Historias

Relatos del rebusque cafetero en las calles sanjuaninas, en medio de una caída del consumo que no cesa

El vendedor de calle Rivadavia que heredó el puesto de su papá tras 25 años. La pareja que apuesta a la calidad y el marketing sobre avenida Libertador. Y la rawsina que se quedó sin trabajo en un ministerio y puso su mesita afuera del Centro Cívico. Todos coinciden en que son tiempos difíciles y hay un estrepitoso retroceso de las ventas.
Raúl Scala.
Raúl Scala.

“Que la fe y el café nunca se enfríen”. Carlos Becerra (55) se saca la campera de buzo negra, gira y muestra la leyenda que tiene en la espalda. Su pareja, Noelia Gómez (41), tiene la misma remera blanca con esa inscripción. Raúl Alberto Scala (42) recibe a algún cliente amigo al nombre de “mi negrito”, en el carro que le dejó su papá, hijo de inmigrante italiano. Y Claudia Carisami (50), a quien dejaron sin trabajo en el Centro Cívico, hoy puso una mesita afuera de ese edificio para venderles café hasta a sus excompañeros.

Los cuatro llevan el orgullo de alimentar a sus familias con esa lucha diaria que emprenden contra el tiempo, la crisis y el destino. Porque el trabajo callejero depende del poder adquisitivo del consumidor medio y de la resistencia contra la incertidumbre, en una Argentina estancada en donde hoy seis de cada diez niños son pobres.

Todos se levantan cada día antes de que la noche deje de abrazar el descanso silencioso de San Juan. Todos tienen una enorme presión a cuestas: si un día no venden, no comen.    

 

La herencia

Raúl se despierta a las 4:20 en su casa de Santa Lucía, desayuna y a las 5 abre el puesto que tiene casi a la intemperie en Rivadavia antes de Jujuy. Ahí se queda hasta el mediodía. Sus clientes son jueces y abogados que llegan presurosos a Tribunales, policías, taxistas, empleados de comercio del microcentro y las personas que enfrentan la pesada rutina de cumplir con distintos trámites.

Su local se llama “Don Pancho”, por su papá, Héctor Francisco Scala (86), quien le puso la cara a los inviernos y veranos durante 25 años. Hasta que consideró que su historia ahí había culminado y que su hijo era quien debía continuar con ese legado callejero de “café al paso”.

A Raúl lo ayuda su pareja, Alejandra Díaz (44). El hombre dice que antes de “jubilarse” su papá vendía en 2025 por lo menos 10 termos de café por mañana. Ahora él siente el impacto del brutal ajuste del Gobierno nacional y apenas llega a vaciar cuatro “termitos”.

Los precios no pueden ser muy elevados. Un café o café con leche mediano con una tortita cuestan lo mismo que un kilo de pan: 1500 pesos. Mientras un café grande con dos tortitas está en $2500.

Es una cuestión de tacto, porque son tiempos de bolsillos muy flacos. Entonces prefiere someterse a la abnegación de ganar poco para no perder la clientela, a sus “negritos” y “negritas” que cada mañana saluda amistosamente.

Atrás quedaron los lejanos días de comienzos del milenio, cuando Héctor empezaba con dos termos de café debajo de un techo externo en donde hoy funciona Tres Provincias Seguros de Personas S.A. Hasta que pudo colocar el puesto de chapa justo enfrente, por la misma vereda, para alimentar a sus hijos junto a su esposa María Antonia Castro (86).

“Yo estuve con mi papá cuando hizo la primera venta. Hemos pasado tantos fríos, tantas épocas acá”, recuerda el hombre que también tiene el objetivo de empezar a vender golosinas en ese mismo carro.

“Cuando la Municipalidad –de la Capital- me quería correr de acá otra vez me prestaron el lugar los de la aseguradora, porque si me echaban no tenía para darle de comer a mi familia”, cuenta. Raúl tuvo que dejar la escuela para trabajar. Ahora, además de vender café, hace changas y los sábados se desempeña desde las 13:30 hasta la medianoche en una gomería, para tratar de llegar a fin de mes.    

 

Juntos a la par

Carlos y Noelia pusieron su mesa afuera del Centro Cívico (mirando hacia avenida Libertador) hace 9 años y desde ese día fueron creciendo, a pesar de los periodos de inestabilidad económica del país.

“Lo buscamos como una salida laboral. Gracias a Dios hoy vivimos de esto. El primer día hicimos 300 pesos, en el segundo hicimos el doble y el tercer día el triple. Fuimos sumando clientes y amigos”, dice orgulloso el hombre.

Sobre aquella época, Noelia recuerda que cuando llegaron a esa zona no tenían “experiencia de trabajar en la calle” y no sabían cuánto costaba un café. “El primer cliente que vino nos preguntó el precio del café con semitas. Nos miramos entre nosotros porque no habíamos pensado en eso. Se lo vendimos a 150 pesos con dos semitas”, cuenta con una sonrisa burlona sobre aquellos tiempos de principiantes. 

El emprendimiento tiene nombre: “Café Cívico”, que surgió en la Fiesta del Carneo Español porque para ocupar un stand la Municipalidad de Rawson se los pedía. Entonces un trabajador de ahí les aconsejó ese nombre por su labor afuera del edificio que nuclea la administración pública provincial.   

