Emotivo testimonio

Increíble historia: hizo podio en el Desafío Punta Negra, quedó en silla de ruedas por un tumor y siete meses después volvió a correr

Lisandro Archilla fue operado de la columna y transitó un duro cáncer durante el 2025. Tuvo que aprender a caminar otra vez y con una perseverancia a prueba de todo volvió a recorrer 22K, pero disfrutando mucho más cada trote. Dice que hoy ya no mira la vida como antes.

El destino es caprichoso y, cada tanto, recuerda la fragilidad del ser humano y su existencia endeble. Hay quienes dicen que los cachetazos de la vida son aprendizajes, pero los duros procesos dejan también otras marcas.

Lisandro Sebastián Archilla tenía 26 años cuando la vida lo puso a prueba. Entrenaba todas las semanas. Corría distancias superiores a la media maratón, porque su resistencia y capacidad aeróbica se estiraba hasta los 24 kilómetros, a una velocidad que lo mantenía entre los primeros. Tenía una vida intensa. Logró subir a un importante podio. Y diariamente trabajaba en dos lugares.

Pero de correr pasó a una silla de ruedas después de una importante operación en la columna, cuando le detectaron un tumor. El duro diagnóstico de un cáncer no se hizo esperar. Entonces, la existencia se le puso patas arriba.

De mirada tímida pero sincera, dice que nunca le gustó llamar la atención y le cuestan las notas periodísticas. Pero hoy elige contar su historia de superación, que puede ser una voz de aliento para quienes transitan por esa cruel enfermedad.

Se emociona cuando repasa ciertos momentos. Cuenta que en 2024 empezó a tener una vida más estresante, que se levantaba a las cinco de la mañana para cumplir con sus labores. Tenía un emprendimiento con un amigo, con quien sembraban pepinos en Pocito. También trabajaba con su papá en una empresa familiar, haciendo instalación de gas, agua y cloacas.

Dentro de esa abrumadora rutina notó que el cuerpo le avisaba que algo no estaba bien. “Entre diciembre del 2024 y enero del 2025 empecé a tener molestias en el pecho. Tenía una sensación de reflujo, acidez. Yo lo relacionaba con el estrés. Lo normalicé, pero la situación empezó a complicarse”, le dice a 0264Noticias.

¿Cuándo se dio cuenta de que era algo grave?: “Cuando quería caminar 100 metros y se me empezaban a debilitar las piernas, tenía fatiga. Ahí empecé a pensar que no era normal. Automáticamente lo relacioné con el primer síntoma que tuve, que fue una puntada o la sensación de una gastritis. Entonces dije ‘es el corazón’”.

Esos síntomas no coincidían con su estado físico. Lisandro empezó a correr con el grupo –de unos 50 deportistas- de “El patio team” (en el Parque de Mayo) en 2022 y después, por sus obligaciones laborales, continuó entrenando solo. “Era mi cable a tierra”, asegura el joven que hoy tiene 27 años.

Hace unos cuatro años quedó tercero en la clasificación general del prestigioso Desafío Ansilta, en la zona del Dique Punta Negra, y fue segundo en su categoría. “Me iba bien”, recuerda con una sonrisa.

En aquellos tiempos -como ocurre habitualmente en la juventud- se sentía indestructible. Nunca iba a imaginar que a esa edad iba a alternar sus semanas entre el Hospital Guillermo Rawson y su casa. Mucho menos que una agresiva quimioterapia lo iba a quebrar física y mentalmente.

El diagnóstico

Después de repasar los síntomas decidió ir a un cardiólogo. Se hizo distintos estudios que descartaron una afección cardíaca y en su intención por sacar turno con un neurólogo el destino lo llevó hasta un neurocirujano.    

El joven no se olvida más de las fechas que marcaron su vida: “El 22 de enero del 2025 fui al neurocirujano Mauricio Aguilera. Me examinó y pidió una resonancia de urgencia. Ahí vio que había algo mal. Justo trabajaba en el Hospital Rawson. Entonces me internó en el área de Neurocirugía. Como era algo urgente, porque cada vez me quedaba con menos movilidad en las piernas, decidió operarme. Me internaron el 23 de enero y el 28 me operaron”.  

Archilla también se aprendió con detalle la intervención quirúrgica que le practicaron. Dice que fue una “laminectomía descompresiva”, a través de la que le limaron “las apófisis, que son las puntitas de las vértebras, y las láminas, de la parte posterior”. Ahí descubrieron que la obstrucción en el canal medular era provocada por un tumor.  

Le practicaron una biopsia y cuando transitaba un “duro postoperatorio” le dieron el resultado. “El 14 de febrero se supo que era un linfoma no Hodgkin de células B de alto grado, básicamente un cáncer de la sangre”, describe el deportista, quien fue atendido por la hematóloga Celina Vanina.

A pesar del contexto adverso, para él solo había un objetivo: primero volver a caminar, una vez terminado el largo tratamiento que se extendió por más de la mitad del 2025.

Además, sabía que más allá de la incertidumbre sobre su salud si había una pequeña posibilidad de volver a correr lo iba a intentar. Por eso, cada día de los que estuvo hospitalizado soñó despierto con ese renacer.

Aunque no solo se lo imaginaba, también tuvo flashes oníricos mientras descansaba. En esas escenas, el inconsciente lo mostraba corriendo en competencias que ya habían ocurrido.   

Como le encontraron el tumor en una zona muy delicada del cuerpo, Lisandro tuvo que someterse a un tratamiento intenso. Fueron ocho largas sesiones de quimioterapia. Para cada sesión entraba un lunes al Hospital Rawson y salía el sábado posterior. Estaba una semana recuperándose en su casa, en total aislamiento, y volvía a la internación en Clínica Médica.

