Historias

“Es una misión en la vida”: un día en la piel de los proteccionistas, los ángeles que cuidan de los perritos sanjuaninos

La amplia casa de los “inadoptables”, dulces anfitriones que fueron rescatados en 2020. El “trabajo de campo” para alimentar a los perros callejeros. El apoyo a los animales que están internados. Y un grupo de personas con una sensibilidad admirable. Fotos y videos

“Tenemos que hacernos cargo de los demás y los demás también son los animales”. El principio ético de cuidar de los que “no pueden valerse por sí mismos” es una manera de estar en el mundo. Un camino altruista que deja huellas que también son de cuatro patas. Ponerse en la piel de un proteccionista es entender el amor más puro, ese que queda libre de falsedades, porque los animales no conocen la impostura. Ellos retribuyen las actitudes de las personas con gestos genuinos y vacíos de cierta corteza que a veces encierran las relaciones humanas.

Eduardo Grasso abre primero una reja que da a la calle y después la puerta principal de una vivienda que no es suya ni de quien la donó. Cuando abre la puerta que da al patio, los dueños corren a recibir a un desconocido y, entre saltitos alegres y lamidos pegajosos sobre las manos del extraño, demuestran que en la gran casa sanaron heridas físicas y emocionales. Siempre están listos para poner sus patitas delanteras sobre la cintura humana a modo de abrazo perruno. No conocen el rencor, a pesar de que fueron maltratados, abandonados y tras el rescate nadie los adoptó. Pero tienen su espacio en la propiedad que consiguió la Fundación Patitas sin Hogar.

 
 
 
 
 
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Eduardo camina custodiado por Casimiro, Bula, Venus y Serena hacia un fondo en “L” muy amplio y con mucho césped. Tiene 36 años y la mirada blanda como la de los que no tienen nada que esconder. Y, aunque prefiere no revelar mucha información sobre su vida privada, desliza que atraviesa cambios y los perritos que cuida también lo ayudaron a sanar. Hay algo en él que no es visible, pero que los adultos de cuatro patas perciben para rendirse a su liderazgo.

El hogar

La gran casa está dividida en dos partes: adelante está la cocina, en donde hay un sofá cubierto con una tela en donde a veces alguno de los cuatro amigos se trepa a descansar. En el ambiente contiguo, que alguna vez fue living, hay un amplio dormitorio con camas de una y dos plazas en donde descansan los conocidos como “los inadoptables”, en un dejo de humor, pero también de insatisfacción porque no pudieron ubicarlos en otras familias.

En el fondo hay otra piecita con camas. Allí pernoctan cada verano con la puerta abierta para salir directo al césped. Al final del espacio verde hay una modesta piscina en donde combaten las altísimas temperaturas de los eneros y febreros sanjuaninos.

Toda la casa es para ellos. Son los únicos que viven ahí. Están acostumbrados a tener “hermanitos” temporarios cuando llegan animales en tránsito hasta que son adoptados. Allí es cuando Bula hace de madre sustituta de cachorros que fueron abandonados por manos crueles que generalmente permanecen anónimas. Seres inocentes que desde muy chicos son víctimas de crímenes cometidos a escondidas por la cobardía de quienes simulan alguna mentirosa pulcritud ante otros humanos. El juego de las “caretas” que solapan con artificios algunas verdades inconvenientes.

Hermanos de la vida

Los cuatro convivientes fueron rescatados en 2020. Calculan que Casimiro, que fue el primero de los cuatro en llegar, tiene más de 10 años. Eduardo lo caracteriza como “medio tímido” y “solitario”. Lo rescataron de una finca en donde tenían muchos animales “en pésimo estado”. “Lo habían agarrado entre varios perros, le dañaron la cabeza, tenía un hueco en una oreja y desnutrición extrema”. Es marrón claro y marca presencia con su estatura. Él les avisa a los voluntarios, con estridentes ladridos, si alguna persona que ingresa le devuelve, quizás, alguna vibración incómoda. Las tres perras lo adoptaron como padre. A Casimiro le costó volver a confiar en los seres humanos, porque le hicieron “mucho daño”.

Bula es negra y tiene unos siete años. Su nombre refiere a un saludo de las islas de Fiyi que equivale a “hola, ¿cómo estás?” o “bienvenido”. Es “muy alegre”, “inteligente” y “compañera”. Fue rescatada de la calle cuando estaba en celo y varios perros la estaban lastimando, a tal punto de arrancarle un pedazo de la oreja izquierda. Grasso la llama “la perra terapéutica”, porque con cada animal que llega en tránsito “cumple un rol importante para ayudarlos a mejorar en la parte emocional”.

Las más petisas y blancas son hermanas y se llaman Venus y Serena en honor a las reconocidas tenistas Williams. Las encontraron por Ruta 40 en el límite de Chimbas con Albardón. Tenían apenas cuatro meses. Una de ellas estaba fracturada y las dos “llenas de garrapatas y desnutridas”. Se recuperaron tras varios días de internación en una veterinaria y hoy, con cinco años, siguen disfrutando de un cómodo hogar.   

Voluntariado

Cuidar de los animales en riesgo es “una misión en la vida”. Así lo siente Eduardo desde 2014, cuando atendió a un llamado interno. Hoy reconoce que una vez que entró en esta actividad se dio cuenta de que ya no iba a salir. La vocación fue más fuerte.    

