HISTORIAS

“Vi a mis compañeritos dejar la escuela para ir a gamelear”: el relato de la jachallera que estudió en el campo, empezó la universidad a los 16 y llegó al Conicet

Tatiana Pizarro hizo la primaria y parte de la secundaria en escuelas rurales. Eligió su carrera para cumplir el sueño de una compañerita de Los Berros. Fue el orgullo del bisabuelo que no sabía leer. Y hoy es una investigadora-influencer que en redes atrapa a sus seguidores con reels científicos.

Estudiar, a veces, es un acto de justicia social. Hacerlo deviene en un reconocimiento a los que no pudieron llegar. Jurar una especie de vendetta por el triste destino de los “nadies”. Cumplir los sueños propios y también los ajenos. Y volcar los conocimientos para el bien de esos otros. “Cuando llegué a la universidad dije ‘lo logré’, y cuando crucé el portón de la Facultad de Sociales sentí adentro mío un ‘acá estamos todos, llegamos todos’”, recuerda la investigadora del Conicet Tatiana Marisel Pizarro Páez.

La científica nació en San José de Jáchal y cuando tenía casi un año sus padres la llevaron a Sarmiento. Pertenece a la primera generación de universitarios en su familia, hija única de un exoperario (Luis Edgardo Pizarro) de la calera Carbometal, ubicada entre Cienaguita y Divisadero, y de una docente jubilada (Estela Nancy Páez) que estudió en la Escuela Normal Superior “Fray Justo Santa María de Oro” de Jáchal.

Dura realidad 

“En una suerte de adultez que les llega temprana a los niños, vi a muchos de mis compañeritos de tercero, cuarto o quinto grado abandonar la escuela para ir a gamelear. Es triste y te marca mucho. Ahí te das cuenta de que a veces el privilegio de la educación, por más que sea obligatoria, no es para todos”. Pizarro estudió en las escuelas rurales José Lombardo Radice, de Divisadero; Profesor Alejandro Matus, de Cienaguita; y Falucho, de Los Berros.

Había niños que empezaban las clases dos meses tarde porque estaban ocupados con la cosecha de la uva y la aceituna y algunos de ellos hasta terminaban dejando los estudios. Urgencias familiares que se llevaban puestos sueños y saltaban etapas. Niños a los que les tocó en suerte crecer gambeteando la miseria, reducidos a correr contra el tiempo, en un día a día cuya única meta era lograr poner un pan sobre la mesa de sus hogares.

“Teníamos frío, porque no había estufas o comodidades. Los grados eran agrupados. Por ejemplo, el maestro nos daba clases a los de segundo con los de tercero y a los de cuarto con los de quinto. Y dividía el pizarrón para darle a cada grado distintas tareas. Desde niña acompañaba a mi mamá como maestra de escuelas rurales: me acuerdo de las cartitas de los alumnos diciéndole que su hermanito no iba a asistir a clases porque no tenía zapatillas. Recuerdo el hambre y la esperanza por la copa de leche, como el único alimento que iban a recibir en el día. Son realidades muy dolorosas”, relata la profesional, quien asegura que esos contextos le dejaron una huella imborrable.

Entonces hoy, como científica, busca caminos que ayuden a cerrar las cicatrices de aquellos que no pudieron cumplir sus sueños. Será por eso que a sus inicios en la Universidad Nacional de San Juan los vivió un poco en zapatos ajenos.
“La elección de mi carrera fue bastante fortuita. Nunca pensé estudiar periodismo. Lo hice, en una primera instancia, por el robo de un sueño: lo había escuchado de una compañerita de la escuela Falucho, que se imaginaba como periodista, y cuando llegué al centro de San Juan dije ‘¿por qué no?’. No me arrepiento de haber estudiado esa carrera, pero no fue un sueño mío, hice realidad el sueño de una chica que hoy calculo que es una señora que vive en Los Berros. Viví en carne propia su sueño”, le dice la licenciada en comunicación social a 0264 Noticias. 

El camino a la universidad

Además de ser investigadora asistente en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, la joven de 35 años es doctora en Ciencias Sociales, magíster en Políticas Sociales e investigadora del Instituto de Investigaciones Socioeconómicas de la FACSO (Facultad de Ciencias Sociales).

Ese “llegamos todos” que sonó en su cabeza cuando ingresó a la UNSJ tiene también un sentido más familiar: “Fortunato, mi bisabuelo por parte de mi mamá, no sabía leer y admiraba muchísimo a las personas que sabían cosas y estudiaban. Una vez mi nona le comentó que yo estaba en la universidad y él no podía creer que alguien de nosotros había llegado ahí. También recuerdo, por ejemplo, que mis padres pensaban que yo iba a ir a la universidad desde que tenía cuatro años. Fue su sueño y me lo trasladaron a mí”.

“Cuando hago el ejercicio de pensar las historias que me atraviesan, me doy cuenta de que ese compendio que soy pertenece a gente laburadora, que busca el peso diario y que lo cuida, desde mis abuelos a mis viejos. Cuando yo nací, al mes lo despidieron del trabajo a mi papá en Jáchal. Nací en épocas bastante complicadas, complejas”. En Sarmiento les prestaron una casa ubicada adentro del predio de la calera. Para ir a trabajar, su papá solo cruzaba una calle interna. “Se escuchaban las voladuras. Me acuerdo del olor a la cal viva. Me crié en un paisaje de cerros y cales”.

Como no tenían familiares en el Sur sanjuanino, la madre de Tatiana la llevaba a la escuela con ella. Así, hizo jardín de 5 con 3 años. Después fue de oyente a primer grado y no le permitían usar guardapolvo. Pero su maestra le dijo a Estela que el año próximo no la iba a poder tener, porque la niña había aprendido y tenía que pasar a segundo.

