HISTORIAS

Parripollos y venta callejera de comida: relatos sanjuaninos de una desesperada salida frente a la crisis

En una recorrida por Chimbas y Rawson, los protagonistas coinciden en que hace algunos meses les compran menos. Eso los lleva a tener que trabajar más horas. La pérdida del poder adquisitivo redunda también en la proliferación de puestos de venta independientes y el rebusque en las calles.

“A las diez de la mañana prendemos el fuego y a las once ponemos los pollos y las brasas. En una hora y media ya están asados”, dice Adolfo. Ángel revela que “el mes pasado hubo una pequeña caída en las ventas”. Para llegar a lo que ganaba antes, Jorge ya no se queda hasta las “dos y media de la tarde”, sino que ahora está “hasta las tres y media”. Algo parecido le pasa a Rubén, que hace algunas semanas iba sólo los domingos a su puesto, pero “por la situación, que no es buena”, también le sumó los sábados.

“No pasa nada, no se vende nada hoy”, se resigna Myriam. Mientras Abel mantiene “precios económicos para que la gente compre”.

Cristian se lamenta porque “el costo de vida de San Juan es alto y los ingresos son súper bajos”. “Yo empecé a vender por el tema económico, más que nada”, aclara, también, Antonella.

Lucas advierte “un incremento de puestos” de venta callejera, coincidiendo con Milagros y David, quien asegura que ese contexto se ve desde “hace dos meses”. Pero Darío va más allá: “Desde hace tres años bajaron un poco las ventas”.

Las voces se reproducen al mismo tiempo en que se multiplican los puestos callejeros de venta de pollos asados y empanadas en San Juan. Porque en las depresiones económicas, el que se queda quieto es invisible para un sistema que no perdona a los débiles. Entonces surgen el ingenio y el rebusque.

Durante la espera, la angustia es siempre hermana de la soledad. Pero en la necesidad surge el temple de la supervivencia. Son historias dolientes de quienes transitan el túnel hacia una salida desesperada, pero a la vez esperanzadora, ante la crisis.

Este diario recorrió Chimbas y Rawson para entender un fenómeno que creció en los últimos meses. Una escena que fue delatada por el relato de algunos de sus protagonistas: los que se caen de los márgenes reaccionan saliendo a generar el sustento en las calles. Una silenciosa revancha en días grises. 

     

Más puestos callejeros

En una cuadra, en Benavídez entre Vitaz y Díaz, compiten dos parripollos y un puesto que ofrece empanadas. En el cruce de esa avenida (que divide Chimbas y Capital) con Cipolletti, una casa de comidas también hace pollos en una gran parrilla que asoma a la vereda.

Desde esa zona hasta Almirante Brown emerge la venta a la intemperie. En esa calle hay otra persona con empanadas caseras y parripollos que se activan solo los domingos. Antes, en Benavídez y Vidable, un hombre también ofrece sus docenas. Lo mismo ocurre en Benavídez al llegar a Arnobio Sánchez. Mientras que hacia el Este, en Benavídez entre Maradona y callejón Flores, hay tres parripollos y un puesto de empanadas.

En Salta entre Benavídez y 25 de Mayo, en poco más de un kilómetro, hay tres parripollos, un vendedor de empanadas y una parrilla en donde también asan carne vacuna.

Los chimberos tienen, además, en Rodríguez y Mendoza (frente a la plaza principal del departamento) ofertas de pollos y empanadas. Saliendo desde calle Mendoza, por Centenario se ven otros vendedores de empanadas y pollos. En el cruce de esa arteria con la Ruta 40, en pocos metros, se cuentan tres parripollos y un puesto de empanadas.

En Rawson también hay conocidos parripollos por General Acha y Mosconi o General Acha y 5. Pero una de las calles con más ofertas de comida callejera es Progreso, que al lado del Mercado Concentrador de Frutas y Hortalizas tiene un parripollo y venta de pasteles de carne. En la misma cuadra se ve otro parripollo que también tiene empanadas.

Además, en La Superiora cerca de España hay al menos tres parripollos y dos puestos de empanadas. Los vendedores callejeros también están en Superiora y Vidart (dos con pollos y uno con empanadas), en el cruce de Vidart con Recabarren (dos parripollos) y en Vidart y Liniers (uno de empanadas).

