OPINIÓN

La masacre de las “foibes”, el genocidio olvidado

domingo 09 de febrero de 2025

Norma Cossetto era una bella jovencita de 23 años que vivía en la apacible aldea de Santa Domenica di Visinada (hoy Kaštelir-Labinci, Croacia), en la entonces italiana Istria. Había realizado sus estudios de nivel medio en el Real Liceo Vittorio Emanuele III de Gorizia para luego convertirse en alumna de Literatura y Filosofía de la Universidad de Padua, estudios que alternaban con tareas de docencia en Pisino (hoy Pazim) y Parenzo (actual Poreč). Se encontraba terminando su tesis universitaria denominada “Istria Roja”, por la coloración rojiza de la tierra de Istria al ser rica en bauxita.

Pero ese proyecto de vida de pronto quedó trunco. El 25 de septiembre de 1943, partisanos comunistas yugoslavos y algunos italianos ingresaron a su domicilio y decidieron detenerla. Trasladada al antiguo cuartel de policía de la cercana Visignano se le exigió que se sume al movimiento de partisanos comunistas, a lo que Norma se negó, y, al no saber qué hacer con ella, uno de los guardias la liberó. El infierno continuó al día siguiente cuando decidieron volverla a detener y trasladarla, junto con algunos familiares y amigos cercanos, a un cuartel en Parenzo.

Dada la cercanía de fuerzas alemanas dispuestas a recuperar el lugar y expulsar a los partisanos comunistas, es que estos últimos decidieron trasladar a sus prisioneros a una escuela en la vecina Antignana (hoy Tinjan). Ya en el lugar, Norma fue atada a una mesa de la escuela y fue sometida a torturas y constantes violaciones, sus gritos desgarradores y sus desesperados pedidos de ayuda llamando a su madre hicieron que una valiente vecina se acerque y mirara por una ventana como la joven era torturada, transformándose en un futuro testimonio clave.

Norma no fue la única, todas las mujeres que pasaban por esa escuela-cárcel eran torturadas y sistemáticamente ultrajadas por los comunistas. La violencia sexual se había convertido en una práctica corriente sobre la mayoritaria e histórica población italiana que habitaba la península de Istria, como forma de sembrar el terror y provocar su éxodo masivo.

Lamentablemente, Norma junto a dos mujeres más y un grupo de cerca de cuarenta prisioneros, la mayoría detenidos sin causa ni justificación, fueron conducidos hasta el sumidero de Villa Surani, una “foiba” en italiano. Los sumideros o “foibes” no era más que depresiones kársticas, profundos pozos naturales con forma de embudo invertido, que abundaban en toda la región. Se calcula que solo en Istria existen unos 1.700.

Ya en el lugar, las tres mujeres fueron nuevamente violadas y todos los prisioneros fueron arrojados al pozo kárstico. El dramático suceso se reservó un final espeluznante: la última en ser violada y arrojada viva -previo a cortársele los pechos- fue Norma Cossetto. Poco tiempo después, el 8 de diciembre de ese mismo año, los bomberos de Pola (Pula), encontraron los cuerpos y procedieron a rescatarlos, siendo el de Norma el primero en ser extraído. Inexplicablemente, no presentaba mayores signos de descomposición.

Hasta ahí el aberrante relato de los hechos. Las persecuciones hacia la mayoría italiana, la población originaria del lugar, en las regiones de Venecia Julia, Istria, Quarnero y Dalmacia, y de la ciudad de Fiume (hoy Rijeka), obligaron a que se llevara adelante una inmigración forzada de cerca de 300.000 italianos, además de unos 50.000 eslovenos y croatas que no estaban dispuestos a aceptar el régimen comunista del mariscal Josip Broz -alias “Tito”- en Yugoslavia. Todos huyeron hacia Italia entre 1943 y 1956 y muchos de ellos terminarían recalando en la Argentina.

Los inmigrantes italianos que llegaban al norte de la península relataban hechos espantosos cometidos por los partisanos yugoslavos y por los miembros de la temible OZNA -Oddelek za ZašÄito NAroda-, el “Departamento de Protección del Pueblo”, que formaba parte del servicio de inteligencia de la Yugoslavia comunista y que operó entre 1944 y 1952; sin embargo, estos relatos eran desestimados y en la mayoría de los casos, ocultados.

Y es que se habían impuesto nuevas realidades internacionales e incluso nuevas necesidades políticas en la Italia de la segunda posguerra. Las potencias occidentales, triunfadoras en la Segunda Guerra Mundial, intentaron forzar acuerdos entre la Italia posfascista y la nueva República Federal Socialista de Yugoslavia y dividieron el territorio favoreciendo claramente a los yugoslavos, primero mediante el trazado de la “Línea Morgan”, en 1945, y luego mediante el Tratado de París celebrado el 10 de febrero de 1947.

