ENTREVISTA

Las horas previas al crimen, la vida sin su hijo y un pedido de Justicia: Javier Ríos, el padre de Uriel, en primera persona

En una charla íntima, reconstruyó aquel contexto antes al ataque en Médano de Oro, la desesperación al enterarse de lo ocurrido y el dolor de atravesar el cumpleaños de su hijo sin su presencia. Mira la entrevista completa en Youtube.
Javier Ríos, padre de Uriel.
Javier Ríos, padre de Uriel.

“Yo no quería que fuera. Le dije que no, porque ya había salido el viernes y también el sábado”. La noche del 20 de septiembre, Javier Ríos estaba en la casa de su padre, mirando fútbol con su hermano. Uriel también se encontraba allí, junto a un primo, cuando le contó que quería ir a una fiesta por el Día del Estudiante. Su padre no estaba de acuerdo. No solo porque el joven ya había salido durante los días anteriores, sino también porque el festejo se realizaba en el Médano de Oro, una zona que le generaba preocupación.

Había, además, un inconveniente que Javier no podía dejar de lado: el auto tenía problemas con las luces y el lugar al que iban era oscuro. No quería llevarlo en esas condiciones. Uriel le explicó que unos amigos pasarían a buscarlos, pero su padre insistió en que hablara con su madre, Vanesa. Finalmente, ella terminó dándole permiso. Aquella dificultad con el vehículo y la preocupación por el lugar fueron motivos que reforzaron la negativa de Javier. Hoy, al recordar esa conversación, inevitablemente vuelve sobre lo que pudo haber sido una última oportunidad para evitar que su hijo saliera de su casa.

Uziel, su hermano mellizo, también tuvo que organizarse para ir. Estaba trabajando y consiguió que lo dejaran retirarse cerca de la medianoche. Los amigos pasaron a buscarlos y los dos se fueron. Más tarde, Javier le preguntó a su pareja si finalmente habían salido. Cuando ella le confirmó que sí, se fue a dormir. Al día siguiente tenía que levantarse temprano para llevar a su hijo mayor a trabajar. Nada de aquella noche le permitió imaginar que, pocas horas después, recibiría una noticia que cambiaría para siempre la vida de su familia.

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Cerca de las 5.10 de la madrugada, su hija lo despertó con un llamado. Las palabras llegaron de golpe, sin darle tiempo a entender lo que estaba escuchando: “Papá, han llamado, dicen que les han clavado un cuchillo a los mellizos”. En un instante, la preocupación que había sentido horas antes se convirtió en desesperación y también en un puñal para Javier, sus dos hijos estaban heridos y él todavía no sabía qué había pasado ni en qué estado se encontraban. Salió hacia el Hospital de Pocito con lo que pudo y, durante el trayecto, habló con otra persona que también se dirigía al lugar.

Cuando llegó, los mellizos estaban siendo trasladados en ambulancias hacia el Hospital Rawson. Javier pudo acompañar a Uziel, que estaba consciente y podía hablar. Le vio una herida en el brazo, pero todavía no sabía qué había ocurrido con Uriel. La incertidumbre se volvió insoportable cuando supo que su otro hijo tenía una herida de arma blanca en el pecho. Debían realizarle estudios y, mientras esperaban, el padre comenzó a advertir que su estado empeoraba.

Lo recuerda frío y con mucha preocupación por lo que le había pasado. “Me decía que le faltaba el aire y que le dolía mucho mientra me miraba a los ojos”, contó. Javier intentaba tranquilizarlo, le pedía que respirara por la boca y buscaba que pudiera mantenerse despierto. En medio de la desesperación, cada minuto parecía interminable. El padre estaba frente a su hijo, intentando ayudarlo, mientras veía cómo su estado se deterioraba.

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Javier también cuestionó la atención médica que recibió Uriel. Según su recuerdo, hubo una demora hasta que comenzaron a asistirlo. Contó que observó un parche en el lugar donde habían retirado el arma blanca. Su esposa, por su parte, vio una camisa envuelta y un cuchillo, pero les dijeron que no podían tocar nada. Con el correr de los minutos llegaron más médicos y retiraron a Javier de la habitación. Para entonces, el cuadro de Uriel era crítico. El padre todavía recuerda aquel momento como una de las imágenes más dolorosas de su vida: “Ya estaba casi muerto cuando lo tenía en mis brazos”, expresó.

