Historias

Gritos en una celda vacía, risas del más allá, sombras y camas que se mueven solas: las escalofriantes experiencias de los policías sanjuaninos

Los fantasmas de un calabozo de la Comisaría 2da y del puesto de San Carlos. La enfermera y el cadete fallecidos que asustan en la Escuela de Policía. La voz de un niño en una subcomisaría rawsina. Los principales relatos paranormales de los uniformados.

En algunas dependencias policiales de San Juan hay sombras que pasan impunes ante las miradas ya casi resignadas de los uniformados más grandes y el miedo de los debutantes en la fuerza. No hay razones que justifiquen ciertas apariciones y las conjeturas aumentan con el paso de los años.

 
 
 
 
 
Ver esta publicación en Instagram
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Una publicación compartida de 0264Noticias (@0264noticias)

Muchos de los guardianes de la seguridad provincial se curtieron en la Escuela de Cadetes Antonino Aberastain. En esos pasillos vacíos, cuando todavía realizaban las guardias nocturnas, los jóvenes escuchaban ruidos y sentían presencias de otro plano que se acercaban a ellos, generándoles un escalofrío que jamás olvidarán. Los aspirantes también veían pasar el fantasma de una enfermera del antiguo hospital que funcionaba en ese espacio. Y hasta un cadete fallecido regresaba en las madrugadas frías y desoladas a jugar al básquet.

Las voces de los que ya no están parecen haberse quedado atrapadas en el tiempo. Las pesadas energías que a veces quedan en las seccionales les juegan una mala pasada a los policías que se mantienen alertas cuando los sanjuaninos duermen.

En la Comisaría 2da escucharon el escalofriante grito de un detenido en una celda vacía. Con el paso de los años siguen sin entender qué fuerza tenebrosa provocó aquel episodio que movilizó a una guardia entera.

Además, en una noche de verano en el puesto policial de San Carlos un efectivo tuvo el infortunio de acostarse en una habitación que nadie quería ocupar por miedo. Se acomodó en una cama y en medio de esa silenciosa oscuridad sintió una brisa que le atravesaba el cuerpo. Inmediatamente percibió que algo se posaba sobre su pecho y trató de sacarse ese espectro de encima, pero no podía moverse. Pidió auxilio, pero sus compañeros no lo escucharon.

En otro contexto, en un rincón oscuro de una subcomisaría, de entre las sombras del abandono, aparece un triciclo que ya no anda. De noche, en ese mismo lugar brota la risa frágil de un niño que juega solo. Es el alma inocente de un pequeño que ya no está, pero que mantiene en vilo y con tristeza a cada guardia de esa dependencia rawsina.

Las tétricas historias se repiten en reductos en donde la tensión es inherente al trabajo de riesgo de los efectivos. Sensación que se mezcla con el dolor de víctimas que llegan a pedir ayuda y la desesperanza de vidas sin rumbo de los que se pierden en el pesado ambiente de la ilegalidad.

 

Gritos en el calabozo y camas que se mueven solas

 

“¡Guardia!”. El grito seco de una garganta madura llega desde el fondo de los calabozos oscuros de la Comisaría 2da, de Concepción. El eco rompe la madrugada y estremece a los uniformados que están de guardia. El subjefe le ordena a un suboficial que “vaya a fijarse qué quiere ese choro”. Pero el suboficial no encuentra detenidos. Son gritos de nadie que circulan en pasillos vacíos, como energía que quedó atrapada en el tiempo.

Es una voz monocorde y tenebrosa que sale de una celda fría en pleno invierno sanjuanino. Un preso sin número ni nombre reclama atención. Los policías van con linternas, pero no ven a nadie. Aunque sienten una fuerte carga de energía negativa que los rechaza. “Hace unos 40 años se murió un detenido en la parte nueva de la seccional”, narra un jefe policial que trabajó ahí. Ese oscuro suceso ocurrió en el viejo calabozo que después pasó a ser el depósito judicial.

Las miradas se vuelven huidizas en los uniformados tras el hecho paranormal que ocurre en un pasillo triste y opaco. Es el espacio que conduce hacia los tres calabozos de la seccional, que están separados de la mesa de entradas por un patio interno.