La primera persona que llega por la mañana a la casa –de la que pidieron reserva de la dirección por cuestiones de seguridad- es la fundadora (en 2016) de Patitas sin Hogar, Marilú Garcés. Ella abre la puerta del fondo para que salgan los animales y también va por las noches a guardarlos para evitar que sufran el impacto del frío.

 
 
 
 
 
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Después del mediodía entra Eduardo para jugar con ellos, limpiar ese espacio y darles de comer. Todos los días comparte la siesta con el equipo de los “inadoptables”.

En la fundación son seis voluntarios que se reparten varias tareas. Hacen “trabajo de campo” cuando salen a alimentar a los perros y gatos de la calle. También se encargan de llevar algunos a las veterinarias y acompañar a los que están internados.

Además, realizan diferentes trámites, buscan donaciones de particulares o instituciones, comunican a través de sus redes sociales y consiguen turnos y acompañan a las personas a esterilizar a sus mascotas en diferentes quirófanos. Cuando asisten a un rescate, primero llevan a los animales al veterinario y después los tienen en tránsito en casas particulares o en la vivienda de Casimiro, Venus, Serena y Bula.

Actualmente, cuando tienen que dejar a algún animal rescatado en una guardería veterinaria, deben pagar casi 60.000 pesos por día. Un análisis cuesta $33.000 y si les hacen placas el costo es de unos $50.000. Una cirugía traumatología ronda los 300.000 pesos. Por eso piden ayuda a través de los alias grasso.eduardo y primo.arabe.comico.    

Dentro de ese voluntariado hay “una noción de respeto” y “responsabilidad” con los animales. “Ellos tienen menos gente que vele por sus derechos” y cuando son ayudados les ofrecen “un cariño desinteresado” a estos ángeles que viven para ellos. 

Máximo dolor

A veces los invade la “tristeza” y la “impotencia” cuando, por una cadena de situaciones e irresponsabilidades, no llegan a tiempo para ayudar a sus amigos de cuatro patas.  

Son relatos de dolor que a Eduardo le costó superar: “Rescaté perros en pésimo estado y los llevé a la veterinaria, pero no había vuelta atrás. Acompañarlos y acariciarlos mientras los tienen que dormir es muy fuerte. Ahí siento cierta conexión porque el animal me mira, pero no sé si me está agradeciendo por ponerle fin al sufrimiento o si me está pidiendo otra oportunidad”.

En esos momentos al joven lo visita el recuerdo de su primer perro (de adolescencia), que se transformó en su “sombra” porque hasta dormía con él. “Lamentablemente, yo lo llevé a la veterinaria en su último día de vida”. 

Desde que es voluntario rescató a cientos de animales, con final triste en algunos casos y alegres en otros. Solo en 2023 pudo salvar y dar en adopción a 51 perritos. Y todavía se lamenta por lo que pasó durante el aislamiento por la pandemia de coronavirus, cuando advirtió “una explosión” de abandonos.   

Satisfacción

Después de procesos muy difíciles, cuando un rescate termina cambiándole la vida a un animal, a Eduardo también le queda una huella emocional que lo acompaña todos los días.       

Así, el joven altruista no se olvida de Paco: “Era un cachorrito de cuatro meses que lo saqué de una casa. Estaba agonizando. Lo internamos y, cuando le hicimos los estudios, vimos que más que sangre tenía agua. Estaba con una desnutrición extrema y tenía una de las enfermedades de las garrapatas. Hubo que hacerle dos transfusiones de sangre y estuvo internado más de un mes. Fui tres veces a despedirme de él porque parecía que se moría. Pero el vago al otro día amanecía y se levantaba. Hasta que se recuperó, le dieron el alta e increíblemente salió adelante. Lo adoptaron y hoy está divino”.

 
 
 
 
 
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En un arriesgado rescate también pudo salvar a Coco y eso lo marcó para siempre: “Me avisaron de que en una casa en la que el dueño había fallecido hacía varios meses habían quedado dos perros. Una vecina me dejó entrar por su fondo y me tuve que trepar y saltar de una pared. Me llevé a ese caniche porque estaba destruido. Su cuerpo era un baño de sangre, estaba desnutrido y enfermo. Le costó recuperarse. Lo di en adopción y hoy el tipo es el rey de esa familia”.

Reflejo del amor

En la gran casa, Casimiro se aleja porque se cansa de socializar. Venus está intranquila, ladra y mete la cola entre las patas traseras porque la asustan las fotos. Serena, que le hace un homenaje a su nombre, le da besos perrunos a su amigo humano y se mantiene en silencio. Mientras que Bula pide caricias y da saltitos sobre las piernas del extraño al que los cuatro recibieron con generosidad.

Ellos no saben que con sus cálidas reacciones delatan el amor que reciben en ese hogar. Una inmejorable muestra de lo que entregan, sin buscar nada a cambio, los voluntarios, que son portadores de una sensibilidad que solo pueden experimentar los de su misma “piel”.

“Es una misión en la vida”: un día en la piel de los proteccionistas, los ángeles que cuidan de los perritos sanjuaninos
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