“La  señorita se subía al colectivo de la empresa y yo la buscaba para contarle todo lo que había aprendido. Entonces le sugirió a mi mamá que no me mandara todas las semanas, porque los otros chicos iban más lentos. Existía la posibilidad de adelantarme de curso, pero una médica de la empresa le recomendó a mi mamá que no lo hiciera, por mi desarrollo cognitivo: a los 6 años me querían pasar a cuarto grado”, cuenta la comunicadora que, más allá de haber sido estimulada desde muy chica por su madre docente, también advirtió en la niñez que tenía una capacidad de aprendizaje superior para su edad.

A la universidad llegó con 16 años y nunca notó la diferencia de edad con sus compañeros. Una vez egresada, al doctorado que se cursaba en cinco años ella lo hizo en cuatro, en la Universidad Nacional de Cuyo, de Mendoza. “A medida que iba avanzando sentía que necesitaba saber más, entonces antes de terminar el doctorado completé cinco especializaciones”, admite.    

Su lugar en el mundo 

Cada especialización que emprende la transita con convicción y siempre con un compromiso social que la emociona cuando ve algunas situaciones que la remiten a sus orígenes. Pero su llegada al Conicet se dio casi sin buscarlo.

“Nunca lo había pensado, ni soñado, ni esperado. Alguien me dijo ‘vos tenés perfil para ser investigadora’, postulé y me dieron la beca doctoral. Pero adentro encontré mi lugar en el mundo. Ahora no me veo haciendo otra cosa más que investigar el impacto social de las políticas, el impacto social de la vida de las personas. Es algo absolutamente fascinante. La ciencia te abre caminos impresionantes”, asegura la investigadora que está en el Conicet desde el 2015.

Ella cuenta que a ese gran salto en su carrera al principio no pudo dimensionarlo porque intervino el “síndrome del impostor”: “Cuando vi mi nombre en la lista del Conicet hice un promesa, porque sentí que estaba ocupando un lugar de otra persona, por más que lo merecía porque había rendido el concurso. Prometí no abandonar el doctorado y ayudar económicamente, no solo a mi familia”.  

Pizarro ya publicó más de 30 artículos en revistas nacionales e internacionales y en breve le publicarán un capítulo, en inglés, en un libro canadiense sobre lingüística.

La científica reconoce que “no hubiese podido estudiar si no hubiera tenido la posibilidad de hacerlo en la universidad pública”. “En el pasado, en el presente, en el futuro es muy difícil estudiar en una institución privada. Dudo mucho de que lo hubiera podido hacer sin haber tenido la gratuidad de esta educación de calidad”, concluye.  

Divulgación científica 

Hoy, Tatiana habla de ciencia en entretenidos reels para los que se aleja de la jerga académica. Esa idea “surgió con la redacción de la tesis doctoral”.

“Soy una de las personas a las que le choca mucho el lenguaje académico. Muchas personas me habían brindado sus testimonios de vida, eran mujeres que se jubilaron por la moratoria previsional para amas de casa, y no quería que quedaran afuera de la lectura de un texto académico. Entonces en la primera página puse: ‘Esta tesis va a ser escrita de tal manera que cualquier persona que acceda a este documento pueda entenderlo’”. A partir de ahí “surgió la necesidad de democratizar el conocimiento”.

Para ella “se ha vuelto un verdadero desafío” comunicar en redes lo que hace la ciencia y cuenta que en la provincia no son más de cuatro personas las que lo están haciendo.   

“De pronto se espera que el científico hable de determinada manera, con cierta solemnidad e incluso con una terminología muy difícil, y yo soy todo lo opuesto: trato de hacer contenidos amenos, simples, sencillos y de acceso para todos”. Pizarro tiene éxito en Instagram, en donde trata de que la gente conozca los trabajos de los investigadores, y también es autocrítica: “Es un poco culpa nuestra que no se sepa sobre ciencia, porque vamos a los congresos y nos hablamos a nosotros y no a la gente”.

Con llamativos recursos visuales, edita videos de no más de un minuto porque “las métricas dan que hay que atrapar a la gente en los 13 primeros segundos. Tiene que ser un tema muy interesante, que tenga un gancho y hacer la bajada más coloquial de ese texto académico”.
“En mi cuenta hablo de salud mental. Pero los lunes meto conceptos más sociológicos y políticos, y los miércoles subo descubrimientos científicos”, dice. Su experiencia en medios de comunicación la perfiló a contar la ciencia de manera más informal. Tuvo participaciones en Xama TV y hoy es columnista de Matecito, un programa de streaming.

En 2023, cuando quedó más estable como investigadora del Conicet lo comunicó con alegría en Twitter (hoy X) y sufrió “acoso durante meses”. Su tuit se viralizó y hasta Manuel Adorni (actual vocero presidencial) participó de las absurdas críticas. Por eso hoy busca comunicar qué hacen los científicos y avanzar en sus investigaciones, pensando en que sus trabajos pueden aliviar la vida de aquellos compañeritos de las escuelas rurales que tenían hambre y no les quedaba otra que salir a gamelear para salvar a sus familias.

“Si tuviese que hacer un repaso por mi vida y hablar con la niña que fui, creo que estaría orgullosa de mí. Aunque debo reconocer que esa niña que fui quería ser astronauta, así que quizás me quedé corta. Pero de lo que estoy segura es que estaría muy orgullosa de los valores, que siguen siendo los mismos, y de que todavía creo en el mismo sueño: el de poder cambiar el mundo”.

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