Historias

El tétrico relato de un exfunebrero sanjuanino: ruidos, sombras, frazadas que se mueven solas y golpes adentro de la carroza

Luis Gómez se consideraba escéptico hasta que vivió diferentes situaciones paranormales. “Me tiraban de la frazada desde la parte de los pies”, recuerda. Además dice que lo dejó “helado” un “golpecito en el vidrio” de un coche fúnebre cuando trasladaba un cadáver.
El tétrico relato de un exfunebrero sanjuanino: ruidos, sombras, frazadas que se mueven solas y golpes adentro de la carroza.
El tétrico relato de un exfunebrero sanjuanino: ruidos, sombras, frazadas que se mueven solas y golpes adentro de la carroza.

Los ataúdes crujen y las sombras mortuorias invaden las tristes salas velatorias cuando ya no hay nadie. Las frazadas se mueven solas en las camas de las funerarias. Y se escuchan golpes en las carrozas que solo trasladan los kilos que pesa la muerte.

“En las noches nos tiraban de las frazadas, era algo escalofriante. Yo pensaba que era mi compañero, pero estaba durmiendo”. Es el tétrico relato del exchofer de un coche fúnebre que recorre los espacios sanjuaninos en donde abunda el dolor y la impotencia por los que ya no volverán.

Luis Gómez (43) sonríe mientras cuenta anécdotas de terror que ocurrieron cuando trasladaba cuerpos vacíos de vida hacia su destino final. Tal vez sea por eso de que “hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos”. O quizás refiera a un acto de distensión para sobrellevar esos recuerdos.

Todo pasaba mientras trasladaba cadáveres en ataúdes de tamaño normal (llamados también cajones ciegos), que pueden albergar cuerpos cercanos al metro con setenta centímetros de largo y un peso de hasta ciento diez kilos. Pero también existe el cajón extraordinario, que puede ir de una capacidad de ciento veinte a ciento sesenta kilos; y el súper extraordinario, que es aún más ancho.

 

Ruidos y sombras

Luis dice que en una de las salas velatorias locales que tenía separados los ambientes con machimbre se escuchaba el mismo ruido que hace un dedo cuando es arrastrado sobre la madera, de punta a punta en un espacio de por lo menos cinco metros. Pero si a alguien se le ocurría buscar detrás de ese tabique no encontraba a nadie.

“Mi cargo en ese lugar era de mantenimiento y de atención a familiares de fallecidos. Cuando caminaba por el pasillo escuchaba como si alguien pasaba la mano, raspando con las uñas, en toda la madera. Era un sonido que escuchaba a lo largo de donde estaban las salas velatorias”, detalla el chimbero que hoy reside en 9 de Julio.

Gómez aclara que “si uno tiene miedo no sirve para ese trabajo”. Ahí es cuando asegura que además del crujido de las maderas también percibía el movimiento en los cajones que llevaban cuerpos llenos de experiencias y secretos que jamás se sabrán.

En las oficinas de otra cochería vieron sombras, asegura el hombre que ya trabajaba de acomodar cadáveres en los ataúdes y trasladarlos en carrozas y furgones.

Durante las madrugadas del invierno sanjuanino tenían tanto temor que, en medio del viento frío y seco, algunos empleados a los que les tocaba la guardia nocturna preferían encender todas las luces de la cochería y se quedaban afuera.

A veces escuchaban que alguien hablaba, pero tampoco había nadie, ni familiares del difunto. Luis y sus compañeros suponían que era la voz del alma dueña del cuerpo que era velado a metros de ellos.

Entonces las noches se tornaban eternas. Las encargadas de las salas velatorias (les llaman “saleras”) también veían sombras que pasaban impunes por los pasillos o escuchaban ruidos extraños cuando se quedaban solas al lado de los ataúdes. Y cuando iban hacia la cocina de las funerarias para poner la “pava” para el mate se encontraban con fenómenos paranormales que atribuían a energías negativas propias de personas a las que no les quedaba otra que despedir a un ser querido.

 

Frazadas que se mueven solas

 

Pero el relato del trabajador fúnebre se torna aún más tétrico cuando cuenta que en las guardias de algunas cocherías ocurrían escenas de terror en el momento en el que los empleados descansaban.

