia viajó junto a su madre, que también quiso ser ciclista pero no la dejaron porque en su época no era bien visto que las mujeres compitieran en ese deporte. Las dos llegaron al norte gracias a una rifa que ideó Luciana y Alejandro también compartió en redes sociales. Por cada una, el pasaje ida y vuelta en un colectivo contratado costó 90.000 pesos, además del dinero que necesitan para colaborar con la compra de mercadería para que, entre padres y madres de esa delegación, puedan preparar la comida. El lugar en donde paran es prestado por la organización. Y los niños lo viven como una excursión.

“Yo me imagino más adelante en los campeonatos argentinos. Me tengo mucha fe para llegar ahí”, se anticipa Lara. Ella sabe -porque en la casa de su bisabuela Rosa “Bety” Oliveri (madre de los cuatro hijos de ciclista) vio cuadros, medallas y fotos- que Vicente ganó un Argentino en Rosario y otro en Córdoba y además se quedó con medallas de plata en los Panamericanos de Winnipeg (Canadá) y en los Americanos de Medellín (Colombia).       

El sacrificio

Casi la misma figura pero en versión femenina, parecida a aquel morocho, flaco y alto, de piernas interminables que eran fuertes pistones para embalar. “Los chicos siempre me han dicho ‘que suerte tener ese apellido’”, cuenta Lara.

A través de sorteos, sus padres también pudieron arreglarle el rodado para que pueda competir en Santiago del Estero. Por el momento anda en una bicicleta pistera de aluminio aunque necesita una más liviana, de aluminio con carbono. Fue un regalo de su abuela, Liliana Chancay, y después la fueron adaptando para la competencia. Luciana dice que solo el cuadro usado hoy está casi en 800.000 pesos y con las ruedas el costo se eleva a un millón y medio, por lo que tendrán que esperar para conseguirle una más acorde a su peso.

Abril Capdevila le regaló los guantes con los que había ido a un Argentino y también le prestó su bicicleta y el casco para que diera las primeras vueltas. Ahora la pasa a buscar para entrenar y le transmite sus conocimientos. Abril es el espejo en el que hoy se mira Lara para progresar. La joven le ve futuro y destaca su disciplina para aplicar lo que le enseñan.

La niña estudia en la escuela Antonio Torres en el turno tarde. Su maestra, que también fue ciclista y corrió con los libres, la deja salir un poco antes los martes y jueves cuando su mamá la pasa a buscar para entrenar. Tienen que ir hasta el óvalo del Complejo El Pinar y a veces les agregan un día de “ruta”, entonces los chicos se juntan afuera del Hospital Marcial Quiroga para ir pedaleando hasta Zonda. Cuando no puede asistir a los entrenamientos, Lara recorre sola un circuito que acuerda con su mamá, cerca de su casa en Rawson. 

Familia de ciclistas

El abuelo materno de la niña, Mario Ríos (falleció en diciembre), también fue ciclista, y su bisabuelo Vicente se dio el gusto en el final de su carrera de competir junto a su hijo Jorge. Él todavía tiene en la casa paterna el taller ciclista que inició el ídolo deportivo de San Juan. Ahora la que quiere seguir la tradición familiar es Lara y su tío le indica cómo colocar el asiento de la bicicleta y cómo pararse en los pedales.      

Vicente vivió en el barrio Güemes de Rawson. En la juventud se dedicó, junto a algunos de sus hermanos (eran 14 en total), a trabajar en la cosecha del ajo en fincas rawsinas y pocitanas. Cuando se retiró del ciclismo cumplía funciones en la Secretaría de Deportes, justo debajo de las tribunas del viejo estadio abierto. Llegaba de traje, pero siempre en bicicleta.

El miércoles 7 de mayo se cumplieron 27 años sin Vicente Chancay, a quien se lo llevó una leucemia cuando tenía 58. Cuatro días después de ese aniversario, Lara larga en su primer nacional de ciclismo.

Desde que la niña se subió a la bicicleta no la bajaron más, porque “parece que se lleva en la sangre”, admiten en su casa. “Seguro que en poco tiempo voy a poder correr en el velódromo que tiene el nombre de mi bisabuelo”, se ilusiona ella. El tiempo y sus decisiones dirán si los Chancay volverán a escribir otra página más de esa gloriosa historia que hace décadas ya es patrimonio de San Juan.