Entre una importante camada de policías retirados es conocida la historia del día en que el subjefe, el suboficial, el operador, el oficial de servicio y un grupo de agentes que estaban en la guardia escucharon por primera vez el grito del alma en pena de esa persona que ya no vive.

Era fines de los ‘80. La “banda del Alvarito”, un peligroso asesino sanjuanino, había ultimado a balazos a un oficial de apellido Soria. Tras tirarlo al cauce del Río San Juan escaparon hacia a San Luis. Al tiempo, los cuatro delincuentes fueron detenidos y permanecieron un año presos. Hasta que se fugaron del Penal de Chimbas hacia Zonda.

Tras esa huída, los policías de la comisaría de Juan Jufré y Tucumán seguían muy atentos el operativo a través de los relatos policiales encriptados que salían desde la sala del radio-operador, ubicada al lado de las celdas. Ahí fue cuando se asustaron con el estridente grito al estilo de Diego Torres en “La Furia”. “¡Guardia!”, fue el alarido que puso blanco hasta los uniformes. Desde ahí no dejaron de escucharse voces y sonidos extraños. En esas celdas solían haber gemidos y llantos.

En una época, cuando esos cuadrados mínimos de cemento y rejas estaban ocupados por presos, revivían las noches de espanto. Varios detenidos llamaban a grito pelado al calabocero, asustados por los ruidos espeluznantes, y pedían que les encendieran las luces, por temor a los muertos.

Un policía retirado dice que en esa seccional hay “cosas que se mueven sin que las toquen”. Asegura que en una habitación que está arriba de la guardia, por lo menos cinco camas giraban solas mientras los azules se turnaban para descansar.

A menudo se despertaban en medio de una pesadilla cuando veían que los catres miraban hacia una posición distinta a la que tenían cuando intentaban conciliar el sueño. Uno de los uniformados hasta fue rasguñado mientras dormía, por manos extrañas que salieron desde ningún lugar.

 

El cadete y la enfermera fantasmas 

En el patio de la Escuela de Policía se divierte un fantasma. Se escucha el chirriar de las zapatillas al frenar en el suelo liso de la cancha de básquet. Hay un golpe seco y reiterado de la pelota contra el piso, previo al sonido leve que provoca al boyar indecisa sobre el aro. Así es cada noche.

Una sombra va y viene, como si fuera energía encerrada en laberintos perpetuos, en un ensayo sobrenatural. Hay alguien despierto cuando todos duermen. Es un reflejo que ocupa el espacio que deja la muerte. Se trata de un aspirante a oficial ya fallecido (hay quienes aseguran que fue en un choque y otros hablan de una autoagresión) que regresa en las madrugadas y se convierte en una especie de Manu Ginóbili póstumo.

Un policía retirado recuerda cuando un compañero le dijo que vio la sombra del cadete. Entonces vuelve a impresionarse con aquellos ojos tensos que conocieron la magnitud de un fantasma. Un “ánima” desprendida de un cuerpo que alguna vez transitó la experiencia terrenal. “En la noche se escucha el repique de la pelota de básquet, como cuando alguien la lanza”, dice un veterano de uniforme gastado. “Y se escucha cuando pega en el tablero y rebota en el piso”, relata con vehemencia. Sin parar, contextualiza: “Todos lo relacionan con un cadete de oficiales que chocó y murió yendo a la escuela, hace más de 15 años”. “Hay gente que ve su figura”, admite casi como respirando ese limbo sin relojes ni caras. Eso ocurría en la época en la que los cadetes dormían en la institución y cada 14 días les tocaba la guardia nocturna.

“En la noche se escuchaban silbidos”, dice un joven sobre su tiempo de aspirante. “Salíamos con las linternas pero nunca había nada”. Inmediatamente revela que, en esa especie de pabellones oscuros, las puertas abren y cierran solas. Hay ruidos de golpes en las paredes y pasos de nadie que van hacia ningún lugar, sin dejar pisadas. Las luces de los pasillos se apagan solas.

En la cancha de fútbol que está en ese predio varios de los estudiantes vieron sombras. Además, durante la noche escuchaban “como que había alguien dando instrucción”.

