DÍA DE LA MADRE

Gimena Salina, la enfermera que divide su corazón entre la vocación de cuidar y el amor por sus hijos

Entre guardias, responsabilidades, cansancio y momentos que no siempre se pueden recuperar, Gime construye día a día el desafío de ser mamá y enfermera. Con dos pequeños, Lucía y Benjamín, aprende a organizarse, a apoyarse en su familia y a mirar la vida con otros ojos.

La maternidad transforma, enseña y deja huellas profundas. Cambia las prioridades, la manera de mirar el mundo y hasta la forma de comprender el dolor y las necesidades de los demás. Para Gimena Salina, enfermera y mamá de una nena de seis años y un varón que acaba de cumplir tres, ese aprendizaje se construye todos los días, entre su trabajo en el ámbito de la salud y la vida familiar.

En este especial por el Día de la Madre, su historia invita a detenernos en aquellas mujeres que, además de cuidar a otros, regresan a casa para abrazar, acompañar, preparar la comida, ayudar con las tareas y encontrar fuerzas incluso cuando el cansancio parece ganarles la batalla.

La enfermería no siempre fue una vocación que Gimena tuvo definida desde el comienzo. “Al principio creo que fue pensado en una salida fácil laboral rápida, pero a medida que la fui estudiando me fue gustando”, recuerda. Con el paso del tiempo, la experiencia le permitió descubrir diferentes aspectos de la profesión y encontrar su propio camino.

“Cuando me recibí trabajé en terapia unos años y después en lo que es atención primaria. Y en la terapia aprendí un montón de cosas que en atención primaria no lo ves, pero en atención primaria también ves muchas cosas que capaz que en la terapia no te das cuenta que se viven”, cuenta a 0264Noticias.

Hoy, su rutina transcurre en medio de las exigencias de una profesión que requiere compromiso, sensibilidad y atención permanente. Sin embargo, cuando termina la jornada laboral, comienza otra tarea que también demanda tiempo, energía y dedicación: la de ser mamá.

Durante un tiempo, Gimena trabajó en turnos nocturnos, una modalidad que, además del desgaste físico, implicaba un desafío emocional al momento de separarse de sus hijos.

“Muchas veces me tocó hacer guardias, trabajar de noche, no llegás a dormir bien”, cuenta entre risas. Luego, explica: “Sí descansás, pero no te llegás a recuperar. Por más que después te duermas todo el día, es como que estás pasada de vuelta”.

Actualmente, tener un turno fijo por la mañana le permite organizarse mejor, aunque eso no significa que todo sea sencillo.

“Te podés organizar con las actividades de los niños. Tengo mi marido, que nos ayudamos, coordinamos. También mi familia siempre cuando pueden, buscan en la escuela, me la traen. Entonces es medio caótico porque tenés que dejar la comida lista, tenés que ver la ropa del otro día, tenés que hacer las tareas, todo en una tarde. Pero es más organizado que trabajar de noche”.

Detrás de ese esquema diario hay una familia que funciona como equipo. Las responsabilidades se reparten, los horarios se coordinan y los abuelos aparecen cuando hace falta una mano. Porque, muchas veces, para que una mamá pueda cumplir con su trabajo, necesita saber que sus hijos están acompañados y cuidados.

“Tratamos de organizarnos y siempre preguntarnos qué tenés que hacer mañana y yo tengo que hacer esto, esto. Bueno, yo me voy con Benjamín a bici, yo llevo a Lucía a hacer las compras o nos ponemos a hacer la tarea. Siempre organizarnos, porque si no fuese así, no podríamos”, relata.

La ayuda de los suyos es fundamental, pero no elimina las emociones que aparecen cuando llega el momento de salir de casa y dejar a los pequeños al cuidado de otras personas. Hay ausencias que pesan más que otras. Para Gimena, una de las más difíciles de sobrellevar es no poder estar presente en algunas actividades escolares de su hija mayor.

“Me pierdo muchas cosas de la escuela. Es difícil por ahí pedir permiso. A veces tengo que tomar el día, pero siento que con ella me he perdido muchas cosas de la escuela porque van al jardincito desde año y medio. Entonces alguna fiestita, algo, siempre iba mi mamá o mi esposo, y cuando las perdés, después no las recuperás”, cuenta entre lágrimas.

Su voz se quiebra al hablar de esos instantes que pasan una sola vez. Porque, aunque sus hijos estén acompañados por personas que los aman, para una mamá también existe el deseo de ser quien esté ahí, quien los vea crecer, quien aplauda sus logros y comparta cada pequeña conquista.

La dificultad no desaparece cuando los niños crecen ni cuando las obligaciones laborales se vuelven más previsibles. También aparece cuando se enferman y ella debe cumplir con su trabajo.

“Cuesta, es muy duro, es difícil. Por ejemplo, el más chiquito por ahí me dice, mami, te extraño, y te abraza. Pero es difícil, es una cosa que no se puede reemplazar”.

Son esas palabras, las de un hijo que extraña a su mamá, las que permiten comprender que detrás del uniforme también hay una mujer que siente, se preocupa y quisiera poder estar en todos lados al mismo tiempo.

El trabajo de enfermería no termina necesariamente al salir del centro de salud. Las preocupaciones, las tareas pendientes y las conversaciones con los compañeros siguen presentes, incluso cuando Gimena ya está en su hogar.