En los días de “descanso”, además, debía hacerse controles para saber si podía ir a la siguiente sesión del tratamiento, y  retiraba las drogas en el Hospital Marcial Quiroga. 

Como él prefirió no comunicar la tragedia personal por la que atravesaba, el sostén que tuvo fueron solo sus amigos más cercanos y la familia: sus padres y sus cinco hermanos (tres mujeres y dos varones), todos mayores a él.

La última quimio

“No tener cejas ni pelo y con tanto corticoide tener la cara hinchada era duro, porque me veía al espejo y no me reconocía”. En ese camino difícil en donde cada día era una oportunidad más para vivir, Archilla pensaba en lo que le había dicho la hematóloga: los tres pilares para salir adelante eran ponerle el cuerpo a la quimio, la rigurosidad del tratamiento y la compañía familiar.

Así llegó al 1 de agosto, cuando la quimioterapia quedó atrás. Lisandro arribaba hasta esa instancia encerrado en un cuerpo débil y golpeado por el paso de la grave enfermedad.

“Terminar la quimio fue una tranquilidad muy grande. No lo sé describir, porque fueron muchas cosas. Yo empecé en enero en el hospital y salí en agosto”, dice, y hace una pausa porque no puede contener la emoción.

El joven recuerda que su familia y sus amigos llevaron carteles y también festejaron con globos su egreso de aquel duro trayecto.

Este golpe del destino le hizo mirar la existencia con otra perspectiva: “Me pasó que de una quimio a la otra se extendió una semana más el descanso y después me costó mucho volver al hospital, porque empecé a apreciar un poco más lo que era la vida cotidiana”.

Lisandro no temió por su final, porque haber terminado en silla de ruedas por algunos días para él ya era una de las formas de la muerte. “Yo corría para quitarme la ansiedad del día. A veces venía al parque en el auto y hacía mi entrenamiento a las doce de la noche. Entonces fue muy duro, porque perder las piernas es lo peor que le puede pasar a un corredor”. Por eso empezó a rehabilitarse en forma individual y en silencio, consiguiendo algunos aparatos, como una cinta para caminar.

En esos días hasta tuvo que prestar “atención a cómo caminaba la gente”, para imitarla. Poco a poco recuperaba la sensibilidad de los pies. Pasó de usar un andador a moverse con un par de muletas y después a caminar con ayuda de un bastón canadiense.

A una psicóloga del hospital le dijo que quería enfocarse “en cada pequeño logro” que tenía, como volver a bañarme solo o poder pararse sin ayuda del andador.

“En ese proceso venía con muletas y barbijo a ver al grupo en el parque. Al principio me costaba mucho, porque veía lo que había perdido. Pero después me ayudó el acompañamiento de todos”, rememora.

Volver a correr

Nunca bajó los brazos, a pesar de todo. Hasta imaginó que con el tiempo iba a poder ser el de antes, por más que muchas cosas ya habían cambiado.

Entonces pidió la autorización médica y volvió a intentarlo. Se armó de paciencia y empezó de nuevo. Con mucho sacrificio logró completar su primer kilómetro e hizo rutinas individuales para ir progresando.

“Una kinesióloga del hospital vio que los ejercicios que estaba haciendo ya me estaban perjudicando. Me explicó que necesitaba hacer algo guiado. Me dijo que estaba aprendiendo a caminar mal. Yo le rogué a la hematóloga que me dejara empezar kinesiología antes de terminar el tratamiento por el cáncer. Y fui con la kinesióloga Emiliana Monserrat. Ahí mi vida empezó a tener un poco de sentido, porque mi incentivo era volver a caminar y correr”, cuenta el deportista.

Cuando dejó de caminar apoyado por el bastón, en febrero tuvo el primer control con el neurocirujano, quien le explicó cuáles actividades podía realizar y cuáles no. “Que él me dijera que sí podía correr fue una de las mejores cosas que me pasó”, agradece.

Inmediatamente regresó con su equipo y cuando logró correr un kilómetro lo valoró como un gran paso. Ahora entrena los lunes y miércoles de 20:30 a 21:30 y hasta se anima a asistir algunos días a hacer trekking. Inclusive, a 10 meses de su última rutina médica contra el cáncer volvió a correr 22 kilómetros.

Archilla dice que aprendió a escuchar más a su cuerpo y ya no se apura en conseguir sus metas. También volvió a la empresa familiar pero reinventándose, porque ahora realiza tareas administrativas para no exponerse en trabajos de fuerza. “A las preocupaciones ya no las veo de la misma forma”, dice, ya mucho más resiliente.

“Yo era una persona que competía y me ponía objetivos. Ahora corro para disfrutar, solo quiero ir mejorando y quizás volver a un podio, pero aprendiendo a valorar eso que antes no veía de la misma forma”. El joven entendió que el destino es frágil y caprichoso, y que nadie tiene nada asegurado.

Él sabe que ya ganó y que fue en la carrera más difícil le pudiera haber tocado, que es en la de haber sobrevivido ante la adversidad: “Siempre digo que lo mío fue una desgracia con suerte, porque si el tumor no se hubiera infiltrado en la columna, quitándome la movilidad de las piernas, nunca me hubiera enterado de que lo tenía, derivando en una metástasis. Y ahora, quizás, no estaría contando nada”.

Hoy Lisandro no necesita copas en vitrinas, ni medallas que cuelguen de su cuello. Tal vez sea uno de los pocos en entender en profundidad eso de que vivir solo cuesta vida, algo que ya lo convierte en un gran campeón.

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