OPINIÓN

Cuando la electricidad decide quién entra al negocio minero

Por Diego Martín Nazareno, Magister en Derecho Administrativo
Diego Martín Nazareno, Magister en Derecho Administrativo
Diego Martín Nazareno, Magister en Derecho Administrativo
martes 31 de marzo de 2026

La capacidad de transporte eléctrico se volvió el recurso crítico que define qué proyectos mineros avanzan y cuáles quedan afuera en el norte argentino

La energía dejó de ser un dato técnico: hoy es el filtro que define qué proyectos mineros avanzan y cuáles quedan afuera.

En el norte argentino está pasando algo que cambia las reglas del juego. La capacidad de transporte eléctrico —la posibilidad real de llevar energía hasta donde se necesita— se está convirtiendo en el principal cuello de botella del desarrollo minero.

Durante años, la discusión fue otra: recursos, financiamiento, precios internacionales. Hoy el problema es más básico. Si la energía no llega, el proyecto no existe.

El sistema eléctrico argentino, en especial la red de 500 kV, fue pensado para abastecer ciudades, no para sostener consumos industriales gigantes. Un solo proyecto minero puede demandar entre 300 y 600 MW. Es, literalmente, una ciudad conectada a una mina.

Y la red tiene límites. No alcanza con que haya energía disponible: hace falta capacidad para transportarla. En el norte, esa capacidad es escasa.

Ahí entra en escena la Resolución ENRE 79/2026. El caso surge por la necesidad de conectar grandes proyectos del Distrito Vicuña. Para hacerlo posible, se plantea construir una nueva línea de alta tensión entre Rodeo y Chaparro.

Hasta ahí, todo lógico. El sistema permite que los propios proyectos financien las obras necesarias para conectarse. Es una forma de acelerar inversiones cuando el Estado no llega. El problema aparece después: quién usa esa capacidad.

La resolución reconoce al inversor principal prioridad sobre gran parte de la capacidad disponible del corredor eléctrico. No solo en la nueva línea, sino también en parte de la infraestructura existente.

Traducido: el que invierte primero no solo se conecta. También condiciona a los que vienen después.

Esto tiene nombre en economía: ventaja del primero. El que llega antes ocupa una posición dominante en una infraestructura clave.

En la práctica, la energía pasa a ser un recurso estratégico escaso. No todos los proyectos van a poder desarrollarse. Algunos directamente pueden quedar afuera.

Esto reordena todo el tablero. La competencia ya no es solo por cobre o financiamiento. Es por acceso a la red.

Un ejemplo concreto ayuda a entenderlo. Un proyecto minero típico en la región puede demandar entre 300 y 600 MW. Con uno o dos proyectos de esa escala, la capacidad disponible de un corredor puede quedar prácticamente saturada. Si otro proyecto similar llega después, aunque tenga financiamiento y reservas comprobadas, puede encontrarse con que simplemente no hay capacidad eléctrica para conectarse. Resultado: no puede operar y, en la práctica, queda fuera del juego.

Ahí aparece la tensión de fondo. La red eléctrica es un servicio público que debería garantizar acceso abierto. Pero su expansión depende, cada vez más, de inversión privada.

Cuando una obra financiada por un privado le termina dando control sobre gran parte de la capacidad disponible, ese equilibrio se vuelve frágil.

La regulación prevé mecanismos de control, como audiencias públicas, para discutir estos conflictos. Sirven para transparentar decisiones y dar lugar a otros actores.

Pero no resuelven el problema estructural: la infraestructura se expande por necesidades individuales, mientras sus efectos impactan en todo el sistema.

Lo que está en juego no es solo una línea eléctrica. Es cómo se reparte un recurso clave para el desarrollo económico.

La experiencia internacional muestra que este tipo de conflictos no es nuevo. En distintos países se tuvieron que ajustar reglas para evitar que el primero en llegar bloquee al resto. Argentina está entrando en esa discusión.

Porque en este nuevo escenario, la pregunta central ya no es quién tiene el recurso. Es quién logra conectarse. Y esa diferencia puede definir, en los próximos años, qué proyectos avanzan y cuáles nunca llegan a existir.