Se despertaban porque alguien les tocaba los pies. Pero otra vez no había nadie. O, lo que es más terrorífico: sentían que los abrazaban muy fuerte desde atrás y nos los dejan moverse.

También les empezaban a tirar de las frazadas o, cuando se levantaban, encontraban que las pertenencias que habían dejado en las camas estaban tiradas en el piso. Las hallaban muy lejos de donde las habían puesto, como si alguien las hubiera sacado de ahí.

 

“Las guardias son de 24 horas y, al trabajar todo el día, uno podía tener su momento para descansar en una habitación. Generalmente en la noche el trabajo es mucho más tranquilo, aunque la actividad paranormal más intensa es también en la noche. Teníamos camas individuales. Nos acostábamos y apagábamos todas las luces. Cuando lograba relajarme sentía que me tiraban de la frazada desde la parte de los pies. Pensaba que mi compañero me estaba haciendo una broma, pero alumbraba con el celular o encendía la luz de la pieza y él estaba durmiendo”, relata el extrabajador de funerarias. También recuerda que en ese contexto escuchaba “ruidos de chapas y entre los ataúdes que había en el depósito. Eran sonidos que daban mucho que pensar”.

 

La difunta apurada

 

Otras anécdotas de terror surgían en medio del traslado de los cajones en las carrozas. A menudo, los choferes percibían extrañas vibraciones y ruidos en la parte de atrás del coche negro o gris. A veces esos viajes solitarios eran interminables cuando les tocaba buscar algún cadáver en otra provincia.

En esos recorridos escuchaban que alguien golpeaba en la chapa de la parte de atrás de la cabina del conductor. Por acto reflejo giraban la cabeza, pero en ese instante recordaban que solo llevaban un cuerpo. Gómez dice que era imposible que el cajón se acercara hasta la chapa, porque estaba atado, sin movimiento. Cuando ocurrían esas escenas aparecían el miedo y las supersticiones. Y algún chofer hasta le hablaba al alma en pena que, suponía, le golpeaba la cabina.

 

 

“Me sucedió en un servicio a plena luz del día: estábamos yendo a un cementerio de Marquesado y en una de las intersecciones se escuchó un golpecito en el vidrio de la carroza. Con mi compañero nos quedamos helados y nos miramos. Ahí él, como para aplacar un poquito la situación, le dijo al cajón ‘tranquila señora, ya llegamos, ya la vamos a dejar descansar en paz’. Y quedó ahí, ninguno hizo un comentario más hasta después de que volvimos del servicio”, repasa Luis sobre una escena cargada de tensión pero resuelta con algo de humor negro.

Gómez explica que el secreto para mantenerse “cuerdo” en esa labor es “hallarle la lógica” a aquellos hechos que a priori parecen extraños. Aunque reconoce que “hay cosas que no tienen lógica y hay que verle el lado humorístico”. “A ese golpecito que escuchamos en la carroza lo interpretamos como que la mujer estaba apurada por llegar a su lugar de descanso”.

 

Malas vibras en la morgue

 

 

El hombre cuenta, además, que cuando entraba a la morgue sentía escalofríos y tenía la percepción de que “había más de una presencia en ese lugar, como que estaban otras personas aparte del morguero y los dos de la cochería para retirar el cuerpo”.

“Yo al principio era muy escéptico con estas cosas, pero cuando iba a las casas a buscar a algún fallecido sentía una carga negativa”. Los funebreros no son visitantes muy aceptados porque, en medio del dolor de las familias, son quienes se llevan al difunto que sus seres queridos no volverán a ver. “Las miradas, las malas ondas a veces eran muy potentes. Una vez hice contacto visual con una persona que me miró fijamente y después tuve un terrible dolor de cabeza. Me hice curar de palabra y me dijeron que estaba ojeado”, recuerda.

 

Pero en esa labor, en donde Luis Gómez aprendía a sobrellevar el miedo a su propia muerte, aparecían también las anécdotas de sustos que con el tiempo pasaron a ser risas. Porque, por ejemplo, no era poco común -relata el hombre- que fueran a retirar algún cadáver en un geriátrico, ingresaran a la habitación equivocada y, al momento de alzarlo para ponerlo en el cajón, algún abuelito o abuelita saliera de entre las sábanas y les aclarara que a ellos todavía no les tocaba.

 

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