“Un día, mientras hacíamos actividades físicas nos mandaron a buscar algunos elementos para los entrenamientos. Al llegar al sector donde estaban guardados empezamos a escuchar ruidos como si alguien estuviera adentro. Pensamos que podía ser otro compañero, pero abrimos y no había nadie”, recuerda un agente.

Otro uniformado cuenta que en un operativo nocturno del D-6 quedó “un escribiente solo en la escuela” y el resto se fue a cargar combustible. “A las pocas cuadras nos llama porque lo habían asustado. Cuando entramos estaba en la calle interna y nos dice: ‘Cuando ustedes se fueron me senté en un banco y sentí como una brisa, una presencia que pasó. Cuando me di vuelta me golpearon la mesa en donde estaba. Agarré el libro de guardia, el banco y la silla y me vine afuera’”.

Otra experiencia que dejaba helados a los futuros policías era la aparición de una enfermera. Por las noches se escuchaba el andar de las rueditas de las camillas y se instalaba el eco de sillas que se corrían solas.

Hasta 1971, en ese lugar funcionó el antiguo Hospital San Roque. En una casona de la parte de atrás de la escuela -cuenta un oficial retirado-, en donde estudiaban las mujeres aspirantes a la Policía, “estaba el crematorio que el hospital tuvo después del terremoto del ‘44”. La explicación que esgrimen los uniformados es que desde esas cenizas cadavéricas surgieron las “energías” que hoy tomaron el lugar y que “desde esos días se viven distintas situaciones extrañas”.

Entonces relatan que una enfermera fantasma atravesaba el predio. Iba con un carrito en donde seguramente llevaba comida o elementos para curaciones, para algún enfermo perdido en el túnel del tiempo. La mujer, pálida y con vestimenta sanitaria de los años 50, pasaba como un holograma por un pasillo. No se le veían las manos ni los ojos. Tres cadetes que estaban de guardia la miraban atónitos hace más de 20 años. Uno de ellos todavía puede describirla como si la estuviera viendo: la ropa blanca, los zapatitos antiguos, la figura casi transparente.

Un jefe policial recuerda, también, las extrañas luces que aparecían en las madrugadas. El ruido de pasos. Las puertas a las que alguien que no se ve les bajaba el picaporte y las abría.

“Del tanque de agua que está atrás de la escuela se tiró un cadete hace muchos años, que se llamaba Lucas, y ahora se escuchan pasos”, dice otro uniformado.

A un aspirante que estaba de guardia en un día de invierno le tocó descansar a las tres de la mañana y cuando estaba por dormirse sintió “que alguien se apoyó a los pies de la cama” y después “se levantó”. Pero cuando alumbró con el celular no había nadie y sus compañeros dormían.

En los pasillos de esa institución hubo quienes escucharon llantos de bebés. Y una oficial recuerda que algunos jóvenes vieron a un hombre pasar por encima del canal que está atrás -algo imposible para una persona- y tuvieron que disparar “balas de fogueo” para repeler esa presencia.

Debajo de la escuela hay túneles antiguos que conectan con la residencia para adultos mayores Eva Duarte de Perón. “Se dicen muchas cosas sobre ellos. Una es que se usaron durante la dictadura. Con unos compañeros decidimos ingresar y estaba completamente oscuro. Había un olor particular, como a humedad y abandono. Encontramos máquinas de escribir, teléfonos de la época, en muy buen estado. Pero llegamos a una zona cerrada con rejas y ya no pudimos continuar. Durante el recorrido escuchábamos ruidos raros, como golpes o pasos”, relata, todavía atemorizado, un excadete.

 

Terror en el puesto de San Carlos

 

En el control policial de San Carlos había una habitación a la que nadie se animaba a entrar. Pero un uniformado decidió no escuchar los comentarios de sus compañeros, descansó en ese lugar y vivió el momento más espeluznante de su carrera.

Ese puesto “lleva el nombre de un policía que murió atropellado” y hay personas que aseguran haber visto su fantasma caminando por la ruta. Eso ocurría en las décadas del 80 y 90 cuando en la noche el generador eléctrico no funcionaba y estaba todo oscuro.

En medio de ese tenso silencio de vigilia los uniformados se alumbraban con algún candil.

