En los últimos veinte años, la identidad sanjuanina ha cambiado. La provincia, tradicionalmente reconocida por su actividad vitivinícola, pasó a ser considerada una tierra minera. Uno de los factores clave en ese proceso fue Veladero, cuya llegada transformó las dinámicas laborales y formativas de los trabajadores, los salarios y la calidad de vida de muchas familias.

“Veladero cambió la organización del trabajo en la provincia; se empezó a usar más tecnología. En ese sentido, funcionó como una empresa escuela porque formó a muchos trabajadores. San Juan tuvo que aprender desde cero, y la compañía tuvo un rol clave en la capacitación, tanto en habilidades duras como blandas. Después de veinte años, podemos decir que la matriz socio-laboral está mucho más formada”, explicó la politóloga e investigadora de la UNSJ, Margarita Moscheni.
La naturaleza de la actividad minera modificó las formas de trabajo que se conocían hasta entonces. Por ejemplo, un carpintero que antes solo trabajaba la madera tuvo que aprender a manejar aluminio; un chofer incorporó protocolos y normas para transportar cargas peligrosas; y prácticamente todos los empleados debieron capacitarse en software y herramientas digitales.

Como resultado, los trabajadores que pasaron por Veladero elevaron su nivel de empleabilidad, siendo valorados en otros sectores productivos y en distintas mineras del país.
Otro aporte significativo fue el salario y la formalización del trabajo. “La minería trajo sueldos más altos que los promedios de ese momento. Además, formalizó el empleo: quien ingresaba a la mina comenzaba a trabajar en blanco de inmediato. Esto abrió oportunidades laborales que antes no existían y cambió la forma de proyectarse profesionalmente”, agregó Moscheni.

La cadena de proveedores también creció de manera sostenida. Aunque no replicaron exactamente las lógicas mineras, el vínculo con Veladero les permitió profesionalizarse y expandirse, generando nuevos empleos y proyecciones a largo plazo.
En el plano social, surgió una nueva dinámica familiar conocida como “familias acordeón”, donde el trabajador minero permanecía catorce días fuera del hogar. Durante su ausencia, las mujeres asumieron las decisiones del hogar, una reorganización que, pese al sacrificio, trajo consigo una mejora económica y una mejor calidad de vida.

El interés juvenil también se transformó. En los últimos años, cada vez más estudiantes secundarios eligieron pasantías en minería, y el sistema educativo acompañó esa tendencia. “Las pasantías en minas son las más demandadas. También crecieron los posgrados y cursos vinculados a la cadena minera. Carreras como Higiene y Seguridad, Electromecánica o Geología se fortalecieron porque la actividad minera tracciona a otras”, señaló la investigadora.
El cambio incluyó una mayor presencia femenina: el porcentaje de mujeres en la mina pasó del 6% al 10%, desempeñando funciones en conducción, limpieza y tareas administrativas.
En lo social, familiar y económico, los impactos fueron profundos. Según el sociólogo Maximiliano Aguiar, “la identidad sanjuanina cambió: antes se veía a la provincia como puramente vitivinícola, y hoy se reconoce como minera. Esto influyó en lo que significa ser sanjuanino”.