El gobierno italiano buscaba reunificar el país tras la guerra civil que se había extendido hasta 1947 y al Partido Comunista italiano, que controlaba infinidad de pueblos, además de ciudades y regiones, no le convenía que se difundieran los actos salvajes de sus camaradas yugoslavos cometidos contra sus propios connacionales.

Tanto el gobierno italiano como las potencias occidentales mantuvieron todo lo silenciada que se pudo esta persecución étnica a los efectos de lograr un acercamiento con Tito, sin que el mismo fuera condenado por las sociedades europeas y particularmente por la italiana. Este ocultamiento se fundaba en los beneficios geopolíticos que significaba para los Estados Unidos y Gran Bretaña atraerse al mariscal Tito, ya que buscaban obstaculizar cualquier acercamiento entre Yugoslavia y la Unión Soviética, regímenes que, aunque comunistas, rivalizaban entre sí.

Mantener a Tito alejado de Moscú implicaba que los soviéticos no pudieran acceder al Mediterráneo Oriental por el mar Adriático y pretendía mantener encerrada a la gigantesca Unión Soviética y a sus aliados de Europa Oriental dentro de un anillo geopolítico de contención territorial, ideado por Nicholas Spykman, que en el mapa incluía genéricamente a Europa Occidental, Asia Menor, la península arábiga y Medio Oriente, Irán, Pakistán, Afganistán, el sudeste asiático, China, la península de Corea y el extremo de Siberia Oriental.

Entre los beneficios inmediatos de este acercamiento entre Occidente y Belgrado también estaba el de poner fin al respaldo yugoslavo al bando comunista en la “Guerra Civil Griega” y sacar a Italia y a la propia Grecia -envueltas en profundas divisiones internas, caos, y con importantes partidos comunistas en su interior- de la potencial presencia soviética en sus propias fronteras.

Los intereses geopolíticos se habían impuesto por sobre la verdad histórica, la justicia y los derechos humanos. Si bien el primer presidente italiano de posguerra Alcide de Gasperi pidió información, en una fecha tan temprana como 1945, de unos 2.500 italianos arrojados a las foibes y de unos 7.500 desaparecidos, solo logró que Tito confirmase la existencia de las foibes como forma de hacer desaparecer cadáveres.

El “negacionismo” de la izquierda italiana impidió durante años que se avance en el estudio y reconocimiento de estos tristes y dramáticos hechos. A los pozos kársticos no solo se arrojaron soldados italianos o militantes fascistas, sino ciudadanos comunes, políticos demócrata cristianos -como Carlo Dell´Antonio-, y sacerdotes -como el padre Francesco Giovanni Bonifacio, beatificado por Benedicto XVI en 2008-.

Las masacres se continuaron mucho después de terminada la guerra y en las fosas también terminaron italianos antifascistas que habían preferido no emigrar y eslovenos que se oponían a la centralización comunista de Tito. Nunca hubo un acuerdo en cuanto a los números reales de las víctimas. Muchos italianos muertos en los campamentos de detención comunista en Yugoslavia se los ha contabilizado como arrojados a las foibes, por lo que las cifras varían entre las 20.000 y 35.000 personas.

En la mayoría de los casos las personas eran arrojadas vivas o heridas, en muchos casos se anudaban a dos personas y se procedía a matar a una de ellas para que, impulsada por el peso de la asesinada, ambas cayeran a la fosa. Por fortuna para unos pocos, varios italianos que no cayeron tan profundamente lograron escalar el pozo kárstico y salvarse. Esas personas luego se convirtieron en testimonios claves, siendo sus relatos recabados por historiadores y difundidos ampliamente por los medios de comunicación.

En una fecha tan tardía como el 30 de marzo de 2004, el gobierno de Italia estableció que a partir del 10 de febrero 2005 -por el día en que se firma el Tratado de París- se conmemorara el “Día del Recuerdo”, en homenaje a las víctimas de las foibes, siendo éste año su vigésima conmemoración. Hoy Norma Cossetto, y con ella todas las víctimas de la persecución comunista en Yugoslavia -particularmente de aquellos que han sido arrojados a las foibes- han tenido su justiciero reconocimiento, o al menos han sido recatadas del injusto y planificado olvido.

El 10 de febrero de 2011 se colocó -en homenaje a Norma Cosetto y a las víctimas de las foibes- en el Cortile Nuovo del Palazzo del Bo, emblemático edificio de la Universidad de Padua, una placa que recordaba el Doctorado Honoris Causa en Literatura que la propia universidad le otorgó post morten en 1949, y en 2005 el presidente Carlo Azeglio Ciampi le otorgó la Medalla de Oro al Mérito Civil, entre otros muchos homenajes. No sabemos si Norma descansa en paz, pero sí que su triste pasado debe ser un eslabón más para evitar violencias políticas futuras.