Adentro del espacio para los efectivos había cuatro habitaciones: la primera de la derecha era para los oficiales; la de enfrente, para los suboficiales; la segunda pieza de la derecha estaba asignada a los agentes; y del otro lado aparecía la sala de los operadores. Pero la primera de la derecha se había convertido en un depósito. Nadie quería abrir esa puerta, había distintas versiones y todas se referían a escenas de terror.

Pero un agente que buscaba una habitación para él solo desafió los dichos, ordenó el lugar y se fue a dormir. Era verano y tenía la ventana abierta hacia una oscuridad cerrada. De fondo solo se escuchaba su radio portátil, que había alcanzado la transmisión de una emisora mendocina.

“Sentí una sensación igual a la de la brisa que pasa por el cuerpo cuando hay un ventilador de pie, giratorio. Pero en un momento eso se quedó arriba mío y empecé a tratar de sacarlo. Estaba quieto, no me podía mover. Comencé a gritarle a mis compañeros y no venía nadie. Hasta que logré sentarme. No sentía miedo. Agarré la linterna, la prendí y empecé a insultar”, rememora el hombre.   

Otro fenómeno al que algunos policías todavía no le encuentran explicación es la potente luz que dos de ellos vieron sobre las Lagunas del Rosario, del lado de Mendoza. En ese lugar solo había agua y era imposible que pasara un vehículo. Aquella luz se quedó quieta unos minutos y después se levantó y se fue. Un camionero que pasó más tarde por ese puesto les contó que pudo verla desde 15 kilómetros antes del límite.

También, el escalofriante relato de una pareja que llegó en un Volkswagen Gacel desde Mendoza atemorizó a los policías. Fue a las tres de la mañana de hace algunas décadas, cuando esas personas tuvieron que tirarse a la banquina porque en un badén creyeron que había un caballo. Pero el conductor puso la luz alta y se quedó helado. “Era un tipo de tres metros, gigante, todo vestido de negro. Mi señora gritó del susto. Yo no sabía si frenar o seguir, pero aceleré”, les contó el hombre. 

 

La risa de un niño y un triciclo abandonado

 

En la Subcomisaría Villa Hipódromo, de Rawson, solían escuchar las risas de un niño que falleció en un accidente. Su triciclo roto estaba guardado en un depósito policial. La mirada transparente, de una cara angelada, se apagó instantáneamente cuando salió a la calle y lo atropelló un automovilista. Desde entonces, los ruidos extraños no cesaron en la dependencia policial, en donde quedó guardada su “moto” de juguete.

Una voz suave sonaba como eco de esa vida que quedó trunca. Agentes y oficiales atravesaban a diario un mínimo pasillo rumbo a la cocina, frente al desolado depósito. Mientras ponían a calentar la “pava” con el agua para el mate escuchaban las palabras inentendibles de ese niño, junto a ruidos secos como de muebles que se corrían levemente.

Algunos trataban de enfocarse en otros pensamientos que los aislaran del extraño suceso, ya casi común en esa dependencia. Pero había quienes no podían con ese temor y pasaban mirando con recelo hacia el depósito, mientras lamentaban no tener otra vía para llegar a la cocina. Eran momentos de miedo, pero también de profunda tristeza. Entonces, más de una vez, alguna lágrima brotó como sello de dolor y empatía.

El frágil triciclo de plásticos rojos y amarillos que sobrevivieron al impacto, testimonio del último viaje de ese nene que no conoció el jardín de infantes, quedó quieto y olvidado para siempre. Y, junto a él, una risa que no se apagó, más allá de la muerte.

Con el tiempo y la experiencia, los uniformados aprenden a lidiar con estas situaciones, y los tétricos relatos abundan entre los integrantes de la fuerza. Hay personal retirado que asegura que en Antecedentes Personales de la Central se veían sombras que pasaban cerca de una oficina. También los efectivos que son destinados al puesto policial de Niquivil hablan de “brujerías” y de estridentes risas durante las noches, porque las sierras que tienen detrás dan al cementerio.

Son rutinarias voces, gritos, ruidos y presencias que acechan, desde siempre y por las noches, a los policías sanjuaninos. Es la normalidad de lo paranormal con la que se acostumbran a convivir mientras combaten el delito… y el miedo.