La muerte de su hijo fue un golpe que nunca imaginó tener que afrontar. Al intentar explicar lo que significó aquella madrugada, Javier marcó la diferencia entre una pérdida que pudiera llegar después de un proceso y la violencia repentina con la que le arrebataron a Uriel. “La muerte nunca la hubiese aceptado, pero capaz si una enfermedad, algo que uno va llevando. Pero de esa forma te parte al medio”, dijo.

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Después llegaron los días de trámites, el cementerio y las decisiones que una familia no está preparada para tomar. Incluso tuvieron que resolver cuestiones relacionadas con el lugar donde descansaría Uriel. El nicho que les habían asignado quedaba muy alto y Vanesa, que tiene un problema en una pierna, no podía subir. En medio de esos momentos, Martín, el padre de la novia de Uriel, les ofreció otro lugar y se hizo cargo de todos los gastos. Fueron días en los que, además de afrontar la pérdida, tuvieron que ocuparse de detalles que hacían todavía más difícil aceptar que su hijo ya no iba a volver.

Un cumpleaños que no fue feliz

La ausencia de Uriel empezó a sentirse en cada rincón de la casa, pero hubo una fecha que volvió a poner el dolor en primer plano. El 5 de noviembre, los mellizos cumplieron 18 años. Era una fecha que debía encontrarlos juntos, como habían compartido tantos momentos desde que nacieron. Sin embargo, por primera vez, la familia tuvo que atravesar ese día con uno de ellos ausente.

Javier contó que no hubo un festejo tradicional. Algunos familiares y amigos se acercaron a la casa y compartieron un momento, pero para él era imposible vivirlo como una celebración. “La casa en total silencio, no fue un festejo”, resumió. Tampoco pudo ir al cementerio ese día, aunque sí lo hicieron Vanesa, su hija y otros familiares. La idea de celebrar la mayoría de edad de Uziel mientras Uriel ya no estaba era algo que no lograba asimilar.

“Tener un hijo que cumple años vivo y un hijo que está muerto no me cerraba para nada”, expresó. Javier reconoció que le hubiese gustado hacer algo más por Uziel, pero no encontraba la manera. Algunos le decían que debía celebrar que uno de sus hijos seguía con vida. Él entendía esas palabras, pero también sabía que quienes se las decían no estaban atravesando su dolor. “Otros me decían: ‘Tenés que celebrar que él está vivo’. Sí, pero ¿y cómo hacés?”, recordó.

Para Uziel también fue una fecha distinta. Los hermanos habían compartido toda su vida y llegaron juntos a los 17 años. El cumpleaños número 18, que debía marcar el comienzo de una nueva etapa para los dos, quedó atravesado por una ausencia imposible de disimular. La familia tuvo que aprender a transitar una fecha que antes era motivo de alegría y que, desde entonces, también estará ligada al recuerdo de Uriel.

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Mientras intenta encontrar la forma de seguir adelante, Javier espera que la investigación avance. La familia busca incorporarse como querellante, conocer los resultados de las pericias de ADN y de los cuchillos secuestrados, y que se revise la calificación legal de la causa. También quiere tener participación en cada instancia del proceso. “Nosotros queremos también participar del proceso”, remarcó.

En paralelo, llevaron sus planteos a la Legislatura y comenzaron a trabajar junto a familiares de otras víctimas para impulsar modificaciones en los procedimientos del Régimen Penal Juvenil. Para Javier, el reclamo no se limita a lo que le pasó a su familia, sino que también apunta a evitar que otros padres tengan que atravesar una situación similar. “No es una ley que defienda a mi hijo, es una ley que defienda a los jóvenes posteriores, para que un día no vuelva a pasar”, explicó.

A más de un mes de aquella madrugada, Javier sigue buscando respuestas y tratando de reconstruir una vida que quedó partida en dos. Todavía recuerda la conversación en la que le dijo a Uriel que no quería que fuera a la fiesta, el llamado que lo despertó de madrugada y las horas en el hospital en las que intentó sostener a su hijo. También llegó el primer cumpleaños de los mellizos sin uno de ellos: una fecha que debía celebrar la vida y que terminó recordándoles, de la manera más dolorosa, que Uriel ya no está. Porque para esta familia el tiempo sigue pasando, pero hay una ausencia que no se acomoda, una silla que quedó vacía y un hermano que, aunque ya no pueda estar, seguirá formando parte de cada cumpleaños y de cada recuerdo.