“No las dejo, no, porque siempre estamos hablando con mis compañeros, falta esto, quién dejó, no sé, la estufa prendida, mirá, mañana va a ir un paciente. Nunca terminás, y más ahora con los teléfonos, menos. Sí, todo el tiempo es un mensajito, que mañana hay que cargar tal cosa, que nos faltó poner esto. No, no lo dejás nunca”, explica.

A ese peso se suma el cansancio acumulado de las obligaciones domésticas y de la crianza. Gimena reconoce que, en ocasiones, el agotamiento modifica su humor y su manera de reaccionar.

“Hoy es complicado porque a veces uno del cansancio, por ejemplo, yo hay veces que lo noto, que estoy idiota, o sea, del mismo cansancio del trabajo, de llegar a la casa, de tener que hacer cosas, lo noto. Pero ellos no tienen la culpa. Entonces vos tenés que hacer como si nada y seguir haciendo. Y no sé, sí, en la casa es otro trabajo”.

Su relato refleja una realidad de todas las madres: la necesidad de continuar aun cuando el cuerpo pide descanso, intentando que las preocupaciones de los adultos no recaigan sobre los más pequeños.

Porque ser mamá no significa dejar de cansarse, frustrarse o sentirse desbordada. Significa también reconocer esas emociones y seguir buscando la manera de acompañar a los hijos con amor, aun en los días más difíciles.

La maternidad no solo modificó la vida personal de Gimena; también transformó su manera de ejercer la enfermería. En su trabajo, donde recibe a niños y familias que necesitan atención, aprendió a observar más allá de los síntomas, a prestar atención a los gestos, a las miradas y a aquellas señales que muchas veces no se expresan con palabras.

“Aprendí a mirar los niños de otra forma, porque acá vienen niños que apenas los ves vos te das cuenta si les falta cariño, si les falta atención. Más allá de que vengan enfermos o atrasados en vacunas o higiene, lo que sea, pero con un niño te das cuenta ahí nomás, en los ojitos te das cuenta si está enfermo de verdad. Esas cosas yo las aprendí, digamos, acá con mis hijos, para verlo en mis hijos. Y vos te das cuenta en cuando un niño te habla, te está diciendo la verdad. Te das cuenta en eso, más que nada en los niños. Me he dado cuenta cómo mirar a mis hijos así”.

Esa mirada se convirtió en un aprendizaje de ida y vuelta. La experiencia como mamá le permitió comprender mejor las necesidades de sus pacientes, mientras que la enfermería le brindó herramientas para afrontar los desafíos de la crianza.

“Hay veces que los pacientes necesitan que los escuches, necesitan que les prestes atención, que les preguntes qué les pasa o algo, que les converses. Hay gente que está muy sola. Y sí, eso me ha cambiado el carácter como mamá, estar como más atenta a las personas y a las necesidades”.

Para Gimena, cuidar no es solamente atender una dolencia. También es escuchar, preguntar, acompañar y comprender que, en ocasiones, una persona necesita algo más que una respuesta rápida. La profesión, además, la ayudó a fortalecer su personalidad y a encontrar su propia voz.

“La enfermería me ha ayudado, por lo menos a mí, a tener esa personalidad que capaz que antes no la tenía. Antes era más tranquila, más sumisa, pero vos tenés que pararte firme y hablar con claridad y ser, como ser concisa en lo que estás diciendo, de una forma corta capaz”.

Esa firmeza que aprendió en el trabajo también forma parte de la mujer que hoy acompaña a sus hijos, organiza su hogar y enfrenta las dificultades cotidianas.

Para Gimena, la enfermería y la maternidad comparten algo esencial: la necesidad de involucrarse de corazón.

Su historia también está atravesada por los recuerdos de aquellos Días de la Madre en los que le tocó trabajar y no pudo compartir plenamente la jornada con su propia mamá. Incluso antes de convertirse en mamá, tuvo que atravesar esas ausencias.

“Así que gracias a Dios, ahora que puedo, estoy con mis hijos y con mi mamá también”.

Ella sabe que el tiempo compartido tiene un valor que no se mide en horas, sino en recuerdos, abrazos y pequeñas escenas familiares que quedan guardadas para siempre.

No idealiza la maternidad ni esconde sus dificultades. Habla del cansancio, de las ausencias, de las preocupaciones y de la necesidad de contar con una red de apoyo. Pero también reconoce la felicidad de ver crecer a sus hijos y de poder compartir con ellos momentos que antes, por las obligaciones laborales, parecían difíciles de alcanzar.

En este Día de la Madre, la historia de Gimena Salina representa a tantas mujeres que cada día se ponen un uniforme, cumplen con su vocación y, al regresar a casa, vuelven a ponerse al servicio del amor más profundo: el de sus hijos.

Gimena es enfermera, pero también es la mamá de Lucía y Benjamín. Es la mujer que se preocupa por sus pacientes y la que pregunta si sus hijos comieron, durmieron o necesitan algo. Es quien reconoce que hay momentos que no vuelven y que, por eso, cada instante compartido merece ser valorado.

Al final de la entrevista, cuando llega el momento de poner en una sola palabra lo que significa la maternidad para ella, no necesita pensarlo demasiado.

“Una bendición”.

Palabras sencillas que resumen una historia llena de amor, sacrificios, aprendizajes y emociones. Porque, aunque cuidar a los demás sea su profesión, hay dos pequeños que le enseñan todos los días que el amor también se construye en los gestos más simples: en un abrazo, en una mirada y en ese “mami, te extraño” que, aun en los días más difíciles, le recuerda por qué vale la pena seguir adelante.

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