En Vidart cerca de Líbano se ven, en tres cuadras, dos parripollos, dos vendedores de choripán y uno de empanadas. La venta de comidas en la calle también sigue en Líbano y Urquiza, en Urquiza y lateral de Circunvalación y por Paula Albarracín de Sarmiento, donde a veces se ven dos puestos en una misma cuadra.     

Parripollos chimberos

En un comercio de Benavídez y Vitaz los empleados, que prefieren no dar sus nombres, aseguran que perciben la caída en las ventas. Los domingos que mejor les va salen 60 pollos desde el parrillero que tienen en la vereda, mientras que hace dos años vendían 90.

En la misma cuadra, antes de llegar a calle Díaz, un distendido Adolfo (38) comparte sus secretos de asador: “Lo principal es la brasa. No hay que mandarle ni tanta ni tan poca, sino llevarlo parejito: una hora y media, pero vuelta y vuelta para que no se arrebate”. Su compañero, Ángel (19), cuenta que en junio tuvieron “una caída” en las ventas. “Hubo varios gastos y no pudimos comprar más pollos para vender, entonces buscamos lo justo y necesario y tuvimos que arreglarnos con eso”, recuerda. En verano, por ejemplo, compraban “tres cajas de pollo” (de nueve cada una) y ahora van por “dos cajas” para vender en el día. Aunque advierte que en invierno siempre hay menos demanda.  

En Salta pasando Benavídez, Jorge dice -con un tímido orgullo- que hace 14 años tiene parripollos. El primero, que ahora está a cargo de sus hermanos, está en Benavídez pasando Salta hacia el Este. Pero él se ubicó hace un año en su nuevo puesto, desde donde apunta: “Hace dos meses bajó un poco la venta y se mantuvo”. Y lo pone en números: “A principio de año estaba en seis cajas de pollo y últimamente vendo cuatro cajas el fin de semana”.

“Los preparo como si los fuera a comer yo”, grafica el hombre que vive en El Mogote y es padre de dos adolescentes (15 y 16 años) y un niño (5).

Jorge asegura que hace dos meses se sumó otro parripollo a esa cuadra y que hacia el Norte hay “muchísimos”, además del aumento en la cantidad de personas que ofrecen empanadas. “Antes estaba yo nomás en la zona”, destaca.

Por Salta poco antes de llegar a 25 de Mayo, Myriam no oculta su fastidio. La mujer de 63 años, que hace dos décadas vende pollos en la puerta de su casa, no entiende por qué a más de una hora y media de haber colocado seis pollos sobre la parrilla de la vereda no llegan los clientes. “La venta cayó muchísimo hace tres meses”, contextualiza, mientras advierte que colocaron más parripollos en la zona.

Abel (32) es el más optimista. En su puesto de Mendoza y Rodríguez rescata que lo suyo es un “emprendimiento familiar” junto a su hermana, sus sobrinos y su esposa. “Me va bien”, aclara desde la esquina en la que está hace más de seis años. A pocos metros del parrillero, su pareja ofrece las empanadas (de carne, pollo, jamón y queso) que él termina de hacer a las 6 en un horno de barro de su casa de villa Ramos.     

Parripollos rawsinos

“Estoy hace un mes y medio acá. Entré a trabajar en un parrillero, estuve un tiempo y me animé a ponerme el mío. Fue una decisión que tomamos con mi novia”, cuenta Lucas, que por timidez casi no mira a los ojos.

El joven de 21 años, que atiende un parripollo en Progreso pasando lateral de Ruta 40, asegura que “normalmente en lo que es comida de calle en invierno baja un poco la venta”. La pareja vive con lo que recaudan el fin de semana y la chica además tiene un kiosco.

“Hoy estuvo más tranquilo. Habré vendido unos seis pollos”, dice Darío (56) cerca de las 14:30 y ya con más de seis horas de trabajo desde que sale de su casa.