Con el tiempo hicieron un logo, remeras, delantales y gorras, un esfuerzo de marketing que ayudó a que la gente los elija.

Son una pareja de emprendedores que comenzaron con un carrito de comidas en Las Chacritas (departamento 9 de Julio), en donde vendían lomos, hamburguesas, pachatas, choris, pizzas y panchos. “Nos iba bien. Pero cuando asumió –Mauricio- Macri las cosas empezaron a subir y la gente ya no tenía para darse un gustito. Entonces comprábamos la mercadería y no nos alcanzaba para reponerla”, apunta la mujer. Sus clientes ahí eran sobre todo trabajadores de la cosecha que comenzaron a perder sus puestos laborales temporarios.

Carlos hace un paralelismo con lo que ocurre hoy y asegura que otra vez nota “una caída del consumo”. “En el día a día va mermando un poquito más. Por eso les agradezco a Dios y a la gente que todavía nos sigue eligiendo, porque hay locales que el año pasado tuvieron que cerrar. Acá escuchamos que hay gente que no tiene trabajo, que la está pasando mal”, repasa el hombre.  

Cuando decidieron empezar a ofrecer café la primera experiencia no fue buena. Fueron a la puerta del Hospital Marcial Quiroga con termos prestados y casi no vendieron, porque la gente le compraba a otro comerciante callejero que ya estaba instalado. Pero el destino los abrazó: “Decidimos retirarnos en el Peugeot 505 que teníamos y Noelia me dice ‘¿y si vamos al Centro Cívico?’”. Ahí empezó todo.

Los emprendedores con recorrido en el sector gastronómico tienen tres hijas: Alma de 18 años, Isabella de 9 y Nani de 4. Para mantener a la familia, como todos los trabajadores, deben ajustarse un poco más. A la caída del consumo la grafican en medialunas: antes vendían 12 o 16 docenas por mañana, ahora apenas salen cuatro docenas. “Antes la gente se llevaba una docena o media docena y ahora el que puede se da el gustito de comer una o dos”, lamenta Noelia.

Pero frente a la crisis, ellos redoblan la apuesta: “Somos constantes, tenemos buena atención, calidad y precio. Un café, café con leche, chocolate, capuchino o té saborizado en el vasito de 180 centímetros cúbicos con dos tortitas, dos semitas o dos cremonas cuesta 2000 pesos. Si es con dos facturas está a $2500”, detalla Becerra, que se levanta todos los días a las 5:30.

Para esta pareja hay una frase clave que cimenta el avance que tiene en su emprendimiento independiente: “No hay que hacer clientes a los amigos, pero hay que hacer amigos a los clientes”.       

 

La resistencia

A Claudia la dejaron sin trabajo hace tres años, cuando era secretaria de lo que hoy es el Ministerio de Familia y Desarrollo Humano. Llegó la nueva gestión de gobierno y tuvo que salir del Centro Cívico. Pero se quedó afuera, a resistir. Porque colocó su puesto ambulante de café al paso. “Acá estoy, en casa no me quedo, tengo que lucharla y salir adelante”, dice la mamá de Fernando (23) y Genaro (15). El más grande también trabaja y colabora con la economía hogareña.

A la mujer de apellido Carisami también la quiso sacar de esa zona la Municipalidad de la Capital, por los cambios que realiza en los espacios públicos. “Fuimos a hablar y dijimos que no nos vamos porque no tenemos trabajo. No es rebeldía. Yo tengo 50 años, otros cafeteros también, ¿a dónde vamos a ir? Necesitamos trabajar para mantener nuestro hogar”, explica.

Su puesto está sobre el costado que da hacia avenida España. Hasta allí llega, a media mañana, su hijo menor y le da un beso. Y ella no tarda en contar que es el cumpleañero y más tarde van a brindar por sus 15.

Claudia empieza el día a las cinco de la mañana. Limpia su casa, va a comprar las semitas y empieza a vender café a las siete, durante cinco horas. “Antes hacía yo las semitas, pero ahora no puedo porque me duelen las manos”, lamenta.

Claudia Carisami

Dentro del rebusque para llegar a fin de mes, después de que se quedó sin tu trabajo de empleada pública (que duró seis años), por las tardes también les hace manicura y pedicura a adultos mayores. Además es costurera: repara los cierres de pantalones o confecciona ropa a pedido. “Me defiendo en la vida”, apunta.

La rawsina hija de italiano ofrece café solo o café con leche con una semita a 2000 pesos. La crisis también golpeó a su puestito. “El año pasado me iba bien, pero ahora las ventas bajaron un 40%”, asegura, mientras se muestra triste cuando destaca que hoy ve “más necesidad en la calle y menos trabajo. Pasan los obreros tempranito y los que antes compraban 10 semitas, ahora se llevan dos”.

Quienes trabajan en la calle ven la realidad sin filtros. Entonces ahí cultivan una necesaria empatía y, como se sabe, muchas veces a la gente solo la ayuda la gente. Claudia no es la excepción: “A veces hago precio y otras veces regalo el café, porque viene gente con necesidades. Por ejemplo, si veo que pasa una persona con dos hijos y no le alcanza para comprarlo directamente se lo doy. No me sobra, vivo al día, pero yo sé que si doy me va a volver el doble”.