OPINIÓN

Sarmiento en Roma

domingo 16 de febrero de 2025

Domingo Faustino Sarmiento llegó a Roma el 9 de febrero de 1847, pronto a cumplir sus 37 años. Inicialmente, grande fue su sorpresa cuando, tras desembarcar del vapor que lo transportaba, se topó con la burocracia romana en el puerto de Civitavecchia que al parecer tenía impuestos para todo.

Ya Roma era un destino turístico, de hecho el 15 de febrero de 1846, exactamente un año antes de su llegada, el general José de San Martín embarcaba en ese mismo puerto para volver a Francia después de haber vacacionado en Roma y Nápoles, viaje en el que coincidió con su amigo Juan Martín de Pueyrredón y Gervasio María de Posadas Castro, hijo de Gervasio Posadas, primer Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que vacacionaban junto a sus esposas.

En el viaje por el mar Mediterráneo había trabado alguna amistad con varios sacerdotes, particularmente con uno de origen francés -lo que le permitió encontrar hospedaje en una posada sostenida por jesuitas y que habitualmente alojaba a religiosos y peregrinos-, al margen de construir vínculos y relaciones.

Albergado inicialmente al pie del monte Palatino, no reparó en su cansancio por el viaje y desde el momento mismo de su llegada se dispuso a conocer la ciudad. Todo parecía ser de su interés, ruinas romanas, iglesias, museos, talleres donde se elaboraban las tradicionales creaciones artísticas y hasta las catacumbas.

Lo mejor es que su interés lo dejó plasmado con tal detalle y profundidad en sus escritos que lo convierten en un verdadero antropólogo en el análisis del pueblo romano y de sus tradiciones, en un sociólogo que observa las transformaciones sociales, en un analista político que estudia los cambios y las transformaciones políticas de la ciudad y en un historiador tanto de la antigüedad, de la que muestra gran conocimiento, como también de los años previos a su visita. Todo en él, todo en Sarmiento.

El vasto epistolario que lleva adelante es, en la práctica, un verdadero diario de viajes que luego derivará en su libro “Viajes por Europa, África y América”, publicado por primera vez en Santiago de Chile en 1849. Pero vamos a detenernos solo en la visita que realiza a Roma de la que deja un largo análisis en la carta que le envía a José Manuel Eufrasio de Quiroga Sarmiento -por entonces obispo de San Juan de Cuyo además de ser tío directo del prócer-, tanto es así que se puede aprender mucho de la antigua “caput mundi” solo leyendo a Sarmiento.

Primeramente, al sanjuanino lo impactó el choque entre la gloria y la miseria; la gloria que expresaban las ruinas y las esculturas de mármol y bronce y la miseria -e incluso la tristeza- de la Roma decadente que él apreció. “Tres mil años de gloria y miserias agobian demasiado ya los hombros de esta ciudad” llegó a escribir.

Rescata creencias de los romanos, como la de evitar cruzarse con un gato o un perro negro, costumbre que había llegado hasta América, o la tradición popular ampliamente extendida de que el fantasma de Nerón -el violento emperador romano asesinado en el siglo I y que llegó a ordenar las muertes de su madre Agripina la Menor y del filósofo Séneca- continuaba apareciéndose “errante”, por lo que el papa Pascual II había mandado a construir en el año 1099 la iglesia de Santa María del Popolo -hoy una famosa basílica- justo sobre la tumba de Nerón para acabar con dicha creencia.

También cuenta acerca de los esfuerzos de la Iglesia para acabar con las creencias de los antiguos romanos. Para ello cristianizaron sus cultos o cambiaron de nombre los lugares, toda una maniobra de aculturación. Así, sobre las ruinas del templo de Apolo se construyó la iglesia de San Apolinario, en obvia alusión al dios romano, y la calle que en Roma llevaba a las termas de Claudio pasó a denominarse via San Claudio.

Cada paso que realiza es acompañado en el relato por una anécdota o un comentario histórico del que hace gala por su conocimiento. Así, cuando habla de su llegada al puerto de Civitavecchia relata que el mismo fue “excavado por Trajano (el emperador romano), y reparado por los Papas Urbano IV y Benito VIII, después de haber sido arruinado por Totila”, un salvaje rey ostrogodo que a mediados del siglo VI conquistó en dos oportunidades Roma, aniquilando a su población y destruyendo su infraestructura.

Sarmiento curiosamente llegó a Roma cuando se iniciaba el carnaval, al que describe como una celebración con un ambiente y una fuerza única que alcanzaba a todos los sectores, e inconscientemente lo compara con la Roma rural y hasta decadente que descubrió en el viaje por diligencia que realizó desde el puerto de Civitavecchia a la antigua ciudad. Un recorrido que mostraba a los pastores vistiendo con pantalones de piel de cabra, como en la antigüedad, o donde el pueblo solicitaba masivamente limosna. Pedían un “paulo”, la moneda de la época o “qualche cosa”, a decir de Sarmiento. De hecho, hasta los “cardenales y príncipes bajo el saco y la máscara tienden la mano a los pasantes para recoger oblaciones destinadas a objetos piadosos”, como si de una tradición cultural se tratase se podría agregar acá.

También despierta la curiosidad del cuyano el hecho de que en Civitavecchia se hubiese convertido en atractivo turístico a un famoso bandolero que tras una dilatada carrera de crímenes, asesinatos y pillaje de todo tipo acordara con las autoridades pontificias entregarse a cambio de salvar su vida, ya que los visitantes extranjeros podían obtener un permiso para visitarlo y mantener una amigable charla con él. Estaba por entonces tan difundido el bandidaje que Sarmiento llegó a afirmar que “los bandidos son una planta natural del suelo montañoso de la Italia”

También podía ser visitada la casa de Michelle Pezza, alias Fra Diavolo, en el poblado de Itri. Fra Diavolo era todavía famoso ya que algunas décadas antes había sido un jefe legendario que logró unir a una serie de bandas de forajidos rurales que se resistieron violenta y salvajemente a la ocupación francesa del sur de Italia, pero que también asolaron a los Estados Pontificios y llegó a desafiar a una coalición de fuerzas romanas, del imperio austríaco y de Nápoles que se habían unido para derrotarlo. Finalmente murió ahorcado por los franceses en Piazza del Mercato de Nápoles en 1806.

Sarmiento recorría Roma con el acompañamiento de un guía, lo que le permitió tener un panorama completo de todas las ruinas de la antigua capital del Imperio, a las que supo describir casi en detalle. Del mayor símbolo de la ciudad eterna, escribió: “el coliseo de Vespasiano alza al cielo las crestas de sus aterradoras ruinas, como los Andes sus pináculos de granito”, pero también notó como ese pasado de gloria eran ruinas que convivían con plantaciones de viñedos, hortalizas y árboles frutales en una ciudad que ahora estaba mucho más alta con respecto al nivel de sus ruinas, las que debían ser excavadas para ser descubiertas.

Sin duda Roma y sus alrededores, entre los que el futuro presidente incluye también Pompeya, lo impactaron. Julio César, Octavio y Cicerón, todo el arte y las antiguas ruinas representaban esa luz aspiracional; sin embargo, en una carta posterior dirigida a Juan María Gutiérrez, y no ya a su tío obispo, expresó todas sus contradicciones. Escribió: “Paréceme que el cristianismo pidiera limosna al mundo en estos días para velar el cadáver de una ciudad que sirve de panteón a tantos siglos, a tantas glorias y a tantas miserias.” Fin.