La historia del mendocino empezó por amor. Se dedicó a vender pollos en Progreso y Cobos desde que se instaló en San Juan. “Hace tres años y medio que trabajo acá. Vengo de General Alvear. Llegué por la pandemia y por Facebook, porque encontré pareja acá”, revela. Entonces, el hombre tiene la perspectiva de aquellos tiempos y aclara que “antes de las elecciones a presidente empezó a bajar mucho la venta”.

Ahora vende entre 15 a 20 pollos cada fin de semana. Pero en 2023 salían de su puesto “entre siete u ocho cajas” (cada una de 20 kilos, con siete pollos). 

En Superiora pasando España, David le pone chimichurri a los pollos al ritmo de “Adán y Eva”, del trapero cordobés Paulo Londra. La música sale desde un parlante que está entre el parrillero y las conservadoras donde guardan las empanadas. A pocos metros hay un parripollo de otro propietario.

El joven de 20 años trabaja para ese puesto desde hace tres meses, porque antes se desempeñaba en uno de Cabot y San Miguel. Asegura que generalmente venden todo. Pero desde hace algunas semanas hay días en los que notan la baja en las ventas. “El viernes vendimos cuatro pollos nomás”, dice. 

También por Superiora, pero antes de Roque Sáenz Peña, Milagros (23) atiende el emprendimiento que tiene junto a su padre y que ayuda a la familia compuesta por siete personas (seis adultos y un niño). La joven cuenta que su papá tenía un parripollo en una esquina cercana y hace dos meses se colocaron en el nuevo lugar. “Ahora no salen muchos pollos. A fin de mes se para un poco la venta”, explica. También apunta que cuando empezaron vendían “entre tres o cuatro cajas de siete u ocho pollos” y ahora solo salen “dos cajas”.

“Yo trabajo en un salón y mi papá y mis hermanos en la construcción. A ellos se les bajó mucho el trabajo”, señala sobre la situación que los llevó a colocar el parripollo.

Vendedores de empanadas

Cristian tiene 39 años y es profesor de educación física, pero no ejerce. Aclara que su oficio está “asociado a la gastronomía”, rubro en el que tiene experiencia. Decidió poner un puesto de venta de empanadas a 50 metros de su casa, en Benavídez antes de Díaz, cuando regresó de Chile.

Mientras tramita su pasaporte para volver al exterior decidió apostar “a lo mejor, que está en la calle”. Y lo hizo en el mismo lugar en donde hace cuatro años tenía un parripollo. “Son famosas las empanadas del porteño”, se promociona.

El hombre que en Chile se desempeñó en la cadena de pizzerías “La Argentina” relata que siempre estuvo “presente en la atención y la venta” pero que con el tiempo entendió “que el negocio estaba en la producción”. Entonces se perfeccionó para esa actividad, a pesar de reconocer con ironía que en su casa no cocina “ni un huevo frito”.

“Nací en Buenos Aires, criado por sanjuaninos. Hace 12 años vine a la provincia, pero estuve dos años en Chile”, contextualiza el hombre.

Para trabajar en la calle, esta vez eligió como estrategia de marketing sacar el horno a la vereda. “Mi pareja me ayuda a hacer la producción en mi casa. Acá terminamos de hornearlas, para no tenerlas en una conservadora y que se enfríen o que sufran cualquier tipo de afección”. Cristian ofrece empanadas de carne o de jamón y queso.

Para él “la necesidad está a la vista” y “es mucha”, algo que se ve reflejado en la proliferación de vendedores callejeros. “Vas a trabajar por 10 o 12 lucas, estás todo el día laburando y eso es lo que sale un lomo. Entonces no coincide lo que ganás con lo que gastás”, se queja por la pérdida del poder adquisitivo en el país. 

Por Benavídez pero al llegar a calle Vidable, en la cara de Rubén (44) se nota el cansancio y la preocupación. “Últimamente está floja la venta, bajó bastante”, lamenta quien se levanta a las cuatro de la mañana para hacer semitas en los días hábiles y ofrece empanadas los fines de semana. 

“Llevo un año y medio con las empanadas y más de dos años con las semitas. Hace un mes empezó a bajar la venta”, advierte. Antes vendía 120 semitas y ahora lleva 70 nomás, mientras que ya no vende más de 10 docenas de empanadas, cuando antes tenía que llevar como mínimo 12 docenas los domingos. “La gente dice que no compra porque no hay plata. A veces me piden media docenita nomás”, expresa, triste, el hombre que vive en el barrio Los Pinos. 

Frente a la escuela Arturo Illia, por Benavídez, Antonella ofrece empanadas de carne y pollo. “Mi esposo vende en Calívar y Benavídez hace como seis años. Yo empecé acá hace cinco meses”. La mujer no conseguía trabajo y decidió salir a la calle para ayudar a la economía familiar. Su esposo trabaja durante la semana en la Municipalidad de Chimbas, pero el costo de vida se elevó y para muchos ya no hay descanso. Cuando tienen un buen fin de semana, entre los dos venden 48 docenas.

“Hay muchísima gente vendiendo empanadas. Acá hay un hombre que se pone enfrente y en la otra esquina también hay uno (en referencia a Rubén). Mi esposo también tiene otros vendedores en la misma esquina. Pero creo que el sol sale para todos y nos va bien”, relata la joven mientras le pone tres docenas adentro de una bolsa de papel madera a una clienta.  

Diferencia de precios

En la comparación de los dos populosos departamentos, los precios son algo más bajos en Chimbas. En Benavídez y Vitaz, por ejemplo, el pollo solo cuesta $12.000 y hay promociones de 13.000 (con ensalada mixta y mayonesa casera) o 20.000 (con pan rebanado, ensalada rusa y una docena de empanadas).

En el siguiente puesto, Ángel ofrece el pollo a 10.000 pesos y la promoción, con ensalada rusa o mixta más una docena de empanadas, a 16.000.

Jorge es quien tiene el precio más elevado: 14 mil pesos el pollo y 22 mil la promo (con ensalada rusa, pan casero y empanadas) en el parrillero que atienden sus hermanos. Mientras que Abel vende a 11 mil el pollo y 14.500 si le agrega una ensalada, mayonesa y pan casero. Pero a las empanadas las ofrece aparte: $5000 la docena de carne o pollo y 6000 la de jamón y queso.

Cristian tiene más caras las empanadas, aunque dice que son tamaño “XXL”: 8000 pesos la docena. Y Rubén las vende a $6000.    

En Rawson, Lucas tiene el pollo a 13 mil pesos. Pero si le agrega el pan casero y la ensalada lo sube a 14.500. Además aclara que si vuelve a llevar empanadas para vender, el combo costará $19.500.

Milagros y su padre también ofrecen el pollo a 13 mil. Pero ahí la promo con empanadas, ensalada y pan está a 20.000 pesos. Mientras que Darío vende el pollo a $15 mil y el combo con empanadas a $22.000. Y David lo tiene a $14.500 o la promoción a $20.500.

La espera

“En la semana soy ayudante de albañil. Trabajo de lunes a lunes para mantener a la familia”, cuenta Jorge. “En  mi casa, con mi señora tenemos un lavadero de acolchados, frazadas, cubrecamas, para que entre una monedita más porque ahora la plata no alcanza”, dice Rubén. “Este sería mi trabajo hasta encontrar otra cosa”, proyecta Antonella. “Por ahora es mantenerse y esperar al verano”, aguanta Lucas. “Nos trasladamos con los pollos acá por la falta de trabajo”, reconoce Milagros. “Tenemos a Dios con nosotros, que nos acompaña en todo momento. Tenemos la batalla ganada ya de antemano”, confía Cristian.

“A la mayoría le gusta más sequito el pollito, no tan crudo ni tan cocido, pero bien cocinadito”, explica Adolfo en diminutivo, un rasgo coloquial de los sanjuaninos. Darío pregunta “¿completito, como siempre?” y el cliente le devuelve un “exacto”. El mendocino revuelve el chimichurri en un envase plástico y “pinta” un pollo sobre la parrilla.

Cerca de las cuatro de la tarde termina otra larga jornada en los puestos callejeros, en donde los anónimos no le dan el brazo a torcer a la crisis. Y cada fin de semana emprenden una silenciosa revancha que amortigua los embates de una incómoda espera.

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